Luces en la memoria

By on noviembre 9, 2017

A las mujeres y hombres de mi pueblo

que el 15 de noviembre además trabajan.

 A la memoria de José Amadeo y Benito, mis padres.

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Por Juan José Caamal Canul

Fueron a buscar al Cristo. Regresaron a la casa y se dedicaron parcialmente a sus actividades cotidianas; arriaron las mulas al monte cercano y cortaron gajos de ramón. Al atardecer, faltaba una mula. Había que ir en su búsqueda. Iba a ser un rescate prolongado, y el Recibimiento de ese año en su vida, pospuesto. Quedó en su mente y su mirada un imborrable recuerdo.

En el terreno de la casa, en aquel entonces había un espacio para encerrar a las mulas, bestias de tiro para las carretas que operaban padre e hijo.

Las carretas eran los vehículos para el trabajo y sustento, para sacar las pencas de henequén inmediatamente después de los días de corte.

Cuando llegamos a la familia mis hermanos y yo, todo aquello había desaparecido y eran parte de los recuerdos, unos tristes –la mayoría–, otros alegres, y algunos más solo referentes de hechos pasados de nuestra vida familiar.

Al lugar, cuando éramos adolescentes, aún le llamábamos El Corral. Era un cuadrángulo cercado por albarradas al que se accedía por la reja de madera y tablones envejecidos, parcialmente devorados por los insectos, y que inútilmente abríamos o cerrábamos por hábito; había dos matas de aguacate, la sombra –solo la sombra– de un ramón centenario, un abrevadero cavado en piedra de una sola pieza: la terminal de un canal de mampostería que proveía agua extraída mediante la veleta en el pozo adyacente.

Después, y hasta hoy, es un lugar desolado donde crece la hierba silvestre y los vecinos desalmados tiran basura.

Estamos refiriéndonos a un tiempo cuando la locomoción del trasporte, las carretas, era exclusivamente proporcionada por bestias de tiro: mulas, burros y caballos, para ir de un lugar a otro, para transportar semillas y productos de la milpa y de las tierras de cultivo, así como el combustible de la época; leña y carbón. Por supuesto, para transportar la máxima y única riqueza en ese momento en Yucatán, al decir de algunos: el henequén.

Las carretas penetraban en los planteles, donde no existían los tendidos de rieles decauville. En el caso de que hubiera, se sacaba mediante plataformas o trucks; esa infraestructura y medios eran de las haciendas y sus anexas.

Aun nos tocó ver el trabajo de los plataformeros en el tramo Bisinchac – San Diego, que pasaba por el pueblo, en aquella curva maldita cercana a la estación de trenes.

Las plataformas largas, sobrecargadas de agave, casi siempre se descarrilaban en aquella curva. Los campesinos, al entrar en ella con el vehículo aún en movimiento, se apeaban de un salto y vigilaban que no se descarrilara, para lo cual hacían que las cuatro mulas aminoraran la marcha.

Sin soltar las riendas, que sostenían con una mano, con la otra manejaban un extenso látigo de fibra de henequén que hacían restallar en el aire como advertencia y premonición, y luego descargaban sobre los demasiado castigados espinazos de las mulas. El chicote de sosquil estaba endurecido por el sudor animal, la sangre de las heridas, el polvo y lodo de los caminos, y el continuo uso.

Si la plataforma pasaba, los latigazos hacían acelerar la marcha y continuar. Si se descarrilaba, entregaba las riendas y el chicote al infaltable hijo, un niño o muchacho que siempre viajaba de pie y atrás, en una postura semejante al hombre del Vitrubio.

Entonces el plataformero, con una pértiga que trababa entre el suelo y la plataforma, palanqueaba la base de madera del vehículo y los yugos de las ruedas de acero y, mediante feroces órdenes al adolescente que controlaba el tiro de las bestias, reencarrilaba la plataforma.

El vehículo, pasara bien o hubiera las maniobras de salvación, indistintamente se escuchaban las peores insultos y maldiciones a los animales, palabras que rebotaban en las amplias paredes de los almacenes y bodegas de la estación.  De ahí el nombre de curva maldita.

Por otra parte, y muchos años después, la última carreta que vimos en operación y los últimos jumentos que clausuraron una época fueron la y los que servían para transportar la basura que se generaba en el mercado del pueblo, y para acarrear las ondulantes vísceras de las reses que se llevaban para vaciar y lavar.

Carretón y asnos eran propiedad de un señor que bien hubiera personificado al Caballero de la Triste Figura y que, sin embargo, se llamó como el último rey de Troya.

Como les decía, las mulas eran encerradas en el corral como una manera de mantenerlas a buen resguardo y a salvo de otros animales que pudieran lastimarlas. Una mula representaba un bien y un valor para el patrimonio de la familia.

