Una Larga Temporada

By on junio 22, 2018

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Marta Aragón R.

Decía que mis arqueadas cejas eran tal y como debiera tenerlas una mujer, y me auguraba que sería bonita cuando fuera grande. Escucharla me hacía sentir bien, aunque jamás creí que yo fuera linda, sino que decía tales cosas movida por el cariño que me profesaba.

Era mi tía favorita. Priscila, la menor de los hijos de mi abuelita Lupe y la más desgraciada. Su marido la abandonó cuando tenía veinticuatro años y seis hijos; se fue con una muchacha de quince, quien pasó en procesión nupcial frente a su casa, desde donde mi tía contempló el cortejo cegada por lágrimas de humillación, con el orgullo hirviendo a borbotones dentro del pecho. Sin pensarlo, y en compañía del hijo favorito del marido, se vino a Baja California. Sus otros cinco hijos se quedaron al cuidado de sus padres, mis abuelos maternos, allá muy lejos, en un pueblito enclavado en las estribaciones de la Sierra Madre Occidental en el estado de Durango, cuando corría el año de 1956 y Elvis Presley deslumbraba al mundo con movimientos frenéticos de cadera y cantando Hound Dog y Don’t be Cruel.

Mi tía pasaría una larga temporada en nuestra casa. No como otras veces que se regresaría al día siguiente de su llegada, con la maleta llena de regalos para nosotros. Se quedaría varias semanas. Su estancia era obligatoria: esperaba el arreglo de sus papeles como emigrada en los Estados Unidos de Norteamérica.

Habían pasado algunos años desde que llegó junto a su hijo Alberto, sin previo aviso, en una noche en la que ya estábamos en cama.

Pasada de peso, descuidada, y con su arreglo de pueblerina, no deslumbró a mis fantasiosos ojos de ocho años, pero me llenó de gusto, pese a conocer la violencia con la que castigaba a sus hijos cuando no hacían las cosas bien; solía darles sus buenos cintarazos en las nalgas pelonas y piernas desnudas, sin tener compasión de los gritos ni de las lágrimas de mis primos hermanos. El resto del tiempo era sonriente, cariñosa y jacalera.

Le encantaba visitar a las vecinas y olvidarse de sus deberes: como dejar a Rafailillo jugando con su propia mierda, metido en un cajón de madera para que no gateara por los peligrosos desniveles de la enorme y vetusta casa familiar que olía a humedad, leña y restos de lluvia en el tejado. Las lenguas venenosas decían que por eso la había dejado el marido; pero yo sé bien que la madre de “la otra” se puso muy lista y no permitió que “el coyote le robara a la pollita”, como había pasado con mi tía.

Se contaban tantas cosas tristes de su vida. Fue abusada a los doce años por el hombre que la preñó de siete hijos y que la hizo parir al primero, que no sobrevivió —mi abuelo lo enterró en una esquina del zaguán de abajo, por el que se salía para ir al arroyo y a El Pedregal—, a los catorce años; aquel hombre la abandonó por otra chiquilla de quince, y la hizo llegar a nuestra casa una noche cuando todos estábamos en cama.

Ya no lucía tan bonita a sus veinticuatro años; pero muy pronto recuperó la belleza y se convirtió en objeto de deseo.

Mi padrastro le ayudó a poner una tortillería. Recuerdo las veces que íbamos a verla después de la misa de ocho del sábado, cuando se comulgaba en ayunas. Llegábamos a casa de mi tía, montadas en camión urbano que nos dejaba en la esquina. El recuerdo más vivo que tengo de esas visitas son los gruñidos de tripas y las tortillas de maíz con mantequilla que nos daba mi tía como desayuno. Cansada del acoso de mi padrastro y sus amigos, se fue a Tijuana con la intención de cruzar para el “Otro Lado”, y le perdí un poco la pista. Sólo la veíamos de vez en vez, cuando volvía a visitarnos, cargada de regalos.

Aquella vez se quedó lo que me pareció una temporada larga.

Había dejado de ser la joven pueblerina, madre de seis hijos, un tanto desaliñada e ingenua. La vida le había dado las lecciones suficientes para sobrevivir en la jungla citadina de L.A. o, para ser más preciso: East L.A. Ya no era la misma. Con el tiempo llegaría a saber en lo que había trabajado durante aquellos años cuando –con el cerebro dañado por causas que nadie sabe a ciencia cierta en su totalidad, pero suponemos fue el alcoholismo, que terminaría con su salud mental– ella nos mostraba las fotos de una mujer guapísima que era acompañante de hombres en “lugares” de cierto lujo de L.A. Se había convertido en una versión de Marilyn Monroe, pero con el cabello oscuro.

Así es como la vi y lo viví aquella vez que se quedó más tiempo del habitual y la acompañé al dentista.

