Un Torvo Sujeto

By on junio 8, 2017

Vivencias Ejemplares. Apuntes de un Maestro Rural.

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XXXII

Un Torvo Sujeto

Era altísimo. El sombrero texano negro, inclinado sobre la frente, sombreaba unos ojos verdes entrecerrados que me taladraban intensamente escrutadores. Delgado, pero se adivinaba sin mucho esfuerzo una energía y una fuerza poco comunes. Claro de color, pero quemado por el sol, bigote espeso y el cigarro en la enorme mano, Pedro Armendáriz padre o el Indio Fernández parecerían unos monjes junto a él. Sobre su camisa negra, una chamarra del mismo color. Parecía listo para saltar sobre su caballo y desaparecer.

Con voz de trueno me dijo: –¿Qué yegua es esa?

–Es una que le compre a Nicolás Garay.

–Hm. ¿No es la prieta que tenía en el agostadero?

–Sí. Esa es.

–Conozco al animal ¿Dónde la tiene?

–Por ahora está en mi corral.

–Cualquier rato la voy a ver. Y desapareció.

Casi temblando, me despedí de la señora y me fui a mi casita.

Entré y pasé de largo.

Salí al corral a contemplar a mi tesoro, pero al que vi fue al mismo hombre aquel, esta vez sobre mi alta barda, con una pierna sobre ella y la otra colgando. Me dijo: –Sí. Es la misma… No será fácil, pero de todos modos nada se puede hacer ahora. Hasta que salga de su problema, porque se puede lastimar. Tiene mal carácter.

–¿Cómo? ¿Qué problema?

–Está preñada. Hasta después veremos,” dijo, y volvió a desaparecer.

Jamás lo volví a ver.

Los fríos apretaron salvajemente. El embarazo de La Acerina era notable ya. Una tarde, estúpidamente –recontra estúpidamente–, al regresar del agua, me dije que en la caballeriza había demasiado frío y se me ocurrió –ya dije que estúpidamente– amarrarle un costal sobre su lomo para protegerla un poco ¡A un animal salvaje!… ¡Idiota de mí!

Muy temprano en la mañana, doña Félix me fue a despertar: –¡Profe, profe! La Acerina está como loca. Está patalee y patalee. Ya casi tumba la pared. ¡Quién sabe qué le pasa!

Corrí a ver y, efectivamente, ya casi cuarteaba la pared. Echaba lumbre por los ojos y por la nariz, sudaba y no paraba de tirar coces. Una parte del costal se había desprendido, pero le colgaba contra las patas delanteras y eso la tenía encabritada. Caminé cuidadosamente sobre el borde del comedero, arriba del cual estaba la alcayata donde la tenía amarrada, entre los ruegos de doña Félix de que no lo hiciera. Previamente había amarrado el extremo de la cuerda a un poste que estaba en la entrada. La solté. Casi de un brinco me puse a salvo, y ella saltó fuera, sin dejar de patalear y de pararse sobre las patas traseras, manoteando.

Algo tenía que hacer porque con mis amigos Gaspar Quintal y Luis Novelo Torres de Maxcanú, fuimos en Mérida a ver una exhibición ecuestre en el parque Carta Clara en la que iba a participar nuestro amigo Luis Pacheco Cetz –hoy general de caballería–. Recordé que lanzaban a los caballos al galope, como desbocados, y, en determinado momento, para frenarlos, avanzaban de la montura al cuello y se colgaban del animal el que tenía que detenerse por el peso de los jinetes –creo que le llamaban el paso del comanche o del apache o algo así–.

Sin pensarlo –una tontería tras otra–, y contra las voces de algunos rancheros que ya se habían juntado tras la barda para ver lo que pasaba, al caer de una de sus paradas me colgué firmemente de la cuerda que tenía el cuello y, al levantarse de nuevo, estiré una pierna hacia el costal y logré desprenderlo. Al tiempo que la yegua caía otra vez, salté a un lado para no ser alcanzado… Aún me queda una muy leve cicatriz en la mano izquierda por aquella “hazaña” torpe.

Bueno. Otras anécdotas aparte, lo que sí tuvo una inmensa importancia para mí fue que, abrazado de su cuello, acariciándola y hablándole como de costumbre, dentro de la caballeriza para que no se rieran de mí –otra burrada–, un día se me ocurrió colgarme de su lomo. Su reacción me hizo soltarla de inmediato, pero después lo volví a intentar repetidamente hasta que un día… ¡la monté!

Me mantuve quietecito, pegado a su lomo, mientras ella esperaba tensa. Como no me moviera, bajó la cabeza y volvió a comer… Cuando después iba al agua con ella, montando al pelo –sin la silla de montar– y controlándola con un simple bozal, nadie lo podía creer. Casi ni yo. El cariño y el buen trato contra la imposición y la fuerza rindieron mejores frutos. Ese sí, fue un legítimo triunfo.

Y un día…–el 21 de marzo de 1964– también muy tempranito, otra vez doña Félix me despertó, pero ahora ahogándose de contento: ¡Profe, profe ya es usted padre!…

–¿Qué?

–¡Pos que ya nació su yegüita! ¡Córrale profe, venga a ver!

Y claro que corrí. Ahí estaba doña Acerina, muy digna y orgullosa con un animalito hecho un ovillo junto a ella

–¡Ya se paró profe! ¡Es una hembrita!…

MTRO. JUAN ALBERTO BERMEJO SUASTE

Continuará la próxima semana…

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