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Leyendas de los Mayas de Quintana Roo (IV)

By on mayo 31, 2018

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IV

Hace muchos años existió una población en la que los habitantes desaparecían sin dejar rastro alguno, por lo que los demás ancianos pensaron en una posible maldición o la existencia de algún monstruo que por las noches penetraba en la comunidad.

Reunidos los moradores adultos del poblado, lamentaban los últimos hechos cuando un anciano de blanca barba solicitó silencio:

“Nosotros no tenemos la culpa de lo que está sucediendo” –explicó–. “Se ha perdido el respeto a nuestras costumbres más sagradas. No se arreglaban ya los adoratorios de la Santa Cruz que están en los cabos del pueblo donde cuidan los Yum Balamoob; por lo tanto, propongo que mañana domingo se realice la faena para limpiar los adoratorios y los caminos de entrada a la población.”

Al día siguiente, con la colaboración de todos los hombres, en bien organizada labor, se restauraron los adoratorios y se atendió al Santo, encendiéndose sus velas y llevándole ofrendas.

Al anochecer, un joven (tankelen Xipal), con caminar silencioso, se dirigió hasta el cabo del poblado, se subió a un alto zapote para esperar la llegada del Yum Balam, a quien tenía gran deseo de conocer, y allí esperó pacientemente.

Repentinamente, sintió que su improvisado refugio se movía violentamente. Calmado un poco del susto y la sorpresa, el joven vio que sobre el camino se encontraba un hombre fuerte y gigantesco, con luengas barbas que le llegaban hasta el ombligo, brazos cubiertos de abundante vello, mirada penetrante y cabellera larga.

De pronto, el Yum Balam marcó el alto a una zorra que intentaba entrar en el poblado. El animal indicó que sólo quería regresar a donde había dejado a sus críos, pero la respuesta fue una nueva negativa.

Poco rato después se presentó otro visitante, un conejo, quien expresó suplicante: “Déjame pasar, buen gigante… Soy solo un ser inofensivo que salió de paseo.” Pero el gigante tampoco le dio entrada.

A los pocos minutos apareció un ratón que imploró permiso para pasar, recibiendo la misma respuesta negativa; pero el animalito insistió tanto, con el argumento de que solamente había ido por yerbas medicinales para su mamacita en peligro de muerte, que el Yum Balam, compadecido, le autorizó: “Pasa, pero regresa pronto.”

No había caminado mucho el diminuto roedor cuando se transformó, adquiriendo el tamaño de un perro, luego de un venado, de un caballo y, por último, convertido en un carnívoro de gran tamaño, comenzó a saltar de alegría lanzando horribles gruñidos y mofándose del Yum Balam con estas palabras:

–¡Cobarde y tonto guardián de poblaciones, en breves instantes saciaré mi voraz apetito con nueva víctima!

Iracundo, el gigante respondió:

–Según la Biblia de los blancos, cada hombre tiene su ángel de la guarda. Nosotros cuidamos los poblados y a los caminantes solitarios; por eso se nos denomina Yaj Canul. ¡Y tú, engendro del mal, que has abusado de mis sanos sentimientos, te juro que no podrás proseguir tu camino!

En el acto, la fiera se le abalanzó, iniciándose una terrible lucha entre los misteriosos seres. El combate se prolongó… Cuando el Yum Balam sintió que las fuerzas lo abandonaban, lanzó desesperados silbidos, señal a la que sus hermanos se presentaron de inmediato.

Los tres gigantes rodearon amenazadoramente al sanguinario engendro del mal, dispuestos a hacerlo trizas… Un terrible bramido del carnívoro fue el presagio de una lucha sin cuartel.

A pesar de su tamaño, el animal saltó con increíble agilidad y cayó transformado nuevamente en un ratoncillo que desapareció con la velocidad de un acto de magia ante el asombro de los Yum Balamoob, quienes momentos después comenzaron a amonestar a su hermano por haber autorizado la entrada del astuto roedor en la población.

Calmadas las reprimendas, los cuatro colosos deliberaron y acordaron llamar al tatich de los XK’ILIOON (pericos), a fin de que sus súbditos se encargaran de citar a todos los animales de la selva a una reunión urgente convocada por los Yum Balamoob.

En una gran sabana se reunieron todos los animales de la fauna regional: tapires, pumas, tigres, tigrillos, monos saraguatos, ardillas; numerosas aves diminutas y grandes; reptiles, algunos muy temidos como la nauyaca; también hicieron acto de presencia los insectos, y finalmente llegaron las tortugas y caracoles, que jamás adquirieron el hábito de la puntualidad.

Imponían gran respeto los hermanos con sus largas barbas, sus ojos de obsidiana de mirar penetrante y su sólida musculatura de pedernal.

Chac Yum Balam, el mayor de los gigantes, le reprochó al ratón que haya prestado su cuerpo y agilidad al monstruo devorador de gentes y lo condenó a vivir en continua zozobra, perseguido tenaz e incansablemente por el gato, que a partir de ese momento recibía la consigna de no dejar reposar a los diminutos roedores ni de noche ni de día.

Antes que terminara de pronunciar la sentencia el presidente del Jurado, el gato, con agilísimo salto, inició la persecución del ratón; corría por la sabana como si sus pequeñas extremidades se hubieran transformado en ruedecitas de velocidad sorprendente.

Prosiguiendo con su labor de justicia, Chac Yum Balam llamó al mono a comparecer ante el singular Tribunal del Bosque.

Rascándose la cabeza, tapándose la cara, y balanceándose al caminar, se presentó el nervioso mono al cual, con solemnidad, se dirigió el gigante Lak’in diciendo:

“Tú eres Timoteo, un joven fisgón, irrespetuoso de lo sagrado; has recibido un castigo ejemplar por espiar a los Yum Balamoob; vivirás entre los árboles y te sentirás avergonzado de tu cola y tu pelambre, y siempre tendrás que rascarte nerviosamente. No podrás decir jamás lo que viste, porque tu hablar serán únicamente chillidos…

Prof. Eduardo Medina Loría

Continuará la próxima semana…

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