Negros

By on junio 7, 2018

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Addy Castillo Espínola

Era esa manera en la que esos ojos negros me ponían a temblar.

Apareció de la nada un buen día y se quedó ahí, como la canción de Sentidos Opuestos Escríbeme en la luna. Solo que yo no podía pensar en la luna, sino en la negra noche, negra como sus ojos.

El negro siempre fue mi color favorito, después del rojo. De alguna forma, quise hacer contraste con mi piel blanca y mis ojos color miel. Siempre la blusa negra, el vestido negro, como bruja con los ojos delineados en negro y sombra oscura en los párpados; mis ojos se acentuaban y mi mirada se endurecía o dulcificaba, según lo que quisiera yo contestar.

Pero frente a esos ojos no había respuesta válida. Solo quería reflejar los míos en ese pozo sin fondo que eran los suyos; mirar cada una de las arrugas que se formaban a los lados cuando se reía de mí; sentir el calor del carbón encendido que eran sus pupilas; hundirme en el fango si era necesario, con tal de seguir sintiendo esa negra mirada sobre mí. Nada más importaba.

Me buscaba la boca de vez en cuando y, por más que intentaba cerrar los ojos para disfrutar del beso en cada espacio de mi cuerpo, los mantenía abiertos para seguir su mirada sobre mí, sobre mis ojos, mis mejillas, mis labios, mi cuello, mis cabellos, y hasta en los vellos de mi barbilla, ver las gotas de sudor resbalando por mi frente, mientras mi entrepierna se mojaba al ritmo de su lengua retozando entre mis dientes. Aunque eso no lo veía.

No sabía qué tan bajo se puede caer bajo el influjo de unos ojos negros. La caída fue estrepitosa, como meteórico fue el ascenso que prometía su mirada. Beso a beso, mirada a mirada, perdí el camino de sus manos. De pronto las encontré entre los botones de mi blusa, pellizcando y estrujando dos montañas que se estremecían más allá de lo indecible; pero me miraba y lo dejaba hacer, era un permiso tácito el que le daban mis ojos y mis suspiros, mientras sus manos apretaban y apretaban.

Pronto, sus manos se fueron debajo de la falda, avanzaron sobre mis piernas y encontraron el centro de mis emociones, ya empapadas desde la primera vez que me miró, pero ahora sus dedos repasaban el vértice de mi alma, el corazón que todas las mujeres tienen al centro, entre los muslos, venciendo cualquier reticencia que el mundo exterior siempre ha impuesto; superando las pocas trabas que pude poner a esos ojos negros que no dejaban de mirar mientras avanzaba y ascendía, maceraba y masacraba, entusiasmaba y conmovía, y sobre todo arrastraba hacia el oscuro y profundo vértice la negra luz que venía de sus pupilas.

Sin dejar de mirarme, sus ojos me llevaron a entrelazar su cuerpo con el mío; mi bajo corazón se conmovió hasta llorar, empapando sábanas y llenándolo a él de excitación y placer. Por primera vez desde que lo conocí, sus ojos se cerraron brevemente; solo un instante perdí el hechizo de esos ojos negros. Ese minuto y medio fue suficiente para reconocer el abismo en el que estaba cayendo.

Sin asidero, manoteé y arañé, sin abrir los ojos para no volver a embrujarme; mis uñas alcanzaron su rostro, su pelo, se prendieron en algo suave y clavé, estrujé, rompí.

Sus gritos aún resuenan en mis oídos; algo viscoso y caliente escurría entre mis manos y goteaba sobre mi cara, mi pecho, mis brazos. No importaba, mientras no estuviera hechizada. Él gritaba y se movía convulso en la habitación; yo no abría los ojos y apretaba entre las manos dos globos redondos y babosos. Cerré las piernas cuando él gritó y se levantó, apartándose de mí.

El ruido de los cristales al romperse me obligó a abrir los ojos.

Vi su caída hacia la calle, a plena luz del día. Llevaba dos agujeros negros en su cara sangrante, y la boca abierta en un último grito de terror. Mis manos estrujaban sus ojos negros y, al mirarlos, volví a sentirme extasiada…

Igual que ahora que me miran desde ese frasco con formol donde reposan y me miran, viscosos y vacíos, pero negros, negros como siempre.

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