Mitsu e Hiraku (XI)

By on septiembre 14, 2018

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XI

‘El Shinobi-no-mono no ve la vida con la perspectiva normal de los mortales. Su mirada es profundamente analítica, no limitan sus acciones a las imposibilidades físicas. No existen límites en su mente creativa. Nada impedirá que encuentre la manera de cegar la vida de sus blancos”AYUMI KOIZUMI, Cronista

Katashi estaba a 20 metros de su objetivo. Shigeru Keyrintuku, uno de los hombres más poderosos de Japón, estaba cerca de morir, pero no lo sabía. Llegó puntual a su cita en el último piso del Sky Tree, una fortificación a 634 metros de altura, protegida por un destacamento de expertos, armados con lo más moderno y letal.

Desde aquel penthouse, la vista periférica de Tokio era realmente majestuosa. El anfitrión de aquella reunión de élite, el empresario Keniche Bagashama, a modo de bienvenida, se dirigió a su invitado:

– Es impresionante, ¿no le parece? Cuando fue fundada en 1457, apenas eran unos miles; hoy somos más de 3 millones de habitantes. A lo largo de su historia ha sufrido infinidad de desastres, centenares de incendios, la erupción del monte Fuji, terremotos. Miles de personas han muerto por estos desastres naturales. Además, sufrió intentos de golpes de estado, fue bombardeada, perdiendo a la mitad de su población. A pesar de todo, apenas habían transcurrido 9 años del final de la Segunda Guerra Mundial y ya construía nuevas líneas del metro; en 1958 la torre que lleva su nombre; en 1964 celebraba los Juegos Olímpicos. 20 años después de quedar devastada por la guerra era la segunda economía más importante del mundo… Cada vez que miro a través de este cristal me maravillo de la fuerza que esta ciudad transmite. No solamente es observar lo evidente: la majestuosidad de una ciudad que es mucho más que un símbolo, sino reconocer que es un ente vivo que transpira poder, que se planta ante cualquiera, que reta al futuro.

– Maravillosa exposición, Bagashama-san, pero le agradecería entráramos en materia porque las alturas me dan vértigo – manifestó con evidente temor el veterano hombre de negocios, que en sus 74 años de existencia jamás se había intimidado ante nadie. De hecho, pese al intenso aire acondicionado que enfriaba el ambiente, parecía transpirar ante el peso de aquella mirada.

Bagashama sonrió de manera siniestra antes de tomar asiento y quedar frente a aquel hombre. Sabedor de que era controlador absoluto de la situación sentenció:

– Muy bien, Keyrintuku, que sea como elegiste. Estás acá porque tu poder no alcanza para impedirme irrumpir en tu vida. Has sido beneficiado en tus múltiples proyectos a través de empresas de construcción, casetas en las principales arterias, exportación, tecnología y un largo etcétera. Pero no es ninguna de esas áreas de tu corporativo la que me interesa. Es la de investigación y arqueología la que irónicamente me condujo hasta ti. No porque la uses como cubierta para tus acuerdos turbios de contrabando; eso lo he permitido porque evidentemente en la escalera del control recibo una parte de sus hurtos. Lo que me interesa es el pergamino de 500 años de antigüedad que obtuviste recientemente a través de ese malnacido inglés que lo robó de su lugar original.

Keyrintuku sudaba ante aquella revelación. Sabía muy bien de qué se trataba todo aquel asunto, pero jamás imaginó que su vida corriera peligro, aunque esta no valiera ya nada en ese momento. .

Katashi se lanzó desde un helicóptero hacía la cima de aquel que era el edificio más alto de la capital nipona. 100 metros por encima, utilizó un traje con una especie de alas de murciélago que le permitió dirigirse a la punta de aquella monumental construcción. Paracaídas especiales ayudaron a completar aquella misión suicida. La perfección con la que la maniobra fue realizada hacía parecer todo un juego de video. De inmediato, penetró en la torre y, usando una pistola con silenciador, eliminó a dos desprevenidos guardias que no pudieron fumar sus últimos Marlboro.

Los tres escoltas que cuidaban la entrada al penthouse tampoco esperaban la llegada de la parca. Filosas shurikens golpearon con exactitud malsana sus ojos, penetrando al cerebro.

Cuando los dos últimos guardaespaldas que resguardaban en el interior cayeron heridos por una filosa katana, la sangre salpicó la habitación. La cabeza de uno de ellos cayó sobre el escritorio, espantando al señor Keyrintuku, que lanzó un alarido sobrecogedor.

Bagashama solo alcanzó a distinguir un relampagueante destello. Su mirada atónita se dividió, pues la katana lo partió a la mitad, desde la cabeza hasta el torso. Una lluvia escarlata pringó al tembloroso líder, propiciando que su orina escapara en torrente: Keyrintuku iba a morir porque era una víctima colateral, estaba en el lugar y momento equivocado. El blanco no era él, sino el siniestro illuminati nipón. Estalló en llanto cuando su verdugo sentenció:

– Mi maestro, a quien usted traicionó, le manda sus respetos. Le manda decir: “Morirás como un cerdo.”

Con veloces tajos, Katashi convirtió aquel cuerpo en picadillo en menos de un minuto. Como un rayo salió para arrojar dos granadas al pasillo, donde ya llegaban los escuadrones de seguridad. Corrió tan rápido que en segundos alcanzó la azotea. Entonces se lanzó en picada hacia el vacío, justo cuando las explosiones convirtieron aquella cima en un verdadero infierno.

Las condiciones del aire eran propicias, la precisión matemática del plan contribuyó a la eficiencia con la que concluyó. Aquel individuo era un ser humano sorprendente.

Descendió con su paracaídas en los jardines de Hamarikyu, ante las carcajadas de la hermosa Hisa, quien de esa manera celebraba la valentía de aquel personaje con una frialdad que le permitía diseñar locuras como aquella. Esa misma noche lo haría gozar con cosas inimaginables, incluso con otras mujeres, si con eso aquel ángel exterminador quedaba satisfecho.

– Amor, fue tal como dijiste: la misma estrategia utilizada por Mitsu e Hiraku para ultimar al shogun Rokuro Akiyama, señor de Hakodate, en aquel impenetrable castillo. Cientos de años en el pasado, con modificaciones evidentes, pero en esencia fue la misma idea.

El beso que se dieron no tenía nada que ver con el amor; de hecho, hubiera ruborizado al Marqués de Sade.

Katashi la tomó de la mano y la acompañó al Akura 98, en precioso color negro. Lanzó todo el equipo que ya era innecesario.

“Ahora tengo el tiempo necesario para iniciar la caza de la pareja de tórtolos” – dijo, lanzando las llaves del auto que le había quitado a la ninfa sin que esta se diera cuenta.

Nuevamente fue la diva quien condujo mientras el ninja ponía música.

El bólido se perdió una vez más en el horizonte mientras las notas de ‘Double Hellyx’, de Anthem, viajaban con ellos.

RICARDO PAT

riczeppelin@gmail.com

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