Libros Intonsos

By on agosto 16, 2018

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José Juan Cervera

La práctica de la lectura, como hecho histórico, muestra características variables en cada época. Quienes leen hoy en dispositivos electrónicos, visitando pocas veces el papel, acaso atiendan con curiosidad las mínimas incomodidades que el libro deparó a otras generaciones. En el siglo que antecedió al actual era frecuente hallar compañías editoriales que entregaban sus productos, demandando de sus clientes el pequeño esfuerzo de separar sus hojas, ya que salían de la imprenta unidas en los puntos de división de sus pliegos, y así el lector retardaba un poco la satisfacción de sus expectativas, si no era otro el sentimiento que tocaba a su puerta.

Eran los libros intonsos que, para continuar las fases de su ciclo, requerían el uso de un sencillo instrumento denominado plegadera, o de cualquier otro objeto semejante, cuya superficie aguzada y firme permitiera abrir sus bordes para dar paso al deleite o al entretenimiento que prometían los caracteres retenidos en su encierro convencional. Si bien son escasos, aún es posible encontrar impresores que se dan el gusto de estimular nostalgias y sensaciones arcaicas en la recepción de sus folios, dotándolos de los rasgos recién descritos.

En los años noventa todavía podían hallarse en abundancia los remanentes de aquellas antiguas ediciones en las librerías de viejo de la capital del país, especialmente los variados títulos de la prestigiada Editorial Botas, cuyas remesas pasaron de sus oscuras bodegas a los establecimientos de remate que los acogieron para otorgarles un segundo respiro, para bien de académicos y lectores empedernidos.

Por su condición distintiva, estos libros delatan de inmediato la indiferencia de su propietario, que a veces ni siquiera se decidía a hojearlos con una pizca de curiosidad, sin que esto tuviera una relación directa con el valor intrínseco de su contenido. El anecdotario de la literatura mexicana arroja algunos ejemplos de este abandono, como el que refiere Joaquín Antonio Peñalosa al citar a Antonio Acevedo Escobedo, quien en 1954 dio cuenta del hallazgo, en el continente europeo, de un ejemplar de los Poemas rústicos de Manuel José Othón dedicado al dramaturgo español José Echegaray, a quien lo había hecho llegar con el entusiasmo del autor que brinda la novedad de su obra a un personaje admirado. El poemario, publicado en 1902, nunca fue abierto por el destinatario.

Algo similar ocurrió con dos libros del poeta yucateco José Inés Novelo, quien los hizo imprimir en México DF en 1949: Rezagos líricos y Rimas santas; el autor los obsequió en julio y agosto de ese año a una mujer que recibió con ellos un par de breves dedicatorias. Ambos permanecieron intonsos hasta que 69 años después fueron rescatados del olvido en una librería de ocasión de la capital de la república, para así ofrendar sus versos a un lector inesperado.

Es cierto que no todos los libros alcanzan el mismo destino, porque el de muchos de ellos, en la historia de la humanidad, ha sido peor al terminar incinerados o triturados, reducidos a piezas de cartón, o bien quedan simplemente como objetos decorativos para disimular la desnudez de algunas paredes.

También es verdad que incluso los más ávidos lectores pueden aplazar indefinidamente el encuentro apreciativo con los libros adquiridos que pudieran despertar en ellos formas insospechadas de entender el mundo y de medir su propia experiencia con la de otros habitantes de este maltrecho planeta, asimilar enseñanzas y dejarse envolver por el gozo estético, ampliando su marco de referencia habitual. Algo de eso reflexiona Elías Canetti en una carta dirigida a Roberto Calasso, haciendo de su conocimiento el cúmulo de años que vio pasar antes de acometer la lectura de algunas obras que significaron grandes revelaciones incluso para un erudito de su talla.

Y aunque la savia de la vida no fluye únicamente de la secuencia argumental, metafórica o descriptiva de los libros, éstos resguardan con probada eficacia las glorias y las miserias del devenir humano, su voluntad de diálogo y el soplo que conduce su paso durante una existencia que merece fructificar más allá de los conflictos cotidianos y de la incomprensión generalizada. De ello puede dar fe el espíritu gambusino que va tras los rastros de una conciencia extraviada, cuyos fragmentos desprenden una reverberación solar que ilumina y alimenta las cumbres en la tentativa de disipar la espesura de sus brumas.

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