Soledades

By on enero 4, 2018

CLT_1

XLI

A Fausto Castillo

1

EN ti se mueve este fervor y elevo

la verdadera soledad del nido.

Amor de amar: morir por lo vivido.

Sólo por ti, sólo por ti me atrevo.

Nacer y renacer: volver de nuevo

a esta llama de amor estremecido.

Quemarse en ella y despertar dormido

soñando en vida lo que en muerte llevo.

Lléname, soledad; mi angustia calma

hasta caer en ti todas las horas.

¡La verdadera soledad: el alma!

Mírame descender –nadie lo advierte–,

mírame descender por las sonoras

soledades del fuego y de la muerte,

2

EXPRIMO mi dolor para quererte,

oh, soledad, con íntima entereza,

y oigo crecer del alma la tristeza

más allá del deseo de obtenerte.

Sólo por detenerme y detenerte

estoy crucificado en mi corteza,

encima de la sangre, donde empieza.

¡La verdadera soledad: la muerte!

Vienes a mí como una lluvia fina,

mortal y silenciosa en la mirada

de Dios amanecido en la retina.

Y entras en mí con luminoso empeño

por cristales de sombra acuchillada.

¡La verdadera soledad: el sueño!

3

EN mí pones pasión, la silenciosa,

la que nadie conoce ni adivina

sino sólo ese árbol que camina

y aquella flor donde el color reposa.

Danza la voz del pájaro armoniosa,

ríe el agua cristal por cristalina

y el paisaje en la fruta se examina.

¡La verdadera soledad: la rosa!

Mi amor está por siempre convencido

de que no es otra la pasión del sueño

hasta el misterio del clavel herido.

Y así vivo con dulce desencanto

por mi muerte sangrándome en el leño

de Cristo solo en soledad y llanto.

4

PORQUE estoy solo con mi voz en esta

madurez de la fruta conmovida,

busco en ti, ruboroso, la escondida

música del color en cada orquesta.

Si estoy contigo es por estar de fiesta

mortalmente en meollo de la vida;

y estar en ti por esta voz perdida

abre un sitio en mi entraña su respuesta.

Estoy en ti maduro y me rehúyes

más allá del coloquio de las losas,

donde se alza mi sangre a la que afluyes.

¡Y nada más! Un vértigo divino

estremece la rama, y por las rosas

se adivina tu rostro en el camino.

Clemente López Trujillo

México, D.F. 1946.

Continuará la próxima semana…

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