Miedo e Historia: Transparencia del tiempo

By on abril 12, 2018

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Padura Fuentes, cronista de la Cuba de hoy

Juan José Caamal Canul

El miedo y la Historia son los temas que sostienen y apuntalan la estructura de la novela La Transparencia del tiempo de Leonardo Padura Fuentes, como metáfora de lo que representa la abigarrada y compleja sociedad cubana y, todavía más, la Bella Habana.

Padura Fuentes desliza sobre la tela las pinceladas maestras de lo que es un caleidoscopio de la sociedad antillana, por lo que decir que es una novela policíaca solo es un motivo para querer encasillarla, y tan solo de manera parcial o limitada. Podríamos llamarla, sin el interés de pegar etiquetas para que el ámbito semántico sea mayor, como una novela de contenido social en la que la trama policial solo es un pretexto.

El hilo conductor es el robo y posterior persecución para recuperar la escultura de una virgen negra, no africana. No se trata de Nuestra Señora de Regla, Yemayá para los entendidos de la religión afrocubana: una escultura con características propias –oscura, sentada y mayestática y con la figura del niño en brazos, que proviene de los remotos ayeres de la historia humana; una imagen que transitó los tiempos faraónicos, la reconquista de los Lugares Santos; imagen que pasó por las manos de los faraones, de los paganos, de una región extraviada entre la frontera española y francesa en la Cataluña; y tenida por milagrosa con poderes supra terrenales.

Los Interesado en el tema aún pueden consultar, porque el libro aún está disponible, El enigma de la catedral de Chartres, de Luis Charpentier, donde se refiere una imagen semejante, sumergiéndonos en otros misterios y agudizándonos esta inquietud.

Dentro del desarrollo de la novela que nos ocupa hay imágenes poderosas, por ejemplo de la ausencia de la solidaridad de la sociedad habanera actual: el personaje, Mario Conde, formado en las generaciones que nacieron y crecieron bajo la sombra de revolución, ve cómo la esperanza o el sueño del hombre nuevo y de la igualdad terrenal se ha difuminado; un anciano camina por La Habana y, en lugar de zapatos, tiene dos bolsas de nylon en los pies, pero este hombre es invisible a la vista de todos: nadie parece inmutarse ante la sola presencia de este ciudadano en el territorio de la primera revolución socialista en América. Una poderosa imagen que recrea la frialdad social y humana, al volver la espalda a los conciudadanos, y aún más a los desamparados en ese sueño, en ese proyecto de igualdad y solidaridad social.

Otra sería la de los llamados orientales, Palestinos en el argot habanero para referirse a todos a aquellos que viene de Santiago de Cuba o Guantánamo. Estos migrantes, dadas las condiciones económicas, se ven en las necesidades de ingresar a la capital. Están agrupados y subsisten en condiciones infrahumanas en los barrios de la periferia habanera. Como no están empadronados, ni se tiene registro de su existencia en ningún organismo estatal. Son el lumpen. Subsisten en condiciones desesperantes, en general; sus casas son edificadas con basura; cartones y plásticos de la sociedad capitalina. Los habaneros con posibilidades, o con manera de subsistir, al menos tienen la esperanza de irse a Miami.

Este sería el otro tema que agobia a Mario Conde: irse sintiendo poco a poco más solo pues su generación, amigos y vecinos se han ido o están preparando maletas para irse. Pero reflexiona que no se es nadie para permitir o no, para truncar planes, para que los amigos cercanos no se vayan, pues están en su legítimo derecho de pensar por sí mismos y elegir quedarse, irse, quedarse allí donde van, o regresar. Porque fue un derecho que se les escatimo por muchos años: decidir por sí mismos, elegir por sí mismos lo que más les convenía; además de que siempre se les impuso qué leer, qué escuchar y qué mirar.

