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Popol Vuh (V)

By on junio 7, 2018

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V

CONTINUACIÓN…

Con el auxilio de los dioses que se mencionan, abandonaron las gargantas y los desfiladeros de las montañas en que estaban; descendieron hasta los lugares en que se veía el mar –del cual tenían noticias vagas y misteriosas–; avanzaron todavía hacia el sur y se internaron por lugares de pantanos y de esteros llenos de peligros, de dificultades. Por esta causa los Abuelos, angustiados, dijeron:

–“Tojil, no nos abandones; danos tu palabra; muéstranos el camino que tú, primero que nadie, conoces y por el cual iremos hasta la tierra que en silencio nos prometiste. No nos dejes caídos.”

Cuando los Abuelos lo creyeron conveniente, anunciaron el segundo alto que debían hacer. Estaban en tierra extraña y pedregosa, pero no les fue posible acampar en ella mucho tiempo, porque la cruzaban barrancos, hendiduras y grietas de donde salían animales inmundos que poblaban el aire de peste, de miedo y de ruido. El agua que encontraron era oscura; y los vientos que soplaban, agrios. Las ramas se doblaban al borde de los caminos deshechos –sitios por donde antaño corrieron ríos y torrentes–. Por esta causa, sin esperar orden, abandonaron estos lugares inservibles para el reposo de la gente.

Así, siguieron caminando por tierras que ya habían sido recorridas por otros viajeros. Avanzaron por veredas sinuosas, bordeadas por abundante maleza. Cruzaron la planicie de extensas ciénegas cubiertas por enjambres de bichos ponzoñosos que atacaban con furia a los caminantes. No se detuvieron sino hasta que los Abuelos ordenaron el tercer alto.

Estaban en la tierra de Chi Pixob, donde había cerros propicios para que las gentes se guarnecieran de las fieras esparcidas por allí. Lucharon contra ellas en forma desesperada. Sin cesar morían los hombres en las garras de los tigres que acechaban, o perecían entre los dientes de los lagartos que se deslizaban por la orilla de las aguadas y bajo las malangas de los charcos. Pelearon con ánimo angustioso, sin tiempo para descansar ni para lograr refugio más seguro.

En vista de esto, los Abuelos consultaron de nuevo a Tojil, y con su parecer decidieron que se levantara el campo y que continuara la peregrinación hacia los lugares junto a una llanura terrosa. Entonces Tojil dijo a los Abuelos:

–“Tampoco es bueno que aquí os detengáis. Pronto asolarán estos lugares los vientos que bajan de los montes lejanos que cubre el horizonte del sur. Caminad más, hasta que recibáis una señal. Fijaos en la hora del amanecer que se acerca. En esta hora sabréis distinguir mejor el sitio que conviene y que está señalado en el calendario que no conocéis todavía.”

Los Abuelos, después de ponerse de acuerdo en Consejo, dijeron entonces:

–“Es verdad. Busquemos otros sitios más adecuados para nuestra seguridad y para nuestro regalo. Avancemos hasta los límites de los horizontes, donde se destaca la sombra de ese monte; lleguemos cuanto antes a él.”

Desarmaron sus chozas, cargaron la piedra de sus dioses y siguieron caminando. Los Abuelos iban delante, ojo avizor. En todos nació el presentimiento de que el final de la jornada se acercaba. En el corazón de los hombres creció la alegría; y en el de las mujeres, de los ancianos y de los niños menguó el cansancio.

Al cabo de no se sabe qué tiempo, llegaron a los linderos de la montaña que habían visto. Era alta y de laderas escarpadas, de tupida vegetación, entre espinosa y plácida. La llamaron, desde que la vieron, con el nombre de Hacavitz. Subieron a ella por las vertientes del ocaso, reptando entre las rocas y las malezas. Al llegar a la cima, los más audaces anunciaron que ésta era ancha y sólida, y que ofrecía grato sitio para el descanso.

Los Abuelos hicieron más; examinaron con sus ojos y con sus manos la naturaleza de aquel lugar que parecía iba a ser el último de su peregrinación. Cuando todos se cercioraron de que aquel sitio era propio para su refugio y alegría, dentro de sus espíritus, descansaron. Se regocijaron más y más porque desde arriba vieron que la estrella de la mañana estaba prendida sobre el horizonte y, como presagio de gloria, se había hecho más lúcida. Ante su presencia quemaron incienso, al mismo tiempo que ofrecían el testimonio de sus corazones. El incienso se transformó en nube, que en la paz de la mañana ascendió con lentitud hasta lo alto, más allá de lo que podía verse con los ojos. Cada abuelo quemó, de acuerdo con el signo de su fe, una porción distinta. Mientras quemaban estos inciensos lloraron y cantaron de placer. Entre las gentes se filtró una claridad que nunca antes había venido sobre la tierra y que partía de la cueva del Levante. De pronto, cuando más extasiados estaban en estas contemplaciones, Tojil dijo:

–“Está bien que hayáis ocupado esta montaña y estas laderas por donde se escurre el agua de la lluvia y de las fuentes secretas que nacen bajo las piedras y las guijas. Un día descubriréis su origen y haréis de él razón de vida y de arraigo. Hablo por mí y por los dioses que me acompañan. Ahora os digo: como somos de vosotros, vosotros sois de nosotros. De hoy en adelante nada nos podrá separar. En esta hora de prueba, invocad a quien debéis. Vigilad sin descanso los sentimientos de las gentes allegadas, porque habéis de saber que solo a los buenos daremos consejo y nuestra ayuda. Poned cuidado en lo que pensáis y en lo que hacéis y en lo que por vuestro mandato se cumple. Aprended a cuidaros, guardando nuestro recuerdo: pero no nos atormentéis con la historia de vuestros dolores que son justos e inevitables. Sabed que en silencio os oímos. Dadnos, en cambio, los críos de los pájaros y de las bestias que por estos lugares habitan. Dadnos también vuestra sangre sin que os causéis daño, que no os pedimos muerte sino vida. A quienes os pregunten dónde estamos, decidles lo que conocéis de nuestra presencia y no más. Grandes cosas podréis hacer si ante nosotros vemos, en concordia y sumisión, a las gentes allegadas.”

Al oír esto los Abuelos, con acento concordado, dijeron:

–“Ahora ya no se perderán nuestros nombres, porque los dioses hablaron y porque nuestra razón es una. Nunca será dispersada nuestra gente. Su destino vencerá los días aciagos que han de venir en tiempo que no se sabe. Siempre tendrá asiento seguro en la tierra que hemos ocupado.”

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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