Mediz Bolio en Ochil

By on enero 11, 2018

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XLII

MEDIZ BOLIO EN OCHIL

1

JOVEN viajero,

ven a peinar la selva con tu sombra,

de cuerpo entero, en el atardecer,

y por el corazón iluminado

en ver a un hombre que vive de su muerte:

sus libros que nos hablan y sus piedras que nos hieren

en el alma…

(Y un niño, amaneciendo con los ojos

nos mide el tacto y se nos da en la música).

En Ochil vive el poeta,

en un ala extendido,

en un árbol prendida

su gota de rocío en la mañana,

su silencio de adioses en la tarde,

y su amor encendido en la noche profunda

de esta tierra: la noche mirándose en el pozo,

y en el pozo el rumor, y en el rumor el gozo.

Ochil es el refugio, la paz entre los libros,

la piedra antigua, la pasión serena,

el corazón que se levanta a diario

para seguir la huella de la alondra.

(Entre amigos, la espuma se libra del vaso

y reluce la antorcha del cuerpo.

Se dicen palabras, se extienden motivos,

se abren las puertas, se cierran los ojos,

se sueña…)

2

JOVEN maestro: mírame admirarte

en piedra yucateca, por el ala

que cae en mariposa detenida en el tallo;

por esta angustia de mi voz de hombre

entristecido y carcomido, solo

el hombre entre los hombres solos,

maduros ya para la despedida.

(Y una espada cortante en el aire

de los fantasmas familiares).

Joven maestro: estamos ya maduros

para la despedida ¡bienvenida!

Al fin y al cabo con morir, la gracia

nos pone en el camino de los puros.

3

TODAS estas palabras que decimos

y escribimos, de pronto se detienen

en un punto del alma, silenciosas,

más allá de su vida y de su muerte.

Dentro, donde la angustia es una daga

y donde la razón es una fuente;

donde el cielo se cae desolado

y la sangre su vuelo desvanece.

4

MAESTRO don Antonio:

Me detengo un instante para escuchar tu voz

que nos viene de lejos, de la selva

donde se deifica la serpiente

y el venado adelgaza su huella sigilosa

-perplejidad olímpica el venado-

para esconder su sombra bajo la ceiba

y celebrar sus bodas con la Xtabay… De pronto

me pregunto, maestro, si este decir las cosas

como se mueven entre los fantasmas,

es lo mismo que hacer y deshacer nuestras manos

en la tarea diaria de darnos pan y agua,

y comer con nosotros el Cristo de los indios,

comérnoslo y bebérnoslo,

en su pan y su sal y su agua y su vino.

(Ellos, feroces sí defienden su pan

sagrado de la sangre, su sangre de su carne

y médula de huesos y médula de espíritu).

5

VIENE tu voz de lejos, de la estrella

-porque la poesía es lo impalpable;

viene tu voz de lejos, de la piedra

maya, del árbol maya, de la sombra maya

proyectada en la historia.

Porque somos de piedra diluida en la sangre.

(Otros rompen la piedra, hacen su historia,

trituran sus pedazos de cólera y la muerden,

su cólera a pedazos, y se les queda la piedra entera

aplastándoles la conciencia; y amontonan sus pedazos

de cólera, coléricos hasta el pecado inapelable,

hasta la destrucción de su propia conciencia.

Pero ellos son los abundantes en palabras

los desenfrenados en amontonar palabras,

todos los días, a cualquier hora del día y de la noche,

en columnas de fuego y de calumnia.

Y viven. Viven de su propia destrucción.

Y mueren. Mueren de su propia tristeza.

Pero no son tristes, no están tristes.

Son coléricos, se muerden la cola,

que es su propia tristeza.

Y gritan abundantes, abundantes, abundantes).

Tu voz viene de lejos,

de donde abren su cántaro los dioses

felices o infelices, todos ellos profundos

porque miran el fondo desde el fondo.

Pero sólo el poeta ve el cielo desde el fondo,

y cava lo de arriba y lo de abajo,

y amontona sus piedras y las luce en palabras

y las palabras caen como piedras.

6

VERDAD que todo esto no está de más

si agregamos el sueño que hoy vivimos

al sueño que esperamos vivir en nuestra muerte,

más viva mientras más la acariciamos.

Verdad que todo esto, hermano entre los grandes,

puede tener un fin, el de las rosas,

y una eternidad, la del poema.

Rosa y poema, música en la tierra.

Y la tierra es el cielo que pisamos.

7

POR todo esto alzo mi copa y te saludo,

firme ante tu noble figura, yo el pequeño,

para dejar caer mis últimas palabras:

estamos ya maduros, los viejos y los jóvenes,

para caer al fondo y cavar en el alma,

y caer en el alma y cavar en el fondo,

como en un remolino, y morir y nacer,

y volver a morir y estar siempre naciendo,

que es el morir.

Clemente López Trujillo

Mérida, Yuc., febrero de 1956.

 

Continuará la próxima semana…

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