Popol Vuh (XVIII)

By on septiembre 6, 2018

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XVIII

LOS MAGOS

Continuación…

De esta manera Hunbatz y Hunchouén acabaron, para siempre, víctimas del poder que sobre ellos ejercieron Hunahpú e Ixbalanqué. Sufrieron el castigo que merecían por su ignorancia, su torpeza y su falta de corazón.

Cuando Hunahpú e Ixbalanqué regresaron a su casa, con disimulo, dijeron a la viejecita que esperaba:

–¿Qué les habrá pasado a nuestros hermanos? Estaban con nosotros mientras cazábamos pájaros, cuando de pronto, así como así, vimos que, al subirse a un árbol para bajar los que allí estaban, empezaron a chillar de modo extraño, desesperadamente; luego, advertimos que se encogían y se doblaban; después que se volvían peludos y hocicones; y, en seguida, que se les alargaban las manos y los pies y les crecía una cola larga y espesa. ¡Se habían convertido en monos! Colgados de sus rabos se balanceaban y saltaban entre las ramas; chillando y haciendo visajes, se fueron y se perdieron en la espesura del monte. No pudimos darles alcance. Hasta parecía que se burlaban de nuestra carrera y de nuestras voces. Un rato oímos sus gritos estridentes; después ya no oímos nada.

La viejecita, sin levantar la cabeza, contestó:

–Si hicisteis eso con vuestros hermanos, sabed que me disgustáis. No lo esperaba de vosotros. Tal noticia me llena de tristeza. De veras os digo que no está bien lo que habéis hecho con vuestros hermanos mayores; no merecían semejante trato. La sangre de ellos corre también por las venas de vuestros cuerpos. Los habéis traicionado.

–No estéis triste, abuelita, porque cuando quieras los volverás a ver. Ellos tienen que venir de nuevo a la casa. Pronto regresarán, pero cuando lo hagan y busquen comida, no te rías de ellos. Te lo advertimos ahora.

–Si es verdad lo que decís, así lo haré –respondió la viejecita, inclinando la cabeza sobre el delantal que cubría sus piernas.

Entonces los muchachos empezaron a tocar un son que se llama todavía el Son de los cerbataneros que cazan monos. Lo tocaron en unos carrizos, en unas hicoteas y en unos atabales de cuero grato y extraño, como si sus voces y ecos formaran una sola melodía. La selva se cubrió de pálido resplandor.

Atraídos por el ruido, Hunbatz y Hunchouén –convertidos en monos– se aproximaron dando saltos. Cuando estuvieron cerca, la viejecita vio que de veras tenían cara de mono, hacían visajes, chillaban, se enredaban en sus colas y se colgaban de sus brazos. Entonces empezó a reír tanto que tuvo que sostenerse la barriga y la quijada. Ixquic, desde un rincón rio también sin saber por qué, pero con cierto regocijo que no acertó a entender. Entonces Hunbatz y Hunchouén se fueron furiosos, bulliciosos, avergonzados y dolidos por la burla que se les hizo.

Hunahpú dijo:

–Te lo advertimos, viejecita. Tus nietos se han vuelto a la montaña porque te reíste de ellos y de sus caras de mono. Ahora te decimos que sólo cuatro veces los podremos llamar. Nos faltan tres. Los llamaremos de nuevo, pero recuérdalo: cuando los veas, no te rías. Tu risa les ofende y los avergüenza. Acabarán por odiarte.

Se sentaron los gemelos junto al fuego, y con palos verdes removieron las brasas del fogón. Mientras ardían los leños y el humo se espesaba en el aire, ennegreciendo más y más el techo y las paredes, empezaron de nuevo a tocar el son que se dice. Lo tocaron sin descanso, haciéndolo por momentos, intenso y grave.

A poco regresaron bailando y chillando Hunbatz y Hunchouén. Entre muecas y brincos llegaron a la cocina. Subieron sobre la tinaja y treparon encima de la chimenea; corrieron por las repisas e hicieron tantas piruetas que al saltar cerca de las piernas de la viejecita ésta, sin poder contenerse, volvió a reírse estrepitosamente. Su risa se oyó por toda la casa y retumbó como eco de arroyo bajo los árboles. En seguida los monos se volvieron otra vez al monte. Ixquic los siguió con la mirada atónita. Hunahpú dijo:

–¿Qué has hecho viejecita? Por tu risa los volviste a perder. Probemos, sin embargo, por tercera vez; pero no te rías, haz lo posible por no reírte–. Y, sin esperar más, los hermanos menores volvieron a tocar el son.

A poco regresaron los monos. Bailaban y retozaban sin cesar. Con agilidad se encaramaron en las vigas del techo de la casa. Alargaban el hocico, se rascaban los sobacos, y con sus cuatro manos hicieron divertidas maromas. Después, como por burla, escondieron la cara entre las piernas. Al principio, la viejecita aguantó la risa. Pero cuando les vio la cara, tan llena de arrugas y de pelo, volvió a reírse. En seguida los monos saltaron despavoridos y se perdieron a lo lejos.

Los hermanos menores dijeron entonces:

–No te aflijas, viejecita. Tu risa los ha vuelto a ofender. Pero los llamaremos otra vez.

Y en efecto, volvieron a tocar el son que se sabe. Pero, por más que lo tocaron, hinchando sus cachetes y moviendo sus dedos en los agujeros de la flauta, no volvieron a aparecer Hunbatz y Hunchouén.

Entonces Hunahpú dijo a la viejecita:

–Ya ves, no quieren venir. No podemos hacer nada porque vuelvan. Tú has tenido la culpa, no nosotros. No pienses ni digas que no te advertimos a tiempo. Pero, como sabes, te alimentaremos, te defenderemos y te divertiremos. Confía en nosotros, como confiaste en ellos. No te pesará; antes, es posible que salgas ganando con el cambio. Cree en las palabras que te decimos, en las cuales no hay engaño ni dolo.

La viejecita no dijo nada y con sus cabellos se limpió los ojos.

Y de esta manera Hunbatz y Hunchouén sufrieron el castigo que merecían, porque fueron vanidosos y estuvieron llenos de inquina y de torpeza frente a sus hermanos menores. El mal que deseaban se volvió contra ellos mismos. La fuerza que tenían no fue bastante para librarlos de la ruina que se abrió bajo sus pies. Hunahpú e Ixbalanqué empezaron a cumplir con el destino que traían guardado en la médula de sus huesos.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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