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Teósofos yucatecos

By on junio 14, 2018

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José Juan Cervera

La presencia de movimientos minoritarios en una sociedad introduce matices de significación en su entramado ideológico, refrescando perspectivas y penetrando en atmósferas poco exploradas. Cuando concurren en un ambiente en el que predomina la inquietud de fijar nuevas modalidades en las conductas rutinarias y en el desarrollo de las instituciones, como ocurrió después del triunfo de la Revolución en nuestro país, se suman a otras tendencias que merecen estudiarse en su conjunto.

La Sociedad Teosófica –que contó entre sus fundadores a Helena P. Blavatsky, Henry Olcott y otros personajes más– desde 1875 cobró un impulso favorable a la propagación de su doctrina en varios países; hizo sentir una discreta influencia en Yucatán a principios del siglo XX, más aún cuando en 1914 surgió en Mérida la logia Mayab, a la que siguió la Amado Nervo en Progreso. En los años veinte, algunos adeptos más se distribuyeron en municipios como Temax, Motul, Tunkás, Sotuta y Ticul, de acuerdo con lo que refieren sus publicaciones periódicas, impresas en la capital del estado.

Esta asociación reivindica una base espiritual que sustenta en los valores de las grandes religiones, postula una fraternidad de alcance universal y la abstención explícita de intervenir en asuntos políticos, rechaza el espíritu de secta, y evita exigir una profesión de fe específica para ingresar a ella. Constituye así una doctrina sincrética que fusiona enseñanzas y preceptos de diversos orígenes, rasgo que la conduce a examinar el legado cultural de muchos pueblos.

Asienta sus raíces en sistemas filosóficos milenarios, e incorpora a sus nociones esotéricas mitos como los de los continentes perdidos (La Atlántida y Mu), temas que en épocas sucesivas han espoleado la imaginación de varios escritores, e incluso de estudiosos y viajeros que los dan por ciertos. Es este contexto, la civilización maya despertó el interés de sociedades secretas y fraternidades que se propusieron interpretar, con sus propios códigos, el contenido simbólico de las tradiciones indígenas.

Entre los miembros de la Sociedad Teosófica en Yucatán figuraron ciudadanos distinguidos, como el pintor y fotógrafo Francisco Gómez Rul, español de nacimiento y director de la Escuela de Bellas Artes en 1918; el compositor Arturo Cosgaya y el editor Lauro Franco; los educadores Manuel Domínguez Zubieta y Santiago Herrera Castillo, quienes fundaron la Academia Marden y la Escuela Nueva Ariel, respectivamente. A ella pertenecieron también Francisco Escalante Sosa, Diego García Peroso, Rafael Otero Matamoros, Arturo Sosa Avilés y Pedro González Milán. En su mayoría, cultivaron una vida cívica muy activa por haber formado parte de otras agrupaciones como el Centro Español, la Liga de Acción Social y el Club Rotario. La participación femenina tuvo importancia en sus actividades.

El arquitecto Manuel Amábilis Domínguez aplicó conceptos masónicos y teosóficos a sus estudios de interpretación simbólica del pasado prehispánico, e incluso los incorporó a sus proyectos y diseños profesionales; fue el primer director de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional del Sureste y coincidió con Francisco Gómez Rul en la fundación de la Compañía Impulsora del Turismo a las Ruinas de Yucatán, que al poco tiempo se transformó en la Asociación Conservadora de los Monumentos Arqueológicos de Yucatán. El arte monumental del socialismo yucateco, de Marco Aurelio Díaz Guémez, es un libro editado en 2016 que contiene un análisis escrupuloso de la trayectoria de Amábilis.

Un ensayo de Beatriz Urías Horcasitas, que la revista Relaciones de El Colegio de Michoacán publicó en 2008, se ocupa de la contribución de la teosofía en el programa revitalizador de la cultura maya que emprendió el gobierno de Felipe Carrillo Puerto; si bien expone ideas esclarecedoras, también incurre en algunas imprecisiones, como cuando afirma que la primera asociación teosófica se creó en la península a fines de los años setenta del siglo XIX.

La investigación de la historia adquiere un sentido especial cuando se orienta a recuperar la memoria de grupos e individuos a los que se ha mirado con poca atención, desligándolos de procesos culturales más visibles.

 

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