Maestros Campaneros

By on diciembre 1, 2017

En la fiesta al Cristo de la Exaltación en Tekanto

Por Juan José Caamal Canul

En el tráfago de rumores y estruendos diversos causados por los voladores, banda de guerra, hiladas, mariachi, cánticos de las rezadoras, una charanga que disuelve los compases del Viva Cristo Rey, destaca el repicar intenso y sostenido de las campanas del templo parroquial.

Es el acompañamiento metálico que enmarca la procesión de las imágenes religiosas del pueblo y del que está de visita, San Agustín y el Cristo de la Exaltación en esta ocasión, y no por ello los sentimientos y la fe es menos profunda.

Basta con levantar la vista y ver las figuras empequeñecidas, por el efecto de las distancias y alturas, de las personas que se encargan de esta labor.

En el campanario –campanario debajo de la caseta que se realizó en 1903 y que puede dar cabida a preguntarse quiénes pudieron haber sido los maestros albañiles que se encaramaron hasta tales alturas para edificar la casa de lo que hoy es una permanente luna llena que señala los instantes del día y la noche de la localidad– de la espadaña destacan dos campanas que desde abajo se miran mínimas y oscuras.

Imagino que desde tierra firme edificaron una impresionante armazón de maderos traídos de todos los montes que rodean al pueblo para el andamiaje, para subir sobre hombros la mezcla de cal, sascab y piedras para edificar esta obra, la caseta, y solo imaginarlo propicia un irreprimible vértigo.

De esos distantes años nada sabemos, o nos falta investigar quiénes fueron los que hicieron la obra, si todo concluyó sin pérdidas de vidas humanas, quién, o cómo se, costeó la obra.

Pienso en mis bisabuelos o tatarabuelos, que observaron día con día las obras y su inauguración final. Un reloj en 1903 no era algo que se hallara a cada momento y se localizara en algún sitio geográfico de manera fortuita. Y no me imagino las experiencias personales de los obreros que, a más de veinte metros de altura, trabajaron de sol a sol para concluir con la obra.

Los pesados portones de madera quizá disten de los tiempos en que se edificó todo el conjunto religioso (1688), aunque el templo es un festín de piedras datadas de sus distintas etapas constructivas: la parte de la capilla abierta anexa al claustro dice 1567; en la puerta norte hay otra placa hoy recubierta que en su momento copiamos cita 1578, que está entornada para acceder a la azotea del templo de San Agustín donde un leve esfuerzo permite abrir una de sus hojas y acceder a los treinta y tres escalones, divididos en dos segmentos, 19 y 14, pronunciados de roca maciza y pulida, ensamblada con precisión matemática. No hay espacio para un solo resquicio.

Subimos y miramos desde el entrepiso del Coro a las pocas personas que se han quedado a espera que la imagen del Cristo regrese al interior y al catafalco donde se deposita en estos treinta días de visita.

Continuamos nuestro ascenso y accedemos por fin a la impresionante azotea que nos permite ver parcialmente algunos renegridos muros y el ex campanario del ex convento, campanario que derribó el ciclón Isidoro y que se reconstruyó dos años después.

Miramos a la lejanía por encima de las copas, intensamente verdes, y el brillo de la luz solar en las hojas: en días claros y diáfanos se ve la pirámide de Kinich kakmo de Izamal. Cada determinado tramo aún queda en pie algunas veletas. Y la inmensa plaza se abre, el redondel taurino y los principales edificios municipales. La intensidad del azul celeste subyuga y maravilla. Este cielo… Esta tierra…

Pero nuestra misión es estar presentes y testimoniar el trabajo de estas personas, todos muy jóvenes, que desempeñan su labor con una gran convicción y una gran dedicación porque saben que lo que hacen es para el lucimiento –jubileo– de este paseo de la imagen del Cristo por las principales calles de la comunidad.

