Popol Vuh (VIII)

By on junio 28, 2018

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VIII

CONTINUACIÓN…

Sépase también que los dioses tomaban aspecto de muchachos cuando se presentaban a dictar sus órdenes y disposiciones. Daba gusto verlos lucir con tan espléndida gracia madura. Si querían descansar, salían con cautela de sus escondrijos e iban a bañarse a la orilla de un río de agua mansa y transparente, cerca del cual existían prados cubiertos de flores y de yerbas. En un recodo se veían lajas redondeadas por la lluvia y las corrientes. Por esta razón el río se llamaba de Tojil. Las gentes que lo conocían hablaron así:

–Este es el río de Tojil.

O bien así:

–Este es el baño de Tojil.

Cuando, por casualidad, los dioses eran vistos, en seguida desaparecían sin dejar huella. Ni de sus pisadas quedaba rastro sobre la tierra floja. Con arte que sólo ellos conocían, perdíanse en lo más intrincado del bosque. Nadie logró jamás descubrir sus paraderos. Desaparecían como si los tragara la tierra o los mantuviera presos en su seno. Ni como fantasmas se les tornaba a ver.

Pronto, sin embargo, las gentes supieron que los Abuelos eran cómplices y encubridores de los dioses recién llegados. Lo que supieron se divulgó hasta entre los hombres que vivían en parajes apartados y recónditos. Entonces las tribus, que tanto habían sufrido con los desmanes de dichos seres, decidieron agruparse y actuar con ánimo de defensa.

Como lo pensaron lo hicieron. Se juntaron en Consejo y acordaron destruir a los Dioses intrusos y a los que, en nombre de los mismos, causaban tanta desolación. Con este propósito decidieron levantarse en masa y caer sobre aquellos jefes, arrebatándoles sus instrumentos de poder y ocupando luego los solares donde, con falsía y sin derecho, habían asentado el pie. Entre las tribus enardecidas se habló de esta manera:

–Hemos de acabar con las gentes quichés de Cavec. Ningún sujeto extraño debe quedar libre ni vivo dentro de nuestra región. Como postema debemos tratarlas; hagamos sajar la carne afectada para que la llaga se enjute y desaparezca, y su humor negro se extinga y su influencia maligna tenga fin.

–Si es forzoso que nos hieran y nos maten, así sea pero, antes, acabemos con tales intrusos y con los que de modo hipócrita los empujan e incitan contra nosotros. Si Tojil es tan grande y tan poderoso como cuentan las voces de los llegados, queremos verlo con nuestros ojos, queremos cerciorarnos de la realidad de su fuerza y de que ésta es invencible. Si logramos conocer esto, entonces lo adoraremos como si el destino nos lo hubiera impuesto. No haremos más resistencia.

Ya concentrados con estas palabras, dijeron a las gentes que sacaban peces del río donde, según era fama, se bañaba Tojil y los otros dioses.

–Venid, escuchad y entended: si los que se bañan en ese río son dioses mortales, lleguemos a ellos, caigamos sobre sus personas y hagamos que desaparezcan hasta sus huesos. Hagamos más: hagamos que con ellos perezcan sus cómplices, o sea, sus Adoradores y sus Sacrificadores.

Después, como enardecidos por su propia resolución añadieron:

–Para capturarlos haremos así: dispondremos que vayan al dicho río, en hora oportuna, dos doncellas, las más sanas y astutas entre las nacidas y crecidas en la región. En aquel lugar ellas discutirán, como distraídas, cosas de su incumbencia e intimidad. Hablarán con maña para no denunciar ni su intención ni nuestro propósito. Cautas deben ser. Con descuido se dejarán mirar y desear. Con recato ladino se pondrán a lavar nuestras ropas a la orilla del río. Si los muchachos vienen a ellas, se desnudarán para atraerlos más. Si ellos, al verlas en cueros, revelan tener gusto y dan muestra de querer acercarse, les harán entender que tienen licencia para otorgarles placer. Si los dioses luego les preguntan quiénes son contestarán: –Somos hijas de señores: pero no quieran saber más porque nada diremos. Dicho esto, pedirán a los muchachos unas prendas como recuerdo de la entrevista. Si ellos se las proporcionan, y además les acarician la cara, las mejillas o la barba, ellas entonces, sin esperar más, se entregarán sumisas a sus deseos.

