Popol Vuh (XVI)

By on agosto 23, 2018

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XVI

LOS MAGOS

Continuación…

Ahora aquí se cuenta el nacimiento de Hunahpú e Ixbalanqué.

Cuando llegó el día señalado, Ixquic se apartó de todos y se ocultó en la soledad del monte, como para cobijarse bajo la densidad mágica de sus aromas, en medio de sus músicas. Así dio a luz dos muchachos, en medio de la quietud oscura del lugar. Nadie, ni la viejecita, estuvo presente en el alumbramiento de los gemelos.

Ixquic los tomó entre sus brazos y con arrobo los estrechó contra su pecho. Y así los llevó a la casa. Se acostó al lado de ellos y veló amorosa, solícita, su sueño.

Parecían lobeznos, de tal modo gruñían. La viejecita los contempló con ojos de llanto, tanta era su felicidad. Cuando los rapaces despertaron, empezaron a gritar. Gritaban con furia de animales acosados. A medida que pasaban los días, sus gritos se hicieron terribles y sostenidos, hasta el punto de que las gentes de la casa no podían descansar ni estar tranquilas. Parecían cachorros de bestias feroces, por las manazas con que golpeaban los pechos de la madre. Con las uñas de sus pies rasgaban las esteras del piso. La abuela no los pudo aguantar más y dijo, llena de descontento:

Ixquic, aunque te pese, toma a tus hijos y sácalos afuera; llévalos lejos y tíralos entre las piedras para que mueran, porque ya no podemos soportar sus gritos desaforados, ni tolerar las uñas de sus pies, ni la fuerza de sus manos. Tienen garras, que no dedos. Parecen hijos de tigre, que no de mujer.

Al oír esta recriminación, Ixquic se inclinó sobre sus hijos y, llena de angustia, se puso a acariciarlos como si temiera perderlos en seguida y para siempre. Sus ojos se llenaron de lágrimas. (No entendió el sentido de la orden de la abuela y, a decir verdad, ésta misma no conoció el secreto de la voz que le dictó la orden que había dado).

Con ellos entre sus brazos, salió al monte donde, sin ser notada por nadie, pudo gemir a su antojo. Junto a una roca pasó horas y horas sollozando.

Al caer la tarde, regresó con ellos a la casa. Al verla entrar con sus hijos, Hunbatz y Hunchouén, llenos de ira, la increparon por haber desobedecido la orden de la abuela. Tomaron por la fuerza a los gemelos; los arrebataron de los brazos de Ixquic, los sacaron de la casa y, sin importarles el dolor ni la desesperación de la madre, casi a rastras, los llevaron lejos, hasta un lugar inaccesible y montaraz más allá de las barrancas que circundaban los solares de la casa.

Allí los abandonaron. Los dejaron junto a un hormiguero, para que las hormigas los atormentaran y los devoraran.

Hasta la casa, en el silencio de la noche, se oían los gritos que daban los muchachos. Eran como gruñidos de bestezuelas acosadas por el fuego o por el hambre. Sus alaridos hacían temblar las hojas de los árboles. Los animales estaban constantemente con las orejas enhiestas. La madre se quemó los oídos con ceniza caliente para no oír sus lamentos. La abuela lloró, temerosa.

Pero sucedió que las hormigas no los tocaron; antes, apartándose de ellos, les dejaron limpio el sitio en que yacían y además, para su consuelo, para que mejor reposaran, trajeron hojas de plátano y de verdolaga. Sépase de una vez que Hunbatz y Hunchouén hicieron esto porque presentían el poder que con el tiempo tendrían aquellos gemelos y el terrible uso que harían de este poder, dondequiera que se encontraran.

Así fue como Hunahpú e Ixbalanqué, igual que los seres de su casta, fueron creciendo con libertad llena de coraje y con arrestos que ningún ser, ni conociéndolos, hubiera podido comprender ni explicar. Cuando fueron mayores, empezaron a ejercitar las artes con las que venían adornados. Fueron así cantores, poetas, escritores y cinceladores. Crecieron venciendo, por sí mismos, resistencia, trabajos y calamidades. Por esta causa adquirieron destreza en muchas artes e hicieron ejercicio y aplicación de su sabiduría. Esta no la estudiaron, sino que la descubrieron en su propia disposición, como cosa natural, nacida con su sangre. Los secretos mágicos de sus abuelos les fueron revelados por voces que vinieron por el camino del silencio y de la noche.

Así vivieron entre bestias, alimañas y sabandijas. Todos los seres del bosque les obedecían como si fueran animales dóciles, de esos que nacen y crecen junto al fogón de la cocina y no se apartan de las faldas de sus amas. Iban tras sus pasos, sumisos y encogidos, muda la lengua y gacha la cabeza. Ninguno se atrevía a rebelarse contra sus voces de mando.

Hunahpú e Ixbalanqué se mantenían arrancando del suelo yerbas y raíces, o bien cazando pájaros y otros bichos buenos para comer. Cazaban con sus cerbatanas, las cuales hacían con carrizos pulidos y brillantes. Bebían agua de los cocoteros y de las piñuelas que brotaban al borde de las sendas, en macizos llenos de jugo dulce y ácido de mucho gusto para el paladar.

No por esta bárbara vida dejaron de visitar a su madre, a su abuela y a sus hermanos. A todos trataban con sencillez y delante de ellos, cuando convenía, mostraban las artes que sabían ejercer.

A medida que pasaba el tiempo, y precisamente por la superioridad de que daban muestra, eran cada vez más odiados por sus hermanos mayores. Era un odio sordo, oculto tras la dureza de los rostros. Sufrían con el disimulo.

La vida de la familia transcurría como aquí se dice.

Al medio día, primero comían los dueños de la casa; luego, en banqueta, la madre y la abuela ponían presas de carne cocida, legumbres crudas y tortillas de maíz. Los dejaban comer solos, como si padecieran enfermedad inmunda o estuvieran apestados. Mas por esta malquerencia no se irritaban ni menos se atrevían a mostrar inquietud ni malestar; antes se sometían a tales tratamientos con mansedumbre y riqueza de humor. Cuando Hunbatz y Hunchouén comían no dejaban nada sobre las hojas de plátano soasadas en las cuales la viejecita les servía. Todo lo devoraban con avidez, como si temieran perder una migaja de su comida. Hunahpú e Ixbalanqué, por el contrario, eran sobrios y apenas si probaban pequeñas porciones de las viandas que les daban. Después de comer, los cuatro hombres salían a cazar al monte. En el monte esperaban a que el sol declinara y que la brisa del mar calmara el ardor del aire; entonces, en la penumbra, cazaban a gusto. Todos se mostraban diestros en el manejo de sus cerbatanas. Parecía que estaban en competencia. Con la caza cobrada, regresaban a la choza.

Al cabo de un tiempo Hunbatz y Hunchouén, llevados de su egoísmo, se apartaban de los gemelos y permanecían en los solares entretenidos en diversos juegos. Hunahpú e Ixbalanqué regresaban como siempre cargados de conejos, perdices, patos y jabalíes. La madre y la abuela aderezaban y conservaban estas carnes siguiendo recetas antiguas. Unas las salaban, otras las cocían, otras las ahumaban. Prendidas en ganchos bajo el cobertizo del solar.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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