Manera de Usarla y Función Varia

By on noviembre 9, 2017

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XI

MANERA DE USARLAS Y FUNCION VARIA

La hamaca, al ser adoptada por los peninsulares del siglo XVI y los siguientes, pasó a formar parte muy importante de nuestro menaje. Si en los lugares donde fue ideada e inventada, antes y ahora se ha usado para descanso breve, siestar o para suavizar el bochorno tropical, entre nosotros sirve principalmente para dormir.

En el peculiar lecho bamboleante no solamente se ejercita la función de descansar, dormir, refrescarse del excesivo calor al impulso de las mecidas, sino que ofrece muchas proyecciones de humanas actividades: al enfermo le sirve de sitio para reposar y comer; cuna al infante y luego vehículo de juegos; cómodo lugar de lectura, y a algunos escritores –como Lorenzo López Evia, “Cascabel”– hasta para escribir sus versos. Se cuenta de él que tendíase en la hamaca, ponía una libreta y lápiz debajo del lecho, y se ponía a mecer y pensar; de rato en rato se inclinaba y apuntaba lo que se le había ocurrido.

Vamos a referirnos a la manera de usarla –muchos forasteros encuentran dificultades para reposar en ella–. Existe, claro está, una técnica para dormir plácida, confortablemente, en la suspendida cama. Conveniente es acostarse transversalmente en la hamaca. En las personas nerviosas, no fáciles de ser inducidas al sueño, es frecuente el cambio de posición, boca arriba, boca abajo y hacia los cuatro extremos de la hamaca de uno y otro lado, que cuando hay costumbre se realiza semi-dormido-automáticamente. (Es creencia que orientada la cabeza al norte se disfruta mejor del sueño).

Por la época de invierno –muy corto pero húmedo hasta calar en Yucatán– debe tenderse un poco más alta de lo acostumbrado en el verano. De ser posible, poner alfombra debajo, o hasta simples hojas de periódico para aislar la excesiva humedad del suelo. Por el contrario, en los meses de excesivo calor, que son los más, la hamaca debe acercarse al piso, pero sin exceder de treinta centímetros en la parte más honda.

Hasta el siglo pasado, cuando las posibilidades del henequén no aliviaban todavía nuestra secular pobreza, la hamaca servía de asiento en las casas. Se le cedía a las visitas, y frecuentemente la conversación era sostenida de hamaca a hamaca. En los mejores grabados de la época debidos, naturalmente, al genio de Gabriel Gahona “Picheta”, se ven estas escenas y la pobreza de ajuar que padecían los meridanos de entonces. A veces se ven en las estampas las ropas y otros artículos pendientes de un hilo que cruzaba algún ángulo de la habitación reproducida. Así de pobre andaba la clase media. ¡Cómo sería la inferior!

Recordamos que, cuando niños, para el autor, hijo único y por tanto con limitadas posibilidades de jugar con otros muchachos, el escape preferido era mecerse para soñar despierto en la hamaca. Nos sentíamos surcando espacio –no existían los astronautas– como aviadores de presentidos vehículos de aérea, espacial transportación.

Ya adulto, y en los achaques de la producción literaria, muchas, muchísimas veces, las ideas se nos escurren a través de los espacios intertejidos, desparramándose por el suelo. Otras noches despertábamos súbitamente con el argumento o la solución de un problema literario, y conveniente era pasar enseguida a la máquina para escribirlo, porque de lo contrario iría a acompañar al piso de la hamaca a muchas otras ideas que se habían filtrado y esfumado.

Reconocemos que el muelle abrazo de la hamaca convida a la molicie. Tal vez los yucatecos seríamos más activos y de mayor productividad si no usáramos lecho tan atrayente, tan cautivante como la hamaca. Pero tal vez tendríamos en las estadísticas un índice mayor de infartados del miocardio.

Tuvo tal carta de naturalización el encanto de la malla-camastro, que los médicos hasta hace algunos años usaban el término “guardar hamaca”. Así lo demuestra una publicación del Dr. Juan Miró, acucioso investigador de curiosidades del pasado, en su 5a. “Miscelánea” publicada en 1908. Informa al Ayuntamiento de un empleado accidentado: “Presenta dos escoriaciones, dice que por mordedura, una en la parte anterior y otra en el dorso del dedo pulgar izquierdo. No necesita guardar hamaca.”

Un licenciado, muy amigo del autor y ampliamente conocido por su competencia henequenera y su agudeza mental, le decía cuando invitaba a visitar la hacienda que administraba: “Llegamos a Santa Teresa y colgamos nuestros escritorios.”

La mayoría de los habitantes de esta tierra pasamos en la hamaca de 6 a 8 horas durante la noche, y cuando menos 2 o 3 durante el día. Y presumimos que algunos se refugian entre sus seductoras redes mucho más tiempo.

Claro que lecho tal, a la que el brillante escritor humorista y costumbrista Fabián Carrillo Suaste llamaba en 1869 “mi gratísima hamaca”, como todo asiento dormitorio, llena de diversas funciones de la humana naturaleza. Y entre ellas la del abrazo nupcial. Sobre las diversas formas de gustar el amor en la hamaca, nos sentimos tentados a escribir un tratado –para circulación privada– que denominaríamos “Hamaca-sutra”, parafraseando al autor hindú que redactó el primer manual del amor físico.

Pero sí podemos anticipar a nuestros lectores, especialmente a los foráneos que transitoriamente conviven con nosotros, que en la hamaca es posible realizar toda la gama de esa humana experiencia y algo más, posible solamente en las anfractuosidades de la flexible red.

Para pensar o echar la imaginación a divagar, es un hermoso juego columpiarse durante largos ratos en la hamaca. El frescor de la mecida, la abstracción eufórica que produce el vaivén, la imprescindible soledad, convidan a la meditación, estimula la mente, el recuerdo o a formular planes para el futuro y hasta una que otra forma literaria de expresión.

Me informa mi esposa que en la casa de sus padres, en Espita, recuerda que utilizaban la hamaca tosca de henequén para desgranar maíz. Se depositaba la mazorca, ya esfoyada, en el fondo de la red y, una vez pletórica, se abatanaba con un palo, previamente alfombrado el suelo con arpilleras de henequén o petates de huano. Con el batibuleo, las mazorcas soltaban el grano totalmente, que se colaba a través de las mallas.

En la misma población se usaba la hamaca como vehículo de juegos. Se instalan las niñas frente a frente, cada una en una orilla, con la red por encima de las cabezas, se impulsa con los pies pendientes y la hamaca se mece como un columpio.

Otro juego infantil consiste en ponerse a horcajadas cada quien en su brazo y, presionado con el peso del cuerpo, se establece un movimiento de balancín.

También la usaban para el lavado del pelo femenino. Se acostaban las mujeres librando la cabeza. Y con la ayuda de una palangana otra dama le enjuagaba las crenchas.

Renán Irigoyen

Continuará la próxima semana…

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