El bisabuelo Esteban, previsor en todo momento, sembró con antelación arboles de ramón en la casa, previendo la alimentación de las bestias, ya que el ramón se daba todo el año, sin importar la época.

Pero las mulas no solo viven de ello: había que sacarlas a apacentar y que hicieran por encontrar su propia alimentación.

Esta historia se debe a que un quince de noviembre se extravió una de esas mulas. Y había que encontrarla e ir a por ella.

Padre e hijo, después de soltarlas y regresar por ellas mediada la tarde, salieron en búsqueda de la mula faltante, quizá desorientada y vagando, como solía suceder, en los montes cercanos.

El muchacho, después de un breve recorrido, regresó porque albergaba dos ilusiones: que el padre la hubiera encontrado y, la otra, salir a la plaza para ver la entrada, el Recibimiento del Cristo. Era día de fiesta en el pueblo.

En cambio, se encontró con la cara adusta del padre, quien hacía poco había regresado de su periplo exploratorio por otro rumbo de los montes colindantes.

“¿Qué pasó?” le dijo. “¿Y la mula?”

El joven contestó que no la había hallado. Que caminó por los rumbos de San Diego, San Francisco y los montes de Santa Isabel y Santa Águeda, y no la había avistado.

“Debe estar aún por ahí,” señaló el padre, sin levantar la vista.

Desde que vio aparecer al muchacho se dijo: “Este regresó porque quiere salir a divertirse.”

El padre había regresado a la casa poco antes porque por donde anduvo no halló nada y los campesinos que encontró y preguntó no supieron darle razón. Y porque se le había roto una de las correas de la alpargata.

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Se sentó al pie del viejo ramón, corchó un manojo de sosquil hasta hacer dos sogas delgadas. Luego, con la coa, cortó los viejos hilos que tenía la alpargata de hule. Con un punzón ensanchó los agujeros. Y en eso estaba cuando se apareció el joven, quien finalmente le dijo:

“¿Puedo irme? Quiero salir.”

El viejo levantó la vista y le respondió: “Hay que seguir buscando. Ese animal puede estar herido y no puede pasar la noche fuera. O se nos muere porque no la curamos, o la van a herir más. Entonces estaremos más que embromados. Vete por los rumbos de Bisinchac. Yo lo voy hacer por Xtohil y Chempec. Si la hallas, la traes y nos vemos en dos horas aquí. Si llegas antes, no es necesario que me esperes. Te vas.”

“En una hora oscurecerá,” dijo el muchacho.

La mirada y la tensión de los músculos del viejo le impidieron seguir hablando. Se dio media vuelta y se fue por donde le dijeron.

Poco antes, por el rabillo del ojo, vio a mamá, de pie y apoyada en el marco de la puerta de la vieja cocina. Se dio cuenta de que, al verlo salir de nuevo, comenzó a llorar.

Mamá tomó la parte inferior del mandil y se lo llevó a la cara para ahogar el llanto de impotencia y contrariedad y, para enjugarse la imposible cantidad de las lágrimas.

Mamá, en su interior, evitaba rebelarse de la autoridad del esposo. Una vez lo intentó, hacía más de quince años, por una discusión de ropa mal lavada –según el criterio del marido–. Dejó la casa, y sus papás la regresaron más tarde: Una mujer se casaba para siempre, una sola vez en la vida, y con la misma persona. La palabra del marido no se discutía ni se ignoraba.

La mamá giró la mirada hacia el fogón donde, en una olla renegrida, calentaba el agua para el baño. Alejó los tizones del fogón para que no se consumieran del todo. El muchacho aún no iría a bañarse. Cuando retornara, Dios sabe a qué hora, atizaría de nuevo los leños para que renaciera el fuego.

En el camino se encontró con las personas que se iban al Cabo. Allí estaba la imagen, en espera de que los transportaran al templo.

Por donde pasó, sólo halló personas bien acicaladas, con sus ropas de manta e hipiles recién tejidos. Eran los estrenos del día de la fiesta.

Estuvo caminando hasta salir del pueblo, se metió por la brecha de un monte, y un bufido le llamó la atención. Aguzó el sentido de la audición y el rumor del resoplido de los belfos se repitió.

Los murciélagos sobrevolaban sobre su cabeza, y cada vez los vuelos rasantes estaban más cercanos.

Los vampiros eran peores, más audaces y temerarios y, a esta hora de penumbra cabalgante hacia la oscuridad más cerrada, temía lo peor: que ya hubieran mordido a la bestia.

Las mulas son como son, aun cuando sintieran las quemantes mordidas de los vampiros sobre sus heridas o las pedradas a la hora de trabajo: si había decidido no moverse o no cambiar de lugar, morirían hasta que se quedaran sin una sola gota de sangre o bajo un montículo de piedras.

