Una visita al alcalde Gallegos

By on febrero 8, 2018

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Nos recibe en su oficina el alcalde del pueblo. Hombre lánguido, del color de la tierra, usa espejuelos. Anda por los cincuenta años de edad. Maya por muchas partes (a pesar de su apellido canario), conserva el cabello bruno, lacio, intacto. Posee el aire ingenuo de los hombres del pueblo, excepto cuando se emborracha: entonces –dicen– desenfunda la pistola y dispara al aire varios tiros, mientras suelta carcajadas. Avasallado por el progreso, ha mudado sus alpargatas chillonas por zapatos de dos colores. Viste de guayabera y pantalones de lino, como los oficinistas de la ciudad.

Lo encontramos sumido en la silla de su escritorio, mientras con una computadora portátil saca en limpio alguna imprecisa cuenta del cabildo.

Son las dos de la tarde.

Su escritorio está colmado de papeles, sellos, dos bolígrafos, dos lápices, sobres, carpetas. En las paredes, por un lado, la bandera mexicana; por el otro, el retrato de la Gobernadora del Estado. Los cortejan un mapa y un calendario “Apícola Maya” 1988. Una provecta pistola (que seguramente perteneció a algún semi-héroe yucateco) cuelga de un cinto en la pared también. Encima del escritorio, además de los artículos que he enumerado, yace una máquina de escribir viejísima. En un rincón, un archivador (ahora se dice archivero) de madera. Sobre el piso, varias latas de gasolina y una escupidera (que nadie usa pues todo esputan en el piso). Una lata hace de basurero. Cuarto amarillo con puertas pintadas de rojo y ventanas con barrotes de madera. Pisos sin ladrillos, sabucanes guindados de la puerta de alguna ventana. Calor, mucho calor.

El alcalde está contento de vernos: “Pues qué quieren, señores bibliotecarios,” nos dice, “aquí estoy a sus órdenes.”

Le informamos que hemos venido a visitar la biblioteca, que deseamos saber en qué estado se encuentra.

“Pues la biblioteca está bien,” responde, “pero qué bueno que vinieron a visitarla, porque vamos a necesitar más libros.”

Nos sentamos frente a él, escritorio de por medio.

Nos llama la atención la pistola en su cinto, colgada en la pared.

“Ah, pues esa era de mi padre, gente brava de la que ya no hay,” nos dice. “Cuando murió, hace ya tiempo, me la dejó de herencia: ‘ahí la tienes –me dijo– para que te defiendas.’ Fue todo lo que me dejó, después yo me hice solito.”

Revisamos la biblioteca municipal y luego nos despedimos del alcalde Gallegos.

Antes de partir, nos invita a comer unos tacos de relleno negro, aderezados por su mujer, una mestiza mudada en paisana que se anda riendo todo el tiempo.

Les damos las gracias por los tacos y regresamos a la ciudad.

Son las tres menos cuarto.

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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