El miedo es otro de los temas que aborda Paduro: El miedo a ser uno mismo, a comportarse como uno mismo. Pues, dentro de la revolución –que es en hipótesis toda la sociedad– uno debe comportarse como un buen ciudadano, un buen padre de familia, un mejor estudiante y un luminoso revolucionario, un hombre hombre, en el decir de los cubanos. Cualquier comportamiento humano ajeno a estas consideraciones está condenado a la marginalidad; y muchos son lo que fueron, y siguen siendo, orillados a autocriticarse y reconocer culpas que no vienen al caso.

Esta situación no es nueva, menciona el autor, sino que desde que el hombre camina sobre la Tierra ha venido afinando sus métodos y considera que ese repunte o esa especialización sucedió por los años de 1300, cuando los dominicos y los franciscanos persiguieron a los Templarios. Desde aquella época, y para siempre, los que dominan el mundo usan y manipulan mediante el miedo; aún más para sostenerse en el poder.

El miedo como una manera de imponerse, de imponer ideas, religiones y la verdad, cuando quizá es la de un solo hombre.

Otro tema de la novela es el hombre como sujeto y objeto de la Historia. No como estudio, sino como el ser que gira, se hunde y sale a flote una y otra vez, según las directrices caprichosas y autoritarias de los que gobiernan el mundo. Me permito la comparación de los seres humanos como seres microscópicos, por ejemplo, el plancton, zooplancton o fitoplancton que son mecidos y llevados y acarreados por las corrientes y las mareas del océano; en este caso siendo representación, cuerpo y materia de la Historia.

Llámense cruzadas, templarios, guerra civil, revolución cubana, hubo generaciones a quienes se les exigió inmolarse en las luchas contra el bandidismo, guerras contra la sociedad burguesa, en la ideología, en el internacionalismo, de resarcir la deuda con la Historia, como se manejaba en el discurso de los dirigentes históricos. Fueron generaciones de seres humanos a quienes se les exigió todos los sacrificios para alcanzar una sociedad más pura, más equitativa espiritual, moral y económica.

Todo se ha desvanecido.

La novela tiene música, pero no es la que estamos acostumbrados o asociamos mentalmente con la isla mayor de las Antillas, sino el reguetón: una música escandalosa y explícita en cuanto a los símbolos y deseos sexuales, una música que viaja en taxis y sobre las olas del mar de la siempre y eterna Habana.

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Habrán visto la película Siete Días en La Habana. Precisamente ahí mediante el lenguaje visual cinematográfico Padura, guionista de la película –porque la dirección es múltiple: Benicio del Toro, Gaspar Noé, Laurent Cantet, Julio Medem, Elia Suleiman, Pablo Trapero, Juan Carlos Tabío–, recrea la moda musical del momento: Una pareja de jovencitas, una blanca y otra de color, coinciden al borde del malecón habanero y se entrelazan en el perreo acorde con la música del momento, producido obviamente en CDs elaborados por músicos cubanos o extranjeros. [Recordemos entre otros, la visita de Calle 13 y de Daddy Yankee, cuya música no se desconoce.]

Las niñas llegan hasta donde sus sensibilidades y emociones les permiten y se desbordan, situación que es descubierta por el padre de una de ellas al entrar a la habitación donde han pasado la noche, por supuesto, entrelazadas y semidesnudas. La historia deriva cuando acuden a las prácticas de la santería para alejar los espíritus de la doble sexualidad mediante ritos en montes y lagunas del sincretismo nacional cubano. La película es mucho más que esto que hacemos referencia.

La Transparencia del tiempo nos presenta una mirada objetiva de la Cuba de hoy. No enjuicia, no sentencia. Simplemente nos presenta los hechos de la realidad cubana actual, dentro de los acontecimientos ficticios que relata como novela que es. La obra puede ser dolorosa en cuanto a los sueños que se derrumban como la propia ciudad, porque doloroso suponemos ha sido para el autor elaborar o relaborar lo que ha vivido, la experiencia vital que ha plasmado en la obra.

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