Lo que pasó en El Vigía

By on febrero 15, 2018

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Marta Aragón

Contemplada desde lo alto del cerro de El Vigía, la Bahía de Todos Santos semejaba una plácida taza de porcelana china que recoge sus aguas con delicadeza el largo brazo de Punta Banda; una ensenada casi perfecta, amplia y serena que era vigilada por el estoico guardia que se alzaba a su vera por el norte.

Llegaron a este seno azul los primeros exploradores españoles que se aventuraban por rutas desconocidas del majestuoso océano Pacífico, un 17 de septiembre de 1542, al mando del capitán Juan Rodríguez Cabrillo. Tuvieron el privilegio de conocer estas tierras vírgenes en donde vivían en armonía los kumiay junto con berrendos, venados, y los enormes encinos y alisos que por aquellos tiempos abundaban junto al cauce del arroyo ahora llamado Ensenada, que depositaba su torrente en la bahía.

Tuvieron el privilegio de conocer la tierra prístina que ahora da asiento a la ciudad de Ensenada, que oficialmente fue fundada el 15 de mayo de 1882. Desde ese momento arrancó una ciudad con aires de modernidad y de grandeza que pasó por manos norteamericanas e inglesas que, a su estilo, trazaron calles y levantaron hermosas casas de madera que, desarmadas, llegaban al puerto provenientes de la costa pacífica noroccidental de la Unión Americana.

El cerro de El Vigía, estoico y quieto, siempre de cara a la hermosa bahía, de armoniosa forma y tranquilas aguas, a veces azules, a veces verdes y, las más, aceradas y teñidas de rojo en los lánguidos atardeceres, vio crecer bajo su vigilante mirada el pequeño puerto, a veces somnoliento, pero siempre con pretensiones de princesa, hasta bien entrado el siglo XX, cuando la adormecida soberana quiso convertirse en puerto de altura y empezó a construir un rompeolas y un muelle para barcos de gran calado.

Corría la década de los 50 del siglo XX. Aquellas pretenciones se convirtieron en fuente de trabajo que dio sustento a muchas familias cuyos jefes eran empleados como obreros, operadores de trascabos y expertos en dinamitar cerros y rocas que irían a rellenar el suelo marino. Así fue como el orgulloso cerro de El Vigía empezó el lento cambio de su fisonomía gracias a los cartuchos de dinamita que socavaban su regazo que, a la postre, terminarían también con la prístina belleza de la ensenada de Todos Santos.

Por aquellos años, los habitantes porteños estaban acostumbrados a que sólo el viento que soplaba del mar, los pitidos de las entradas y salidas del personal que trabajaba en las canerías, y las terribles explosiones de los cartuchos de dinamita perturbaran la placidez y el lento correr de los días, a veces brumosos y grises de la bahía.

En uno de aquellos días, a mitad del verano, bajo un cielo azul y despejado, Esteban Macalier y Bartolo Cossío comían junto al trascabo que en aquel momento tenía la pala repleta de piedras y tierra. Después de comer y descansar un poco, las arrojarían al mar.

Dos hombres fuertes con la cara curtida por el sol y el viento; ambos tendrían un poco más de cuarenta años y, como mucha gente nativa de la región, eran morenos y con los ojos amielados con chispitas verdes que dejaban ver a las claras que en sus genes, cargados de una fuerte herencia yumana, había un ligero rastro europeo que les había dejado un abuelo de ojos claros. Como todos los bajacalifornianos que se preciaban de serlo, eran hombres sencillos y muy platicadores; así que, entre burrito de machaca de langosta seca y burrito de frijoles, empujados con tragos de soda Victoria de naranja, contaban alguna historia, las más veces inventada, o alguna cosa que había sucedido o contado, algún pariente o compadre.

̶  ¿Sabías, Tolín, que por aquí anduvieron los piratas pichilingues?

̶ Sí, manito. Mi abuelo Paco Núñez nos contaba que andaban por La Paz con la intención de asaltar La Nao de China que salía de Acapulco para llegar a Las Filipinas.

̶ Se cuentan muchas historias, Tolín. Hay quien dice que enterraron el oro en el Cañón de Doña Petra y otros cuentan que por los cerros de por aquí. ¡Pa’ saberlo, tú!

̶ Pues sí… Bueno, después de un taco, un buen tabaco.

Los dos hombres, con la mirada perdida en el mar, encendieron par de cigarros Alas, cuyo humo escondía las miradas y sus pensamientos.

Esteban rompió el silencio:

̶ ¿Qué harías, tú, Tolín, si te encontraras un entierro?

̶ ¡Uy, manito, muchas cosas! ¡La primera sería no volver a poner un pie en este maldito trascabo!

̶ ¡Ah qué tú! Pos yo tampoco; pero sabes, pondría una tienda de abarrotes para hacerle competencia a la Casa Preciado y al Mercado EME, y sería más rico que ellos. Tolín, hay que volver a la chamba porque la chispa camina y no tendremos tiempo para echar toda la carga al agua; vamos a tirar esta palada al mar porque todavía nos queda harto trabajo.

Se acercaban las cinco de la tarde. Los dinamiteros habían dejado de socavar al pobre cerro de El Vigía cuando Esteban y Bartolo se dispusieron a arrojar la última palada al mar.

El sol aún estaba muy alto en el cielo; dejaba una estela luminosa por donde pasaba; las gaviotas volaban mostrando sus pechos blancos que, como espejos, reflejaban la luz solar. La brisa, muy suave, refrescaba los cuerpos sudorosos de los dos obreros.

Bartolo subió muy alto, la pala cargada de tierra y piedras, para dejarla caer al mar. Esteban, de pie al borde del farallón, dirigía las maniobras de su compañero y le dio orden que vaciara la pala. Ésta, entre chirridos de goznes mal lubricados, soltó la carga de tierra.

Algo hizo que Esteban abriera mucho los ojos y que un grito se le ahogara a media garganta: entre el polvo y las piedras que caían al agua, un montón de doblones de oro reflejaron la luz del sol. Vertiginosos, abrieron la superficie del agua y se hundieron para siempre en el lecho marino.

Era demasiado tarde.

Ese día, la posibilidad de dejar de trabajar en ese ruidoso y desvencijado trascabo estuvo muy cerca de ellos.

Un plácido sol iluminó la tersa superficie azul del océano.

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