Los reflejos del Agua

By on junio 7, 2018

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Marta Aragón R.

A Lisandro le gustaba caminar bajo la arboleda que bordea el arroyo cristalino que baja de la cumbre de la sierra, recorriendo aquellos pequeños claros de los espesos bosques de pinos y pinabetes en lo alto.

Era maestro en la escuela que recién habían construido los progresivos y entusiastas docentes. El minúsculo pueblo se asentaba en las estribaciones de la Sierra Madre Occidental, a dos horas a pie, alcanzando la extensa cumbre poblada de profundos bosques de coníferas.

El aire era húmedo y, después del azul que inundaba la vista, el color predominante era el verde; aquel verde húmedo que mojaba los zapatos y el borde de los pantalones al caminar por aquellos sitios pedregosos y siempre humedecidos. Por miedo a destrozar el calzado, Lisandro optó por usar los huaraches de tres hilos con suela de neumático que utilizan los lugareños; para guarecerse del sol, portaba un sombrero de ala ancha.

Las sombras de los árboles eran espesas. El ambiente fresco y el canto del arroyo armonizaba con el variado trinar de los pájaros.

El joven observaba sin prisas y con deleite todo lo que le rodeaba: los viejos troncos añosos de raíces como venas saltadas sobre la piel arenosa; las hojas, su tamaño, color y forma; los arbustos, yerbas, pastos y malezas; los insectos y pájaros; el agua cristalina, las rocas, arena, y el cielo azul velado de largas nubes blancas que, plácidas, flotaban sobre la gigantesca mole de un cerro que se alzaba por el lado oriental, empequeñeciendo al panorama. “Todo se repite,” se decía, “como salido de un mismo principio de función y forma que da origen a la existencia.”

Esto pensaba cuando, con ojos y dedos inquisidores y curiosos, abrió una flor que cortó en el camino. “Es como entrar en la intimidad de una mujer, explorarla y descubrir sus misterios. El pistilo se yergue suculento, invitando a penetrar sus profundidades.” Olió la flor y dejó que el sutil aroma lo inundara por completo.

Una vaga inquietud se instaló en su pecho.

Detuvo la marcha para sentarse sobre una piedra que apresaba un charco de agua cristalina y tranquila. Observó los guijarros policromos bajo del agua y cómo en la superficie se reflejaba la tupida fronda de un árbol. Todo era bello: el reflejo del árbol, el cielo y el murmullo del agua que se despeñaba rumbo a la costa. Se quedó sin pensamientos. Dejó que sus sentidos percibieran aquel instante único.

Entrecerró los ojos para inhalar el aire húmedo. Al abrirlos se encontró con ella, que estaba dentro del agua, con la cara blanca y los largos cabellos flotantes. Lo miraba con ojos curiosos y límpidos, la boca le sonreía, haciendo movimientos como de pez al formar burbujas.

Lisandro quedó petrificado: ¿De dónde había salido aquella mujer de ojos lánguidos y anhelantes?

Con un movimiento apenas perceptible le enseñó su cuerpo boca arriba, blanco y desnudo, de pechos como porcelana fina, y los muslos abiertos como hermosa flor, con pétalos color rosa, donde el pistilo sobresalía carnoso y tierno; la corola sedosa mostraba su intimidad que emergía del agua, al alcance del maestro rural.

Lisandro extendió los dedos y tocó con timidez los pétalos aterciopelados. Con reverencia, acarició el pistilo, que respondió al roce como si tuviera vida propia. El agua se estremeció y de los árboles llovieron hojas y flores. Los pájaros cantaron y una parvada de pericos pasó volando arriba de su sueño. Cuando el escándalo diluyó, el espejo del agua estaba quieto y diáfano. En su interior se contemplaba el lecho de guijarros multicolores. ¿La mujer? Había desaparecido.

Esa noche tardó en dormirse. Había tomado una taza de café cosechado de la huerta tapiada de María Quintero.

Hasta él llegó el rumor del arroyo que pasa unos metros abajo de la casa. En medio de la voz del agua, escuchó la risa cristalina que se volvió arrullo.

La mujer salió del agua, blanca y desnuda, y extendió su cuerpo sobre las rocas. Abrió los muslos para mostrar la encarnada flor que le invitaba. Ella lo miró y se tocó los pechos mientras su boquita era un pececillo dentro del agua; extendió los brazos, como una invitación para que Lisandro entrara en ellos.

La risa húmeda reverberó en sus oídos y sus dientecillos lo mordisquearon, juguetones. Lisandro se dejó llevar por las intenciones de aquella mujer cuyo cuerpo se entibiaba al sol. Ella lo fue enroscando en un abrazo que lo abarcó entero, y el maestro se introdujo a los jardines de la mujer de porcelana líquida y risa cantarina para descubrir los misterios del agua, de las rocas, y recorrer el paraíso.

Lo despertó la campana de la iglesia que llamaba a misa de ocho.

Como siempre, Lisandro se negó al rito dominical al que asiste el pueblo entero. Se fue a caminar al arroyo con la esperanza de ver a la mujer del agua. Estaba convencido de que se trataba de una visión por efecto de la naturaleza. Su búsqueda fue en vano. El arroyo le mostró su forma imperturbable, rumores y transparencias ordinarias.

Así pasó mucho tiempo: sin ningún nuevo encuentro con ella.

—Maestro, usted está igual que María la del Cielo, quien tampoco se para nunca en la iglesia.

—¿Quién? No la conozco.

—Ojalá no vaya encontrarse con ella. Dicen que es bruja, y como a usted le encanta andar por los arroyos y cerros, no vaya a topársela un día de estos.

Lisandro siguió sus andanzas por los alrededores, sin parar en la iglesia ni una sola vez.

A la mujer del arroyo no volvió a verla.

A veces la amaba en sueños; pero la fue olvidando con el tiempo.

Un domingo se fue a uno más de sus acostumbrados paseos. Transitó por callejones y, luego de tropezarse con vacas y becerros que eran movidos para la ordeña, con dos o tres vecinos que lo saludaron levantando el sombrero, Lisandro llegó al arroyo de La Estancia por el camino real que conducía a la cumbre de la Sierra.

Había una pequeña casa de adobe sin enjarrar y techo de tejas. Le contaron que allí vivía María la del Cielo, quien leía el porvenir con la baraja española.

Tocó a la puerta, pero la vieja no estaba.

La puerta se abrió, dando paso a un silencio abrumador.

Lisandro siguió hasta llegar al arroyo para bañarse en sus pozas, y buscar orquídeas sobre las rocas musgosas.

Una mujer caminaba entre la maleza. Iba vestida de blanco y llevaba una canasta llena de orquídeas. Era joven y muy blanca, de piel aduraznada.

Ella lo miró con ojos anhelantes y límpidos. Le ofreció una orquídea de color vivo…

Y una sonrisa que parecía la boquita de un pez haciendo burbujas adentro del agua.

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