Popol Vuh (X)

By on julio 13, 2018

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X

CONTINUACIÓN…

Mientras tanto los enemigos, rehechos del fracaso que habían sufrido, se aprestaron para nueva lucha. Con mal disimulada agitación, iban de un lugar para otro, consultándose y preparando otros dispositivos de combate. Atónitos, miraban hacia arriba y amenazaban con los ojos y las manos a los guerreros que creían ver tras las barricadas.

Cada vez eran más las gentes que se juntaban en la planicie acotada por plantas espinosas. El odio que sentían contra los intrusos iba también en aumento. Lo denunciaban sus gritos y los saltos que, como poseídos, daban en el suelo. Parecía que estaban dispuestos a morir defendiendo la tierra que les pertenecía desde muchas lunas pasadas. Nadie dudaba del derecho que tenían para poseer las tierras que ahora miraban invadidas por gentes extrañas.

Por esto, nadie permaneció ocioso; nadie cruzado de brazos. Unas ponían tensas las pieles de venado, otras las guarnecían con bejucos flexibles para que resistieran como escudos; otras aguzaban palos de madera recia; otras humedecían con resinas venenosas las puntas de las flechas; otras llenaban las mochilas con cantos puntiagudos; otras juntaban piedras para lanzarlas por medio de cerbatanas, otras torcían hilos de algodón para hacer máscaras y cinturones; otras ponían en los carapachos de las hicoteas parches de vejiga, para sonarlos como tambores; otras todavía horadaban trozos de caña, para soplar en ellas a modo de flautas. Todo lo hacían con presurosa gravedad, pensando en la empresa que no tardarían en iniciar.

Al llegar la noche se apaciguaban los quehaceres que se apuntan; pero se redoblaba la vigilancia de los caminos y de las veredas. En los lugares de más peligro encendían fogatas para mejor alumbrar la plaza y divisar desde lejos la presencia del enemigo que pretendiera sorprenderlos bajo la seguridad de la sombra. Junto a sus brasas y a su resplandor se veían las caras ariscas y enconadas de los guerreros que se alistaban para el combate. Centellaban, como erguidos relámpagos, las lanzas hincadas en el suelo.

A la hora del amanecer, empezaron a tocar sus tunkules, sus hicoteas, sus flautas y sus chirimías.

Ruidos de tormenta se derramaron por aquellos ambientes turbios de coraje. Los gritos, los saltos, los ademanes y los gestos de los guerreros infundían pavor entre las gentes pacíficas que contemplaban tales preparativos bélicos. Los niños clamaban, adosados a las faldas de sus madres. Éstas gemían, tapándose la cara, mientras los ancianos levantaban los puños, temblorosos y amenazadores.

Así, los mozos recién armados empezaron a subir otra vez por los vericuetos de la montaña de Hacauitz. Subían asentando con firmeza los pies sobre las lajas y los terrones. Por más seguros, aprovechaban los lugares menos escarpados. Como ciervos y cabras, trepando ágiles entre las peñas rodeadas de zarzas y espinas. Subían trechos largos y se detenían para descansar y tomar aliento, en tanto que los vigías se adelantaban para mirar los lugares ocupados por el contrario. A cada momento esperaban chocar con las avanzadas de éste; estaban seguros de que lograrían triunfar sobre sus adversarios. Ninguna emboscada era posible. De vez en vez los guías, dando gritos y agitando en alto trozos de lienzo, indicaban que el camino estaba expedito, que había peligro, o que era preciso detenerse, agazaparse, esperar, retroceder o cambiar de rumbo.

Los ancianos y las mujeres que se quedaron abajo pedían a los guerreros, con desaforadas voces, que no desmayaran en su empresa. Iban de un lugar a otro, corriendo y entonando cánticos bravos y broncos. Danzaban extrañas, entre lúbricas y bélicas, alrededor de altísimas hogueras alimentadas por rajas de troncos resecos. En ocasiones, tomaban entre sus manos las cenizas aún calientes, las aventaban o se las embarraban en la cara para semejar gente de espanto y de miedo. Las aves carniceras, encendidos sus ojos, volaban a ras de los hombres y de las bestias. Los coyotes y los chacales saltaban sobre las zanjas y los hoyancos. Con sus propios colmillos se herían la carne de los labios, que sangraban.

Mientras, los defensores de la montaña, aunque angustiados por el peligro y la amenaza que avanzaba delante de sus ojos, confiaban en la providencia de los dioses que les eran propicios. Estaban seguros de que en la hora conveniente no serían abandonados y de que, por lo mismo, no podían perecer. El destino tenía que reservarles gloria de eternidad.

Unos a otros se tranquilizaban con gestos y palabras. Los más diestros, guareciéndose en lugares de difícil acceso para los contrarios, estaban dispuestos a dar señal de alarma si el peligro era inminente. Con cautela disimulada, los guerreros espiaban los movimientos de los hombres que trepaban ya cerca de la cima, dando bufidos y ostentando formas de furia nunca vista antes ni en los días de más enconada guerra.

Así llegó un momento de indecisión angustiosa para ambos bandos.

La gritería de los que ascendían desde el llano chocó contra la gritería de los que defendían la cresta de la montaña.

Ya los rostros de unos y de otros se podían ver entre la maleza. Las manos de ambos grupos, como espigas, se mostraban en alto, armadas con lanzas y mazas. El ruido de los escudos se hizo perceptible y el coraje de los pechos podía adivinarse en la respiración fatigosa y honda de los que se detenían tras las rocas o de los que trepaban sobre las trincheras.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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