De acuerdo con este pensamiento y esta trama instruyeron a las dos mejores mozas del lugar para que fueran e hicieran lo dicho delante de los dioses cuando éstos aparecieran junto al río. Las doncellas elegidas con este objeto fueron Ixtah e Ixpuch, las cuales eran verdaderamente bellas.

Sin dilación, las mozas se dirigieron al río y se agazaparon junto a las piedras de la orilla. Las gentes de las tribus, mientras tanto, se ocultaron en silencio y a distancia tras los matorrales. Conforme a lo acordado, las jóvenes se pusieron a lavar prendas de ropa en un recodo que hacía la corriente. De pronto, las doncellas notaron, con sobresalto, que por allí andaban Tojil y los otros dioses. Se dieron cuenta de que eran ellos porque se les veía hermosos y erguidos. Lucían sus carnes trigueñas como si tuvieran lumbre debajo de la piel. También resplandecían sus ojos con extraña luz.

Al principio siguieron las mozas en sus quehaceres de lavanderas; pero, al ver que los dioses se acercaban, temblaron de miedo y de emoción. Entonces se desnudaron, conforme a la orden que habían recibido. Cuando, en su instinto femenino, notaron que ya habían sido vistas, hicieron ostentación de su desnudez. Al ser sorprendidas, se mostraron falsamente avergonzadas, aunque no tanto para que, por su actitud, pudieran ser tomadas por esquivas. Entre ellos y ellas hubo, al principio, un silencio de embarazo. Mas, contra lo que esperaban las doncellas, ni Tojil ni los otros dioses las llamaron con deseo ni les hicieron mínimos halagos, ni les insinuaron nada. Al acercarse ellos hablaron así:

–¿De dónde venís? ¿Qué buscáis en este lugar? ¿Cómo os habéis atrevido a venir aquí? ¿Nadie os avisó de que este río es nuestro por derecho natural, porque lo encontramos baldío y sin guardianes? No os hagáis las distraídas. Debéis contestar a nuestras preguntas. Esperamos vuestras respuestas. Hablad.

Al oír estas palabras, dichas con tanta dulzura, las doncellas se aturdieron más; y, como vencidas, sin ningún disimulo, dijeron lo que se les había aconsejado y no otra cosa. No pudieron mentir ante aquellos seres. Una como fuerza oculta las obligó a decir lo que sabían. Además, no era la mentira condición natural en ellas. Después de escuchar la confesión de las mozas, Tojil dijo:

–Está bien. Ahora os llevaréis la señal que los señores desean, la cual dirá el sentido de nuestra conversación y el carácter de nuestro trato.

No dijeron más. Se apartaron en seguida y discutieron sobre lo que debían hacer. Puestos de acuerdo, tomaron tres mantas de algodón y la entregaron a los Abuelos que allí estaban cerca, a la expectativa. Así, Balam Quitzé en una dibujó un tigre; Balam Acab, en otra un águila; y Muhucatah, en la última, un tábano.

Ya no volvieron a aparecer los dioses; en la oscuridad de la selva se perdieron. En vez de ellos, se acercaron los Abuelos y hablaron con las doncellas.

Balam Quitzé, después de saludarlas a nombre de los dioses, habló de esta manera:

–Aquí están las señales que os pidieron vuestros amos; éstas son las prendas que os prometieron Tojil y los otros dioses. Esto nos dieron; con estos mantos os debéis cubrir y pavonear. Aquí los tenéis. Esto es todo. De nosotros no esperéis nuevas palabras.

Enseguida los abuelos desaparecieron también. Las doncellas no se dieron cuenta por dónde se habían escurrido. Quedaron solas, con cierta turbación en sus mentes.

Con estas noticias y las mantas, las doncellas abandonaron aquel lugar y llegaron al centro de la tribu. Allí, cohibidas, desasosegadas, buscaron a los ancianos que las enviaron y delante de los presentes dijeron:

–Aquí estamos.

–¿Habéis viso a Tojil y a los otros dioses, así como a sus Adoradores? –les preguntaron.

–Sí, los hemos visto y con ellos hemos hablado.

–Entonces, ¿qué señal traéis como prenda de que es verdad lo que decís?

–Esta es la prenda –contestaron.

Y al decir esto, desdoblaron delante de los ancianos y de las otras tribus las mantas dibujadas recibidas de manos de los Abuelos. Todos se acercaron a mirar y a remirar, curiosos y asombrados, aquellas telas y aquellos dibujos extraños, hasta entonces nunca vistos por nadie.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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