Popol Vuh (XIX)

By on septiembre 14, 2018

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XIX

Por aquel tiempo, en un lugar de la tierra quiché, habitaba Vucub Caquix. Vucub Caquix, lleno de orgullo decía:

–Después de que termine la inundación que trajeron las lluvias y se agote la tierra, las gentes que se libraron de la ruina recibirán mis sabias e imperecederas enseñanzas. Uno de los seres superiores que las impartirán seré yo. Yo mismo, con mi poder, me transformaré en uno de los dioses creadores. Todo estará en mí y todo saldrá de mí. Seré más grande que los seres que han sido y serán, porque es inagotable y profunda mi sabiduría y no tiene límites mi poder. Esto será así porque mis ojos son como esmeraldas pulidas y mis dientes como piedras preciosas y mi nariz como cuarzo tras el cual brilla la luz. La tierra se ilumina y se alegra con el resplandor que derramo cuando salgo de mi guarida, que es el lugar sagrado y oculto para todo ser viviente. Por mí se educarán y tendrán inteligencia los hijos que de hoy en adelante nazcan en la tierra. Será así porque mi vista llega muy lejos, hasta el lugar donde nadie es capaz de llegar con la suya.

Así decía Vucub Caquix, aturdido por el orgullo y la insolencia de su corazón.

Pero él no era, como creía, ni sol ni luna ni estrella. Nada de esto podía ser jamás. Creía en tales grandezas porque veía brillar sus plumas metálicas con la luz que venía del cielo. Con este resplandor estaba engañado. Tampoco su vista llegaba tan lejos como decía. Mucho, muchísimo, estaba oculto a su mirada y mucho más a su inteligencia. Entiéndase que Vucub Caquix se envanecía porque estaba sumido en las tinieblas de sí mismo.

Sépase también que Vucub Caquix tenía dos hijos. Uno se llamaba Zipacná y el otro Capracán. Ambos eran hijos de Chimalmat. Zipacná pensaba que nació para hacer las montañas, sin más normas que su gusto y capricho. Capracán no se imaginaba menos poderoso: creía que su oficio consistía en agitar y en mover la entraña hirviente de los montes. Los tres seres constituían así un peligro para la tranquilidad de los hombres, y un maligno ejemplo de orgullo.

Hunahpú e Ixbalanqué, ante tanta perfidia, dijeron así:

–Estos seres vulgares se enorgullecen por nada; se enorgullecen con lo que sólo es brillo que viene de fuera; con lo que es natural y efecto de lo que vive y por sí mismo sucede. Nada de lo que ellos creen que hacen han hecho, que todo está ahí creado y puesto por la vida. Lo que estos seres dicen es cosa de su vanidad y su obstinación. Sobre ellos está la verdad de lo que es. Nadie debe envanecerse con lo que es ajeno y está fuera de su propio ser.

Mientras los gemelos hablaban, Vucub Caquix decía en su soledad:

–Yo soy el sol.

Zipacná decía:

–Yo hice las montañas que se ven en la tierra.

Capracán decía:

–Yo agito la entraña que está debajo de lo visible.

De esta manera, padre e hijos sentían el mismo alocado orgullo y, envanecidos, iban por todas partes pregonando el poder que imaginaban ejercer.

Por esto, Hunahpú e Ixbalanqué acordaron terminar con tales seres nefastos. Y, como lo pensaron, se dispusieron a ejecutarlo con sus armas y con sus artes. Esto se explica en la forma que sigue:

Vucub Caquix se sentó bajo un árbol de nance, con el objeto de comer los frutos que caían, maduros, amarillos, suaves y perfumados, destilando miel. Allí, mientras comía, placentero, anolando las semillas, se recreaba en sus pensamientos de poder. De pronto notó que por el tronco del árbol donde estaba apoyado subían hasta las ramas altas dos seres. Eran Hunahpú e Ixbalanqué. Estos se posaron entre las ramas y se agazaparon debajo de los gajos que estaban cerca. Allí permanecieron, silenciosos, como insensibles, como si fueran muñecos de madera. Largo tiempo pasaron allí, inmóviles, tanto que los pájaros, sin miedo, se posaron en sus cabezas. Cuando Vucub Caquix estaba más entretenido en su comida, Hunahpú, que era el más osado, le disparó con su cerbatana un bodoque. Este salió raudo y fue, derecho, a la quijada de Vucub Caquix, que rodó por el suelo con la mandíbula rota. Al verlo caer, Hunahpú bajó, quiso prenderlo, pero no pudo, porque el herido, ágil, violento, se puso de pie, se volvió contra su agresor, le tomó por el hombro, le zarandeó y, con rabia, le arrancó de cuajo un brazo.

Sólo se oyó un grito.

Entonces Hunahpú, adolorido por su derrota, dijo:

–Está bien que me pase esto por no haber matado enseguida a Vucub Caquix. Culpa mía es lo que me sucede. Debo sufrirlo resignado. Debería darme vergüenza. Merezco mi dolor. Lo padeceré con gusto.

Vucub Caquix, como pudo, se fue a la cueva donde vivía y que, por cierto, no estaba lejos del lugar. Llevó consigo el brazo ensangrentado de Hunahpú. Entró a su cueva y descansó. Entonces empezó a gritar con gritos lastimeros y prolongados, indignos de su categoría casi divina.

Al verlo herido, y al oír sus lamentaciones, Chimalmat se acercó y le dijo:

–Di, ¿quién te quiso matar?

–No digas quién, sino quienes; fueron aquellos muchachos traviesos y díscolos que tú conoces por las cosas que vienen haciendo dondequiera que se presentan. Ocultos entre las ramas de un árbol, me dispararon con sus cerbatanas unos bodoques así de duros, grandes y puntiagudos. Ya ves cuánto daño me han hecho; pero no me mataron como querían. Si me hubieran matado, a estas horas los muy mendaces me estarían asando, ensartado en un palo puesto sobre brasas.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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