Ocelote – Segunda parte

By on octubre 19, 2017

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Ocelote

Segunda parte

Por Juan José Caamal Canul

De a poco, de casi nada, se asomó un tierno cervatillo hembra. El ocelote la estuvo observando; miraba sus desconfiados pasos. Su andar manifestaba con suprema notoriedad el instinto de supervivencia.

Los cascos, negros y pulidos, dejaban pequeños rastros en el polvo del atardecer o, por las mañanas, huellas, tiernas huellas que se fijaban en la tierra por la acción del sereno nocturno.

Miraba con detenimiento las ramitas cortadas por sus dientecillos: Herbajes segados donde permanecía aún el aliento, y pendían gotitas y los residuos de su perfumada baba.

Intuía que nunca se acercaría a aquel espécimen. Desde el tronco, y a través de algunas horadaciones dejadas en la madera, esperaba su paso. Si le ganaba el sueño, el aroma del animal le despertaba, como un abultado ramo de flores frescas.

Otras veces salía del tronco, se desperezaba y andaba a cierta distancia.

Desde lejos la observaba.

Miraba con detenimiento sus ojos; sus tiernas pezuñas; el despertar de su delicada cornamenta; sus pausadas maneras de masticar los hierbajos, esas hierbas que apenas germinaban y en las que un pistilo de punta roma y coloración verde se levanta todos los días, plántulas tiernas y sensibles por acción de la misma naturaleza.

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De a ratos caminaba paralelo a su esbelta figura. Otras, se atrasaba a propósito; entonces se detenía a husmear u oler sus indicios dejados. A lo lejos percibía aquellos aromas fisiológicos y primitivos. Le seguía. Era fácil. Viejo cazador al fin, sabía si sus huellas eran recientes y frescas, o si había transcurrido gran parte del día.

A través de su poderoso hocico penetraba el aroma de su orina, los efluvios de los montoncitos de pelotitas negras. ¿Aroma, hedor, rastro animal? La mierda, el estiércol, era reconocida universalmente por el hedor y su forma; a él le sucedía que podía distinguir cuál le pertenecía y cuál no.

Nada le motivaba. Había otros animales que poblaban aquel bosque. Pero aquel cervatillo había entrado en su alma, y él quería entrar en la suya.

Sabía que no podía acercarse de otra manera a ella, sino de manera violenta. Sabía que no podía atraer su atención para hacerse entender, solo gruñir su hambre o su hartazgo. Que no tendrían nunca el mismo lenguaje.

Miraba sus ancas de coloración oscura y la humedad del sudor que empañaba el cuerpo, que emanaba su propia y única esencia de profundas intensidades.

El ocelote miraba las ubres pequeñas y se le antojaba la necesidad de sentir la textura de la piel del cervatillo hembra. Pero él solo podía, y le quedaba como única alternativa, arrancarle de una dentellada aquel pedazo de su cuerpecito.

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Aquella pequeña bestia de coquetas formas y andar taciturno dejaba un olor primero indisimuladamente a hembra, luego a hierbas del campo, luego a procaz carne sangrante fresca, aromatizada por las esencias del entorno, las hierbas del bosque… Fue, es y sería como comerse a bocados el derredor, un fragmento vibrante y anhelante de lo que le rodeaba.

Él, por supuesto, dejaba su micción lejos para no ahuyentar aquella presa. Aquel bocado. Aún dejaría pasar algunos días antes de concluir.

Pero aquel animalito podía desaparecer y pasar días, no sentir su presencia. Esas ausencias son las que corroían su alma. Ese no estar laceraba su orgullo de animal y macho.

Esa conciencia consecuente de intuir los límites de su ámbito, de sus posibilidades, era lo que le hacía mirar, semejante a un espejismo visionario, los momentos prófugos, la vida evanescente de tener en las garras una prefiguración de las consecuencias futuras y nefastas para ambos.

Continuará…

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