Al cruzar la avenida Gastellum, a la altura de la calle Tercera, rumbo al consultorio, detuvo el tráfico. Los hombres le lanzaban piropos y silbidos desde los automóviles. Toda la gente volteaba a verla; y los hombres corrían el peligro de sufrir hasta de tortícolis. Me sentí orgullosa de acompañarla. Ella cruzó la calle partiendo plaza, con sus lentes oscuros, la pañoleta anudada por detrás del cuello, la blusa entallada, la falda recta y ajustada en la parte inferior, de medio paso, y a la altura de las rodillas, sin medias y con zapatillas de tacón destalonadas: Marilyn Monroe de cabellos negros, ojos oscuros, tez banquísima y boca carmesí.

Era la misma que hacía jamoncillos en forma de palomitas para vender allá en su tierra, la misma que jacaleaba con las vecinas y era violenta para castigar a sus hijos varones; la misma que se paseaba por el pueblo con total desaliño con la creencia que tendría a su hombre —el que iba a preñarla por las noches y mal mantenía a sus hijos— para siempre. Una Marilyn Monroe de mirada profunda y desencantada, que de tan bella paraba el tráfico; los hombres corrían el peligro de torcerse el cuello y las mujeres de morirse de envidia cuando la veían a su paso.

Aquella vez que estuvo en nuestra casa por muchos días, se dedicó a hacerme dos vestidos que vio en un catálogo. Uno de una tela matizada de rojo y blanco, que daba la ilusión de un rojo tenue, con el cuello volteado hacia atrás y zipper en la espalda; el otro era de un amarillo un poco menos que mostaza, en cuya cenefa bordó unas carabelas viento en popa, con hilaza rojo escarlata.

Las manos de mi tía Priscila —quien cambió su nombre por Pricsilla invirtiendo la posición de la S y la C, y con una “ele” demás, que escribía con su letra redondeada, Pricsilla— eran muy hábiles, ligeras como alas de pájaro; los dedos gruesos y blancos se movían vertiginosos haciendo bastillas y bordando aquellos barcos que surcaban airosos la falda plisada de mi vestido amarillo cuando escuchábamos cantar Gema a Javier Solís y a un jovencísimo Paul Anka lanzando Lonely Boy, dejándonos sin saber a ciencia cierta si era hombre o mujer.

Aún no se suicidaba la Marilyn Monroe rubia; eran días llenos de sol e ilusiones. Yo estaba en el umbral de la adolescencia y mi tía se la pasaba diciéndome que sería bonita cuando acabara de crecer. Tal vez fuera cierto, no lo sé. Ahora entiendo que ser bonita es un estado mental, como la felicidad, que tiene que ver más con la actitud, la confianza y la seguridad; pero ella, mi tía Priscila, me decía que de grande iba a ser muy linda y yo así me sentía: bonita y con las cejas arqueadas, digna de ser la heroína de la mejor y más taquillera película romántica.

Era lo que me hacía creer aquella mujer quien con absoluta valentía tiró por la borda sus pesares y carencias para darle la cara a la vida, como se le da la cara al sol y al viento a la orilla del océano.

Pegó a fuerza de orgullo los añicos de su corazón. Con los dientes apretados, restañó las lágrimas que se amontonaban en sus ojos queriendo salir en una carrera desesperada y furiosa. Cuando recordaba a sus hijos, durante aquellas noches frías y solitarias en un departamentito de East L.A., dejaba prendidas todas las hornillas de la estufa de gas para que se calentara la casa. Trabajó muy duro; el camino de su vida el alcohol lo hizo menos pesado. Emigró a todos sus hijos y sufrió por el rencor que ellos le guardaban. Nunca le perdonaron que los hubiera dejado con mis abuelos para no volver a verlos hasta que estuvieron grandes.

Me contaron que, después de logrado el objetivo de emigrar a todos sus hijos, regresó triunfal a su pueblo y se regodeó en la celestial venganza de mostrar un absoluto desprecio al padre de sus hijos, quien de rodillas le suplicó le concediera sus favores y ella, triunfal y orgullosa, lo dejó con un palmo de narices.

La hermosa tía Priscila, la más pequeña de mis tías, una versión en cabello oscuro de Marilyn Monroe de los cincuenta, más voluptuosa que Brigitte Bardot. Era un espectáculo mirarla cruzar la calle con su falda de medio paso y sus tacones destalonados. Admirable verla caminar airosa con el corazón remendado y las maternales lágrimas restañadas a punta de puro orgullo. Un deleite contemplar sus manos blancas de dedos gruesos, forjadas con el trabajo duro, movida por un amor contenido bajo llave, tras los barrotes de la jaula donde siempre lo mantuvo preso.

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