Popol Vuh (XX)

By on septiembre 21, 2018

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XX

Mientras Vucub Caquix decía esto, Hunahpú e Ixbalanqué hablaban también, sentados sobre una laja al borde del camino. Hablaban con una anciana tan encorvada y tan marchita por los años y la pobreza, que miraba hacia abajo sin levantar los ojos; y con un viejecito de pelo blanco y barba crecida y rala que, de igual manera, sólo miraba el suelo. La anciana se llamaba Zaqui Nim Ac y el viejecito Zaqui Nimá Tziis. Los muchachos les decían así, como de soslayo, sin darles la cara, estas palabras, tratando de convencerlos.

–Hemos tenido suerte al tropezar tan oportunamente con vosotros. En buena hora habéis llegado. Nos acompañaréis a la cueva donde se guarece Vucub Caquix, porque hemos de recuperar el brazo que se llevó. Haremos así. Iremos detrás de vosotros; cuando lleguemos a la cueva de Vucub Caquix, aludiendo a nosotros, le diréis de este modo: “Estos son nuestros nietos; hace tiempo que perdieron a sus padres. Fue una desgracia la que sufrieron. Con estos muchachos vamos por los caminos pidiendo limosna. Pero no somos aventureros ni holgazanes, puesto que tenemos oficio notorio. Sabemos sacar los gusanos de la boca.” Así diréis y no otra cosa. Diréis esto para que Vucub Caquix no se sospeche de nosotros y nos tome confianza y nos revele, sin cuidado ni recelo, sus sentimientos.

A estas palabras la viejecita contestó:

–Lo hemos entendido; así lo haremos. Vamos, que se hace tarde.

El viejecito añadió:

–Caminemos, que la noche se nos viene encima.

Y con los propósitos que se dice fueron a la cueva.

Vucub Caquix estaba dando gritos por el dolor que le causaba su quijada rota. Al ver que los viejecitos se acercaban les dijo, alargando cuanto pudo, pero con melindre de angustia, el pescuezo:

–¿De dónde venís, viejecitos, y a estas horas?

Estos contestaron, en coro:

–Andamos buscando, señor, a quién servir.

–Está bien; deseo que lo encontréis; pero, decidme, ¿de qué vivís en estas tierras tan solitarias? Y esos muchachos que vienen detrás de vosotros, ¿Quiénes son? ¿Acaso son vuestros hijos? ¿Por qué llevan la cara embarrada de tizne y el pelo pintado con tierra amarilla y los dientes con carne de zapote? Nadie podría saber, con tal disfraz, quienes son ni qué rostro tienen, ni si nacieron aquí o en qué otra parte. ¡Y qué lindas cosas sabe hacer!

–No son nuestros hijos: son nuestros nietos; y con ellos buscamos trabajo y pedimos limosna cuando conseguimos ganar algo con nuestros esfuerzos. Lo que buenamente ganamos o nos dan, lo partimos con ellos. Son comedidos, son de buena índole, tienen el mismo espíritu de sus difuntos padres, que fueron maestros en muchas artes. Con sus gracias nos entretienen. Con ellas reímos de buena gana. Por lo que hacen en nuestra presencia, la vida se nos torna llevadera.

Entonces Vucub Caquix les volvió a preguntar:

–Pero decidme de una vez, ¿cuál es vuestro oficio?

–Sacamos los gusanos de la boca, curamos el mal de los ojos y las dolencias que sufren los huesos.

–¡Qué suerte he tenido entonces! El destino los trajo a mi cueva. Por favor, les suplico os acerquéis a mí y veáis por qué me duele tanto la quijada. Creo que la tengo rota. El dolor no me deja descansar ni dormir. Además me atormentan los ojos, ni cerrarlos puedo. Están hinchados parece que van a saltar. Casi no veo con ellos. Pobre de mí, nunca me había me había visto en estos trances. Pero ¡qué les cuento! Sabed que dos muchachos traviesos, a traición, me tiraron con el bodoque de sus cerbatanas y me produjeron estas heridas y también estos males que me aquejan. Si supiera donde están iría en busca de ellos para castigar tamaña osadía. Como les digo, tengo rota la quijada, siento que se me mueven los dientes, casi no puedo hablar, de verdad me cuesta mucho abrir y cerrar la boca. Cada palabra que digo me produce dolor y cansancio. Para que no se me caigan tengo que agarrarme los dientes, éstos oscilan en mis encías como si fueran de viejo.

–Te hemos oído con atención. Deja que te miremos ahora. Está bien. Son gusanos los que te molestan; estamos seguros de que son gusanos. Gusanos malignos, sin duda. Te sacaremos los dientes. Acércate más; échate y ponte boca arriba; no te muevas; espera con calma.

–No podéis hacerme mal porque los dientes que tengo constituyen mi orgullo y mi riqueza, son de esmeralda.

–No te apures por eso; te pondremos otros nuevos; te pondremos unos que parezcan hechos de hueso blanco. En tu boca brillarán lo mismo que los tuyos. No habrá ninguna diferencia.

–Si es así me conformo; quitadme los míos, pero que sea presto, que ya no puedo soportar el dolor.

Entonces los viejecitos, con el arte que sabían, le quitaron los dientes a Vucub Caquix; y en su lugar le pusieron granos de maíz blanco, que relucían como su fueran dientes verdaderos. Luego, sujetándole la cabeza hacia atrás, hicieron como que le curaban los ojos. Con una espina, en un instante se los vaciaron. Cuando Vucub Caquix gritó, ya estaba ciego, abrió los brazos, se incorporó con desesperación y cayó abatido. Estaba muerto.

Así es como Vucub Caquix perdió los dientes que como esmeraldas creía que lucían en su boca; y se apagó también el brillo aparente de sus ojos. Y solo así, con su muerte, se pudo acabar con su orgullo, lo cual se consiguió, como queda dicho, gracias a las artimañas de los muchachos Hunahpú e Ixbalanqué.

En cuanto Hunahpú vio que Vucub Caquix estaba inerte y no podía moverse, recogió su brazo. Los viejecitos aquellos se lo colocaron de nuevo en el hombro y a poco lo pudo usar como si de nunca lo hubiera perdido. A su gusto, lo movió como si tal cosa.

Chimalmat, apesadumbrada, junto a una ceiba, murió también. Dicen que sus cabellos, enredados en la corteza del árbol, una mañana florecieron y dieron fruto.

Luego que Hunahpú e Ixbalanqué cumplieron con el mandato de Hurakán, se fueron a su casa con calma en sus cuerpos y sosiego en sus espíritus.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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