Un Examen Cuestionable en Vialidad y Tránsito

By on febrero 15, 2018

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César Ramón González Rosado

Hace algunos días, con motivo de una larga estancia que pasaré en la capital de mi estado de Yucatán, Mérida, y con el deseo de respetar las leyes y reglamentos de mi lugar de origen, pretendí obtener una licencia de automovilista en el módulo de Tránsito de la Secretaría de Seguridad, aunque tengo una vigente del estado de México.

Me apersoné en este lugar para los trámites correspondientes.  Entregué a satisfacción los documentos de acuerdo con los requisitos, y me remitieron a un examen médico. El doctor, a “ojo clínico”, quizá para comprobar que no tuviera cara de “loquito”, me observó con detenimiento y me aplicó después otro examen de la visión, que aprobé satisfactoriamente.

Acto seguido, me remitió con la Química. Pensé que me sacarían sangre para un análisis. Pero no. La Srita. Química me preguntó mi tipo de sangre. Le respondí, anotó en el expediente mi respuesta, y eso fue todo. Me pregunté si este sería su único trabajo por el que ha de devengar un sueldo. Una Universitaria, ¡qué falta de respeto para los de la profesión! Bien pudo el mismo médico cumplir con este cometido.

Entonces pasé a la prueba de la computadora con test de 10 preguntas sobre el reglamento de tránsito trámite, del que no salí exitoso por breve margen de error. Me indicaron que comprara el reglamento que allí mismo se vendía, lo estudiara, y volviera a presentar la susodicha prueba. Como comentario al respecto, me parece que, a mi juicio de pedagogo, tal prueba no es representativa de los contenidos del reglamento.

Cuando la segunda vez no hubo problema, la computadora se “apiadó” y me concedió todos los aciertos a mi favor. Pregunté a la Srita. encargada del asunto sobre el éxito de las personas en la prueba. Me respondió: “Es que no se fijan; por eso no salen bien a la primera.” En fin…

Hasta aquí todo bien, aunque lamentando los muy lentos trámites burocráticos que fácilmente llevan unas dos horas o más.

Fue entonces cuando la “mula tumbó a Genaro”, como dicen los cronistas del béisbol: la fatídica prueba de manejo, una cola de carros en turno que tarda en recorrerse otras dos o tres horas. Y hay que hacerla a fuerza, si no se cancela la autorización.

Al fin, llegué con el estrés acumulado.

El “perito,” que me recibió con talante de sinodal universitario, dándose su importancia, me dio las instrucciones. La prueba, como todos saben, consiste en la destreza de estacionarse en un espacio estrecho limitado por unos tambos rojos de materia ligero. “Tres intentos, cinco movimientos sin tan siquiera rozar los señalamientos, quedar a treinta centímetros de distancia de la acera, y no te pases de los límites establecidos porque no sales airoso.”

Pues no, no se pudo en dos ocasiones, aunque se puede presentar la prueba todos los días hábiles durante un mes.

El perito decía: “Ya le pegó al carro de atrás, ahora al de adelante; se estacionó a 20 centímetros de la banqueta, deben ser 30.” Así hasta que, por fin, me alineé correctamente.

El perito se acercó y me dijo: “Reprobado.”

–“¿Y ahora por qué?”, protesté enfadado.

–“Lo hizo en seis movimientos. Vuelva mañana.”

–“Pero si es mínimo el asunto.”

–“No, no se puede. Mire: hay una cámara que nos graba, y”

Como no quise ser culpable de tan grave asunto, me resigné.

Salí del lugar sin ganas de volver a pasar por tan absurdo examen, que de ningún modo es representativo del buen manejo de un automóvil: debiera ser una prueba de manejo en las calles de la ciudad, acompañado de un perito que observe los hábitos de manejo. Solamente una “prueba” del modo de estacionarse es cuestionable.

Pregunté al perito a cuántos reprobaba al día. Me dijo que entre cien o ciento cincuenta casos. Entonces, siendo tantos, algo debe estar pasando.

El ambiente de las oficinas de tránsito es deplorable. Impera el burocratismo.

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Las horas de espera para un trámite son muchas. La gente se queja. Escuché a varias personas. Unas más desesperadas que otras.

Don fulano decía que llevaba tres días en un trámite y que no le concedían más tiempo en su trabajo.

En fin…

¡Qué le vamos a hacer!

Protesto, Comandante Saidén.

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