Nostalgia por Mérida

By on noviembre 9, 2017

Editorial

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Hoy, cuando los visitantes han secuestrado los espacios vitales del centro histórico de la ciudad, elevando los registros de población flotante con estancia transitoria, es cuando podemos observar y lamentar la tranquilidad perdida.

El marco histórico, muy a pesar de intereses en contra, permanece.

El congestionamiento, la contaminación visual y la prevalencia de acciones para atender más al turismo visitante que a los propios ciudadanos de Mérida, es un hecho incontrovertible.

Quienes vivieron el ayer, rememoran hechos, sucesos, y valoran los cambios sustanciales que se dan ahora en nuestra urbe: Mérida.

Una retrospectiva acerca de Mérida tendría que reconocer en su evolución, desde inicios de este siglo XXI, que hay un salto extraordinario en cuanto a lugares, costumbres, modos de vivir o sobrevivir. Ese salto histórico es entendible, porque hemos pasado de una Mérida con sabor provinciano a una nueva ciudad crecida en lo horizontal, mas no en lo vertical. Apegados al suelo, evitamos las alturas, quizá por nuestra costumbre de posesión de espacios concretos, así sean reducidos, que se encuentran en crisis; tanto así, que los despojos territoriales, fraccionamientos, e incluso la manera de morir, se han visto afectados hasta por limitaciones para ocupar espacios, como es el caso de las cremaciones y obtención de residuos humanos que van a ocupar espacios mínimos pagando rentas en sitios de acopio.

Pero sí podemos hablar ahora de la Mérida que conocimos, compartimos y admiramos; de sus gentes, sus espacios vitales y sus características.

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Para los nacidos en el siglo anterior, la vida era más tranquila, tanto en las calles como en las casas. No había la multitud de comercios de ahora. Los mercados públicos eran sitios de reunión habitual diaria. Los transportes eran modestos y pequeños. Las casas amplias y frescas. Las industrias incipientes y los comercios, atendidos por yucatecos, árabes y chinos, se encontraban en el centro urbano, y las tiendas de la esquina las preferían los yucatecos.

Los servicios públicos se concentraban en la zona céntrica: bancos, correos y telégrafos, gobiernos municipal y estatal, Congreso, Iglesias, policía, Cruz Roja, Escuelas secundarias, preparatorias y Facultades, excepto Medicina, fuerzas militares, juzgados, etc., que atendían sus funciones en el edificio del Ateneo Peninsular.

El movimiento vehicular era modesto, y no había necesidad de arrasar con construcciones, ni corte de árboles en las casonas antiguas para petrolizar los patios y ubicar estacionamientos que pagasen por hora de uso, así fuese lanzando a los pájaros a los árboles de la Plaza Grande.

Se extrañan los sitios de reunión como eran los cafés, donde se reunían los intelectuales, personajes políticos y figuras populares.

Tampoco hay sitios para la muchachada estudiantil, neverías, ni escuelas céntricas.

El centro escolar más completo, el “Felipe Carrillo Puerto”, no pudo tener más mala suerte que acabar como un mercado popular fallido.

Como quien dice: envejecen las personas, cambian las costumbres, pero quedan como recuerdos las fachadas de los antiguos edificios.

La nostalgia es un tesoro preciado para los pilares humanos de esta ciudad.

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