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Una tarde cualquiera

By on agosto 9, 2018

unatardecualquiera

Para Adonay Cool, los sábados eran para rendirle pleitesía a Baco. También se consideraba como “padawan” y fiel seguidor de Eros, en todo su significado poético-vulgar.

Adonay, con su “juventud de 35 años”, y poder adquisitivo como principal arma, se decantaba por vivir su vida de bar en bar, siguiendo la filosofía de “Vamos a ver niñas malas, que generalmente se miran muy buenas.” Para ello orientaba su paseo sabatino a encontrar “barras de mediodía”, usando como himno de guerra las doce campanadas para calentar motores y, ya encendido, coronar el final de la noche con un buen lugar en donde las ninfas se hacen una con Ishtar y se desbocan con su danza de los siete velos, apoyándose de un largo y firme “tubo”, ante la mirada de los feligreses que acuden en su honor.

La llamada llegó puntual, como siempre: “¡Vamos por dos!”

Adonay, quien ya carraspeaba por la sed, tomó el móvil y la sonrisa en su rostro se hizo la de un niño al recibir un juguete nuevo.

-“¿Qué propones, Pepe?- contestó, con un ligero temblor de ansiedad.

Pepe Och por el contrario, era un trovador bohemio que, a pesar de sus escasos 32 años, se inclinaba hacia los bares tradicionales, a la vieja escuela etílica, esa de las buenas costumbres. Era recatado y fanático de los bares encabezados por el “clásico cantinero”, ese mero que sirve de vez en vez de psicoanalista y terapeuta de los parroquianos.

-¡Vamos a una “cantinita” clásica del centro! -contestó el Och, mientras apagaba su computador y recogía sus cosas de la oficina, ya presto para comenzar la tertulia del sábado.

-Tú y tus cantinitas clásicas, Och. En serio que no sé cómo te pueden gustar esos lugares donde te atienden machos. ¡Qué se me hace que te está traicionando la reversa, compadre! ¡Y vas por el cantinero panzón!

-Mira, vamos y luego rematamos donde tú quieras, ¿te late?

-¡Ya vas, Barrabás! Pero a donde yo quiera después, ¿eh? No vale rajarse. Paso por ti en 20. Así que ponte barniz en tus uñas.

Veinte minutos después, ambos amigos comenzaron su viaje, sin imaginar siquiera lo que les esperaba descubrir.

-¿Entonces adónde vamos, Och?”, dijo Adonay mientras preparaba su “gp,ese” pa’ no perderse y llegar cuanto antes al lugar.

-Vamos a un bar en el Centro, vi en las redes sociales que tienen buenas “promos”, y hay un grupito que toca buenas rolas de salsita pa’ acompañar las chelas.

-¡La dirección, wey!

-Neta, Adonay: eres un teporocho desesperado.

-Hemos llegado.

-Veamos qué tal tu magnífico bar.

El lugar se encontraba a medio llenar aún. El mesero fungió como cicerone y los condujo hacia una mesa. El ostentoso mobiliario hacía sentir un ambiente clásico con tintes modernos que incitaba los sentidos, consintiéndolos con la esencia de aquella peculiar tasca.

Los tarros comenzaron a desfilar. Birra y plática, en particular sinergia, mientras transcurría el tictac del reloj.

-Ay, Ochito. En serio que te gusta chupar sin motivación. Si bien es cierto que las féminas acá están como para endeudarse en el Infonavit por ellas, no he visto claro de tu parte: seguimos acá más solos que un Koala montado en un ceibo -externó Adonay, mientras daba un gran sorbo a su espumosa.

-Relájate, Maestro. ¡Mira! Ya viene el grupo; un buen son para amenizar esta calurosa tarde. Además, dime si no está chido el lugar.

El momento esperado llegó: la música en vivo. La pista se atestó de parejas que expresaban su alegría al ritmo del baile latino, en compañía de las notas que el grupo cubano regalaba con plenitud.

-“¿Una ronda más, caballeros?” irrumpió el mesero.

-“Sí. Tráeme dos más, que el grupo suena bien,” respondió el Och antes que Adonay dijera lo contrario. El mesero se retiró presto a buscar sus bebidas. Esbozaba una sonrisa peculiar que la pareja de amigos no logró percibir.

-Och, en serio que hoy vamos a tener que ir a un buen putero. Aún no le encuentro el gusto a este lugar.

No había terminado la frase Adonay cuando un fondo musical de piano y bongos marcó el inicio de una sabrosa melodía que el par de amigos no pudo identificar.

-“¡Caballerooo, miii montuno, eees pa’aaa bailar,…!”- cantó el mesero con enérgica voz a los confundidos amigos.

Ambos voltearon a verlo: una ráfaga, un haz de luz en un fragmento de segundo surgió de aquel personaje, que hizo que la pareja pestañeara…

Algo había cambiado: ya no había banda, no había música. Un grupo de gente, caballeros en su mayoría, abarrotaba el lugar.

-Och, ¿qué es esto? ¿Dónde estamos?

Adonay buscaba una respuesta en el rostro confundido de su compañero. Ambos pensaban lo mismo: “ya estamos muy pedos.”

Adonay se levantó de su asiento y pidió la cuenta.

Desde la barra, un personaje peculiar gritó: “¿Adónde van, cabrones?” Otras frases cargadas de emoción y florido lenguaje emergieron del simpático señor.

-“¡Mándales otros tarros a los jóvenes! La casa invita. Sean bienvenidos, Adonay y Pepe. Es un orgasmo tenerlos de visita en una cantina de verdad,” exclamó el coprolálico personaje.

El par de jóvenes se acercó, hipnotizado, a la barra del lugar.

El ambiente se tornó de camaradería, un grupo de hombres en total armonía y felicidad.

Los amigos comenzaron a sonreír y a divertirse con el lenguaje florido con que el “cantinero”, recibía a cada uno de los feligreses que entraban al lugar: los saludaba a todos por su nombre, su apodo y un clásico “pelaná”. No importaba si fueran famosos o ciudadanos comunes y corrientes, no había géneros ni edades.

Los dos amigos disfrutaban como enanos en un banquete etílico. Risas y albures no faltaron. Era un lugar excepcional.

-¡Sus cervezas, mis amigos!

Adonay y Och se miraron uno al otro, tomaron sus tarros y brindaron. No hicieron falta las palabras. En el fondo se escuchaba exquisitamente una melodía…

-“Es una bella composición de Compay Segundo. Aunque él aseguraba que no la había compuesto, que la había soñado. La vida puede ser así. Solo es cuestión de buscar hacer realidad nuestros sueños, y…cógele el golpe” escucharon decir al mesero que con una sonrisa cómplice se retiró.

-¡Poca madre el lugar, Och! Te agradezco de verdad me hayas invitado.

Esa fue la última vez que Adonay vio a Och…

Corrijo, esa fue la última vez que vi a Och, mi gran amigo, el que me enseñó el placer de una rica tarde de cerveza y amistad, acompañada de un rico son, fue el día que me despedí de Och y conocí mi verdadera vocación.

Tan solo me queda intentar preservar las buenas costumbres, y recrear lugares emblemáticos con mis letras.

Gracias, Och, por enseñarme el verdadero valor de la amistad. Heme acá de nuevo, treinta años después en el mismo lugar y a la misma hora de siempre, cual bohemio, brindando a tu salud.

-Mesero, sírvame dos, por favor…

Yahvé Isaías Solís Aranda.

yahves@gmail.com

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