Terca Evolución

By on mayo 24, 2019

Perspectiva

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En este espacio comenté alguna vez que los padres apreciamos cómo transcurre el tiempo al observar los cambios que se dan en nuestros hijos. Tal vez prestemos menos atención a nuestros cambios físicos (menos pelo o más gris; más tiempo para que nuestro cuerpo se recupere de “excesos” de cualquier tipo) que a aquellos conductuales y, sobre todo, al aumento de responsabilidades que vemos en nuestros hijos.

Mencioné en aquella ocasión que uno de mis hijos, el mayor, se mudaba a Oaxaca persiguiendo el crecimiento organizacional al que se ha hecho merecedor, aunque eso signifique no solo mudarse físicamente de residencia sino intentar otra rama profesional, en este caso la de Ventas; en dos semanas se mudará, y entonces comenzará el proceso de adaptación que tanto él como nosotros hemos de enfrentar ante los cambios en su disponibilidad para los eventos familiares. Con el favor de Dios, encontraremos la manera de seguir unidos, e incluso unirnos más a pesar de la distancia.

Pues bien, su hermanito, que acaba de cumplir 27 años, es el siguiente en dejar el nido familiar. Recuerdo perfectamente cuando me dijo, hace varios años, que él no iba a casarse para ver cómo le iba a ir en su relación de pareja, que él viviría durante un tiempo con su pareja antes de decidir ambos entonces contraer matrimonio. Cuando me lo dijo, recuerdo haber comentado que todo dependería de su pareja, que necesariamente debería pensar como él. Bajo la cultura y atavismos con los que fui crecido, francamente lo veía muy difícil.

Hace dos semanas nos anunció que se mudaría, a partir de julio, a una casa de los padres de su novia ¡para vivir con ella! Los papás de ella están de acuerdo en darles la casa en la que vivirán, y apoyan por completo la decisión de ambos. No tengo el gusto aún de conocerlos, ni me atrevo a llamarlos “consuegros” aún, ni tampoco conozco aún a la mujer que conquistó el corazón de mi “iceman”. Ya habrá ocasión para ellos, y será feliz porque así he decidido que sea.

Sin duda, esta decisión de mi hijo y su pareja en mis años mozos hubiera sido un escándalo: salir de la casa de nuestros padres únicamente debía ser debidamente matrimoniados, porque de otra manera aludiría a una vida de francachelas y perdición a todo aquél que intentara poner su “departamento de soltero” y vivir por su cuenta. ¿Qué además viviera en pareja con mi pareja afectiva? ¡Imposible! ¡Qué reputación le estaría creando a ella! Algunos hablaban de “desgraciarle la vida” a aquella mujer que viviera bajo este esquema, con matrimonio posterior o sin él (con el consabido camino al infierno que esta última opción conllevaba).

Evidentemente vivimos otros tiempos, y no me toca juzgar a nadie pues lejos estoy de ser un dechado de virtudes (ni lo deseo, sino un mejor ser humano). Es un anacronismo, y una temeridad, pretender regresar en el Tiempo y obligar a quienes amo a comportarse como me obligaron a mí a hacerlo cuando tuve su edad. Espero, eso sí, haberles inculcado algunos valores que les sean útiles en las nuevas etapas que emprendan.

Hay algo, eso sí, que me toca ya hacer con mi amado iceman. Me prometí guiar a mis hijos –y se los he dicho cada vez que ha habido oportunidad–, con plena conciencia de que la decisión última sobre cualquier cosa que les diga siempre residirá en ellos, y lo único que les exigiré es que me escuchen antes de tomar la decisión. No deseo verlos cometer los mismos errores que cometí yo en mis relaciones de pareja fallidas. No me siento orgulloso, en absoluto, de cargar con tres divorcios a cuestas, y no deseo que ellos pasen por eso, mucho menos si tuvieran que enfrentarlo por omisión mía. Mi doloroso aprendizaje debe servirle también a ellos, siempre que sea posible, y recordarles lo que vivieron conmigo.

Me toca aconsejarlo sobre lo que debiera ser una relación respetuosa entre él y su pareja, pero solo cuando vea cosas/situaciones entre ellos que resuenen y traigan al presente escenarios que viví y que culminaron en un episodio doloroso, que me indiquen que esa relación respetuosa está bordando en dejar de serlo, fuera debido a él o a ella. Como se habrán dado cuenta, estoy renunciando a actuar únicamente como espectador en la vida de mis hijos, sobre todo de su vida en pareja. ¿Mi argumento para hacerlo? Nunca dejaré de ser su padre ni de desearles lo mejor, y si algo en sus relaciones me revuelve sentimientos negativos, lo compartiré y hablaré para indagar un poco más, y acaso entonces ayudarlos a tomar decisiones que los hagan mejores personas.

La evolución de las reglas de la convivencia social es imparable, pero debe darse siempre dentro de los cauces del respeto a la dignidad de cada uno de nosotros. De otra manera, no es convivencia sino abuso.

También estoy seguro, como en el caso de su hermano, que alejarse del seno familiar lo hará apreciar cuán valiosa es la familia. Esta es una lección que todos aprendemos en algún momento en la vida, tarde o temprano.

Desde esta perspectiva, la terca evolución no va a detenerse por ninguno de nosotros, y nos toca esforzarnos por ser cada vez mejores. Yo me apresto a apoyarlos y aconsejarlos siempre que me sea posible, por el bienestar de ellos y de los que aman; por una aún más unida, y cada vez más extensa, familia.

Amén.

S. Alvarado D.

sergio.alvarado.diaz@hotmail.com

 

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