El sacristán y maestro campanero por antigüedad es José Mukul. Nos comentó que hay varios tonos de repique, y los hay para todos los momentos: para las procesiones, para las honras fúnebres -que es uno de los toques más tristes y amargos que personalmente haya escuchado aquí en mi pueblo-, para dar la alarma por accidente, casi siempre incendios, para llamar a misa, a los rosarios. Nos explica también la combinación de los sonidos de las campanas: si para la misa, con la campana menor y enfatizar con la mayor, y para honras fúnebres la mayor, en tono largo y angustiante, y luego la menor.

En este arte musical, aprendido por oído, importan mucho la fuerza y las pausas, y es lo que hay que emular para que la tradición de generaciones de campaneros no se pierda.

Las personas que aquí participan apoyan al sacristán en las diversas tareas. Esa manera de colaborar y sumarse a las actividades de manera libre y solidaria ya no se encuentra en todos lados en estos tiempos; otros son monaguillos, o lo fueron en algún momento, pero siempre participan de manera voluntaria.

Los campaneros se turnan para repicar las campanas para que el redoble no se interrumpa. Y en las pausas para el descanso de brazos y manos caminan hacia los bordes amurallados y miran hacia abajo, a las personas que deambulan. Miran quizá dejando que la mirada se pierda en la lejanía y en la distancia, y en las dos vistas: la terrenal y la celeste, de desproporcionados ímpetus que nos hacen sentir intrascendentes.

Además de las campanas, en el entrepiso del Coro hay un cajón de madera con municiones o plomadas en forma de badajos. Este instrumento rudimentario –matraca le llaman– no es tan antiguo como se puede creer, pero hay que seguir la pista para saber su origen, o si tiene un nombre propio, o está inspirado en algún eslabón instrumental musical perdido –como por ejemplo la marínbula o el contrabajo– en el tiempo.

Esta matraca puede que tenga parentescos con otros instrumentos, o hermandad con otros similares en otros países que también merecen ser investigado, pues su existencia y localización no creemos que sea causal. Este instrumento se opera mediante un asidero, al cual se le da medias vueltas para que produzca ese sonido grave y solemne.

La matraca solo se toca los Viernes Santos, para los rituales fúnebres posteriores a la Pasión y Muerte de Cristo, porque las campanas enmudecen por respeto a la fecha, y parece ser que se cubren con telas para que ni el viento las mueva y accidentalmente se produzca algún un toque o repique.

El redoble de las campanas sigue. Solo queda descender y sumarse al paseo de la imagen, a su recepción al interior de la parroquia y saludar a los amigos.

Los campaneros de la localidad proseguirán sus ensayos y ejecuciones.

Las tradiciones, por fortuna, también continuaran.

27 de noviembre de 2017.

 

Fotografías: Juan José Caamal Canul

Inicio de la Procesión del Cristo de la Exaltación.

Inicio de la Procesión del Cristo de la Exaltación.

Entrada después del Paseo del Cristo de la Exaltación por las principales calles de la comunidad.

Entrada después del Paseo del Cristo de la Exaltación por las principales calles de la comunidad.

El interior de la parroquia desde el espacio denominado el Coro.

El interior de la parroquia desde el espacio denominado el Coro.

José Mukul durante su ejecución de redoble de campanas.

José Mukul durante su ejecución de redoble de campanas.

Las manos de Don José Mukul, al momento de ejecutar el repique de las campanas.

Las manos de Don José Mukul, al momento de ejecutar el repique de las campanas.

Samuel Novelo, José Mukul, sacristán de la parroquia de san Agustín y maestro campanero, Antonio Kú Bojórquez, Ángel Euán y Víctor Ramírez.

Samuel Novelo, José Mukul, sacristán de la parroquia de san Agustín y maestro campanero, Antonio Kú Bojórquez, Ángel Euán y Víctor Ramírez.

Desde uno de los campanarios, dos personas observan la insuperable vista de la plaza principal desde las alturas.

Desde uno de los campanarios, dos personas observan la insuperable vista de la plaza principal desde las alturas.

La matraca. Primitivo instrumento musical que solo se utiliza los Viernes Santos.

La matraca. Primitivo instrumento musical que solo se utiliza los Viernes Santos.

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