La oscuridad apenas le permitió distinguir que había caído en una cueva. Una antigua sascabera. Solo distinguía el movimiento trepidatorio de la piel de la mula, para ahuyentar tábanos y otros insectos nocturnos que se cebaban con la sangre.

Tomó el camino de retorno.

Pienso que quizá allí está el germen de esa inexplicable soledad que nos ha acompañado desde siempre. Antes no lo sabíamos, pero ahora nos permite sospechar que se forjó en esas incursiones a los montes que se cerraban y perdían sobre los senderos mismos, sascaberas abandonadas, parajes desolados en días de tormenta sin más compañía que nosotros y nuestra conciencia; ir a hacer tal o cual cosa solos; cumplir con la orden sin cuestionar, sin rebelarse, sin oponer resistencia, sin discutir.  Y hacerlo en el centro del remolino de los miedos y temores.

En la tradición nuestra, al secarse y desprenderse el ombligo, había que ir arrojarlo lo más lejos posible de la casa natal, para conjurar los miedos infantiles y los desasosiegos, en general, que pudieran ensombrecer los caminos de la vida.

Solo había trascurrido una hora con cuarenta y cinco minutos. El padre no había retornado y esperó. Qué habría pasado de ser él quien encontrara a la mula caída. Lo más seguro es que el padre hubiera ido por la escopeta a descerrajarle un tiro a aquella bestia que no tenía más culpa que su inacción, para luego destazarla y sacarla de ahí para vender.

Le vio aparecer y le explicó. Tomaron dos sogas más, que se echaron al hombro, dos maderas, y se fueron a prisa hacia el lugar.

El padre descendió a la cueva y encendió un cigarro para ahumar el lugar. El piso tenía hierbas y hojas secas de quizá algunos años. Y quizá ahí aguardara la muerte.

Amarró del cuello y del pecho, a la altura de las patas delanteras, a la bestia. La sascabera no estaba honda, pero una mula es nula de entendimiento y no podría salir por sí sola: daría una dura batalla por sacarla de ahí. Incluso ella misma se opondría a salir de su trampa. Pensó que esperar que participara en su rescate era cuestión de cometer más muladas.

El padre, con las maderas que trajera de la casa, arrimó dos rocas y desprendió tierra para hacer una escala.

La labor la hicieron con la tenue e insignificante luz de luna que a cada momento subía al firmamento.

Estaban solos en la batalla por sacar al animal. Solos con los chispazos, los guiños de las luciérnagas que se tendían como un manto sobre la hierba que se adivinada, invisible en la oscuridad del derredor.

Arrimaron a la bestia por la rampa habilitada. El padre emergió. Le entregó una soga al muchacho, la del cuello, y se quedó con la otra, la del pecho. Al mismo tiempo tiraron una y otra vez. Repetidas veces.

Mientras hacía las maniobras para sacar a la bestia, escucharon a lo lejos las explosiones de los voladores. Cientos de voladores irrumpían y surcaban el cielo, direccionados por su cola de tajonal y dejando una estela de ascuas de fuego.

Irradiaban una luz intensa y, a continuación, casi desfasado, el sonido del estruendo. El Cristo estaba entrando a la plaza. El Cristo en el bronceo de la plaza.

Aumentó la intensidad explosiva del conjunto de voladores. Recreó en su mente que los cargadores concluyeran el ascenso por las escaleras y girado al Cristo, para que la comunidad apreciara la imagen de bulto, teniendo como fondo las paredes elevadas del frontis del templo. Se escuchaba muy lejano el intenso repiqueteo de las campanas. Y por momentos, cuando cambiaba la dirección del viento, cercanas.

Nunca había visto de lejos aquellas intensas explosiones.

Esta era la primera vez y las recordaría para siempre.

Revisaron al animal, que estaba mojado de sudor. No estaba visiblemente herido, al menos por ahora, concluyeron. Al llegar a la casa la revisarían con calma, a la luz de una vela.

Sujetaron a la bestia y comenzaron el regreso a la casa. La luna hacía ya algún tiempo que había iniciado el descenso. Eran las primeras horas de un nuevo día.

En el cielo se desprendieron unas luces: un intenso derrumbe de luces verdes que se precipitaban y se apagaban casi inmediatamente.

Como si los voladores partieran del cielo hacia la tierra…

Una lluvia de estrellas intensa y plena.

Las luces eran incontables y, en el cristalino de sus pupilas, además de la tristeza y el cansancio, las Taúrides se reflejaban, compensaban, y saludaban la unión cósmica con su alma agotada e inquieta.

3 de noviembre de 2017

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