Popol Vuh (XVII)

By on agosto 30, 2018

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XVII

LOS MAGOS

Continuación…

Pero sucedió una vez que, al volver a casa, casi anocheciendo y cuando la lumbre de la estrella de la tarde se destacaba sobre el cielo, los gemelos no trajeron ningún pájaro y ningún animal de buena enjundia. La abuela se mostró airada y les dijo:

–¿Qué os pasó en el monte? ¿Por qué venís tan tarde? Por primera vez, en mucho tiempo, volvéis sin traer nada. ¿Acaso ya no sabéis cazar? ¿Se os ha olvidado el arte de disparar con cerbatanas? ¿Por ventura han huido los animales que habitan en la selva? ¿Por qué no trajisteis venados y jabalíes y perdices y tórtolas como otras veces?

Ellos, sumisos, contestaron:

–Esta es la causa, abuela: los pájaros que cazamos volaban tan alto que al caer quedaron enredados en las ramas de los árboles. Por más diligencias que hicimos no logramos recogerlos. No cayeron al suelo ni golpeando los troncos ni sacudiendo las ramas ni tirándoles piedras. Entre las hojas y los bejucos se trabaron sus alas. ¿Quieres que nuestros hermanos, que son altos y recios, vengan con nosotros y nos ayuden a bajarlos y traerlos?

–Si ellos quieren, que vayan– contestó la abuela.

–¿Por qué no han de querer ayudarles? – añadió la madre.

Hunahpú e Ixbalanqué llamaron entonces a Hunbatz y Hunchouén y les dijeron lo que antes habían referido a la abuela. Estos contestaron de mala gana que a la mañana siguiente irían al monte para ayudarles a bajar los pájaros cazados.

Aquí se aclara lo que pasaba en el corazón de los gemelos.

Hunahpú e Ixbalanqué conocían el mal que habitaba en Hunbatz y Hunchouén. Entre sí pensaron: “Nuestros hermanos mayores buscan nuestra muerte, por el miedo y la envidia que nos tienen. Piensan que aquí estamos sólo para servirles y para obedecerles como si fuéramos esclavos. Por estos engaños maliciosos en que viven tenemos que castigarlos; sólo así aprenderán a conocer lo que somos, lo que valemos y lo que podemos. Es justo que sufran las consecuencias de su inquina y de su impotencia para el bien.”

Así pensaron, y con este acuerdo se tendieron a descansar en sus esteras.

En el silencio se oía el suave vaivén monótono de los grillos.

Cuando amaneció, los cuatro hermanos se levantaron, se bañaron junto al pozo y salieron de la casa; caminaron por el monte y se detuvieron al pie del árbol de cacao, que es frondoso y perfumado. Allí los gemelos estuvieron tirando con sus cerbatanas a múltiples pájaros de diverso plumaje y de variado tamaño. Parecía que la selva estaba alborotada; era como si en aquel lugar se hubieran dado cita todos los volátiles de la región. Pero sucedió que los pájaros que cazaban no caían al suelo, porque se quedaban enredados entre las copas de los árboles.

Al ver esto Hunahpú e Ixbalanqué dijeron a sus hermanos:

–Ya lo veis, se quedan prendidos en las ramas. Todavía se ven los que ayer cazamos. Empiezan a descomponerse y a caer en pedazos, los que no han sido devorados por los buitres. Hasta aquí llega el hedor de la carroña. Apartémonos algunos pasos adelante.

Hunbatz y Hunchouén vieron que, en efecto, era verdad lo que los gemelos venían diciendo.

Allí arriba, las aves heridas se debatían entre las ramas.

Hunahpú e Ixbalanqué añadieron:

–El viento ha alejado el mal olor. ¿Por qué no aprovecháis este respiro para bajar con comodidad los pájaros enredados? Subid ya, que nosotros no podemos. Vosotros sois altos y fuertes. Llegad hasta arriba y desenredad las alas de los animales que allí se debaten.

–Está bien; subiremos, si así lo deseáis– contestaron los aludidos.

Y en seguida subieron hasta las ramas más altas de árbol que se dice. Pero cuando estuvieron encaramados en lo más alto, notaron con asombro que el árbol empezó a crecer y a crecer, como si se hinchara, como si su tronco se dilatara y sus ramas se estiraran y sus gajos se retorcieran alargándose.

Al ver esto, quisieron bajar en seguida, pero no pudieron; estaban demasiado arriba, balanceándose en las ramas que se apartaban más y más unas de las otras. Cada vez se veían más lejos del suelo; desde el lugar en que se encontraban podían abarcar con la vista la selva. ¡Qué altos estaban!

Empezaron a gritar:

–¡Este árbol nos da miedo! ¿Qué es lo que pasa a este árbol? Nunca lo habíamos visto así, parece otro. Es como si de pronto se hubiera transformado en un gigante con hojas y raíces monstruosas. Estamos seguros de que cuando subimos a él no era tan corpulento ni tenía tan nudosas ni tan enredadas sus ramas.

Al oír estas palabras, Hunahpú e Ixbalanqué dijeron, haciendo bocinas con las manos:

–No temáis nada. Quitaos los cinturones; amarradlos debajo de vuestra barriga de modo que el ombligo quede fuera, y dejad caer las puntas por detrás, como si fueran rabos. Sólo así podréis bajar sin causaros daños. Aquí os esperamos.

Así lo hicieron Hunbatz y Hunchouén.

Pero en el momento mismo en que hicieron lo que se dice, se convirtieron en monos, en unos monos peludos, de rabadilla pelada y dedos alargados en forma de tirabuzón.

Sin esperar más, se pusieron a saltar de rama en rama y a chillar como desesperados.

Columpiándose, colgados de las lianas y de los bejucos, se alejaron de aquel lugar y se internaron en la selva. Así se perdieron en la oscuridad, bajo los árboles.

A lo lejos se oían sus chillidos. Poco a poco éstos se confundieron con los rumores del campo hasta desaparecer como tragados por el silencio espeso de aquellos lugares.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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