Popol Vuh (VII)

By on junio 21, 2018

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VII

CONTINUACIÓN…

Las tribus que decían esto, juntaban su comida y la aderezaban conforme a las artes que habían recibido de las manos de sus mayores. Así, la comían junto al fuego de sus casas, al lado de sus mujeres, de sus hijos y de los abuelos de sus hijos. Su vida era patriarcal. Se alimentaban con miel de abejas, carne de venado y grasa de tortuga. Bebían el agua que sacaban de los cenotes que desde hacía años las generaciones pasadas descubrieron bajo las rocas. Parecían felices en su quietud y sobriedad. Nadie hasta entonces había estorbado aquel reposo. Después de comer, dormían la siesta junto a las acequias que cruzaban los patios de su heredad. Dejaban que sobre sus cabezas las golondrinas en primavera y los gorriones en invierno volaran con avidez graciosa.

Algo, sin embargo, no era cabal en sus vidas, que así se veían amenazadas. En ellas predominaban el egoísmo y la inquina. Esto era el pecado de la raíz de su naturaleza. Mientras tanto, los Abuelos decían:

–Tojil, óyenos y míranos. Te damos esto. Esta es la sangre de las bestias que nos pertenecen; ésta es la de nuestras orejas; ésta es la de nuestros codos; ésta es la de nuestros pies. Recíbela con bondad; mírala con ojos suaves y comprensivos. Por el bien de todos, acéptala en desagravio por nuestros descuidos y nuestras faltas. Vigila nuestra vida y no nos quites nuestra fuerza, ni amengües nuestra voluntad.

Luego añadieron:

–Estemos en paz con nosotros mismos; no encendamos disputas ni desconciertos. Obremos de acuerdo con la quietud y la libertad de nuestros corazones. Si no trabajamos así, ¿quién lavará el cuerpo de nuestros muertos? ¿Acaso tendremos que enterrarlos como en días de guerra, sucios e impuros, al borde de los barrancos o en la soledad de la selva para librarlos de los dientes de los animales inmundos? ¡Ojalá que esto no suceda! ¡Ojalá que si sucede no lo veamos con nuestros ojos! –La sangre que se dice, la depositaron sobre la piedra de los sacrificios.

Hacían esto cuando Tojil les dejó oír sus sentencias:

–Llorad y os conservaréis; llorad y no pereceréis. Las lágrimas son buenas para el cuerpo y para el espíritu. Recordad que de Tulán partimos; pensad que aún no se borra la huella que dejamos sobre los caminos abiertos entre montañas y malezas y lugares abruptos y al parecer inaccesibles. Aún hoy se recuerda nuestro paso por el mar. Junto a las rocas costeras se estrellaban y se rompían las olas cuando cruzamos lugares que estaban señalados en nuestro itinerario.

Después de oír estas palabras, los Abuelos empezaron con ahínco a plagiar, durante la noche, a las gentes dispersas y extrañas que encontraban por los lugares cercanos. Las tomaban, las castigaban y les daban tormento, torciéndoles los pies y las manos entre horquetas de palo. Cuando las veían aturdidas y a punto de desfallecer, las soltaban en medio de los bosques. Así, dando traspiés, como podían, buscaban los infelices sus caminos y retornaban a sus casas. Llegaban presas de pánico, sin saber qué pensar ni qué decir. Casi no podían imaginar nada de lo que les había pasado. Era como si salieran de una pesadilla o cosa de embrujamiento. La fama de su espanto se esparcía como polvo en días de canícula y de viento.

Más tarde, los mismos Abuelos quisieron hacer cosas peores, de mayor crueldad. Sus espíritus se agriaron y se entenebrecieron. Ya no les bastó el plagio. Acordaron entonces sacrificar a las gentes que sorprendían y apresaban cerca de la montaña Hacauitz. Las tomaban por la fuerza, las hendían y, muertas, las ponían ante la presencia de los dioses. Era como si las ofrendaran. Pero la sangre de las víctimas se regaba por los senderos, y las cabezas cercenadas y los miembros arrancados aparecían sobre las piedras.

Las gentes de las tribus del llano, aceda la palabra e iracundo el espíritu decían:

–Son los tigres del lugar los que nos atacan. Deben tener hambre y sed. Acaso llevan hechizo malo en sus espíritus. La montaña árida los expulsa y así llegan hasta aquí, que es región poblada y de regalo. Deben acercarse con ansia, deseosos de apagar sus apetitos y sus inquietudes. Busquémoslos y matémoslos.

Otros comentaban aquellos sucesos diciendo:

–¿No será esto obra de los dioses que han acampado en la cima de la montaña que llaman Hacauitz? ¿No será que sus adoradores buscan comida en nuestra carne? Procuremos saber la verdad y hagamos lo posible por remediar este mal o este maleficio. Sepamos primero dónde tienen sus guardias o refugios, y después averigüemos quienes son los secuaces de tales dioses. Para saber esto, sigamos las huellas de sus pies y el reguero de sangre que dejan sus víctimas. Sigamos también el rumbo que trazan los zopilotes en el cielo cuando avizoran y husmean la carroña abandonada en el monte.

Con este parecer, las gentes de las tribus perseguidas se pusieron de acuerdo para defenderse de aquellas amenazas.

En efecto, se dedicaron a seguir los rastros que se dicen y que fueron descubiertos sobre la tierra húmeda de los caminos y de las veredas. Pronto vieron, sin embargo, que las señales se desvanecían entre los abrojos de los montes. Así fracasaron en su empeño por descubrir el refugio de sus enemigos.

Cansados, adoloridos y con reconcomio, abandonaron la tarea que habían emprendido. Ahítos de desaliento volvieron en sus casas. Estaban deshechos, pero no vencidos. En sus magines tramaban nueva manera de proseguir sus buscas.

Con arte y maña, los dioses se pusieron a escudriñar los lugares más apartados y difíciles del monte. Al atardecer se guarecían en cuevas naturales o en los agujeros que las gentes antiguas habían hecho en las rocas. También se cobijaban bajo la sombra tupida de las malezas. Desde sus escondrijos incitaban a sus Adoradores y a sus Sacrificadores, para que prosiguieran en su empeño de destrucción, acechando y matando a las gentes de las tribus del lugar.

Fue así como aumentó la desolación entre las gentes pacíficas del llano.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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