Leyendas de los Mayas de Quintana Roo (II)

By on mayo 10, 2018

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II

EL HOMBRE QUE VIO A LOS DIFUNTOS

Todos sabemos que cuando se aproximan los días de los fieles difuntos necesitamos realizar una labor fuera de lo habitual: adornar nuestras viviendas, limpiar los espacios que rodean nuestros hogares, así como los caminos; preparamos el altar de la Santa Cruz, le ponemos al santo su ropa de xookbichuy, cubrimos el altar con mantel nuevo, alistamos los lakes, las jícaras, los chuyuboob. Han de estar preparadas las velas de colores para los pequeños y las de cera para los mayores.

Tenemos la certeza que el 31 de octubre por la noche comienzan a llegar las ánimas de nuestros seres queridos para visitar sus hogares y recorrer los sitios que en vida les fueron comunes.

Hace algunos años, en vísperas de los finados, Francisco Chan había elaborado, muy cuidadosamente, un plan para tener el privilegio de ver a las ánimas o pixanoob.

Es creencia popular que cuando los perros aúllan por la noche, lo hacen porque ven a los seres de ultratumba que vagan en las inmediaciones de los jacales.

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Pues bien, la estrategia urdida por Jparán consistía en impregnar un algodón con la secreción lagrimal de Boxní, su perro, y untarse en las pupilas la fibra humedecida a fin de adquirir la agudeza visual y el don que se atribuye a los canes.

La noche del 31 de octubre llegó obscura, negra como pocas, tan silenciosa y solemne que ni el canto del chochlem, ni el lúgubre mensaje del xoch interrumpían la completa quietud del ambiente.

En el jacal del septuagenario Francisco, dormían profunda y pesadamente sus hijos, nueras y nietos, mientras un delgado hilo de humo esparcía discretamente en la estancia el aroma de un leño resinoso. Solamente él estaba despierto, dispuesto a correr el velo del misterio.

Acarició a su perro, como lo hacía por costumbre, y luego procedió a ejecutar el plan largamente meditado y madurado: con el líquido que manaba de los ojos del animal impregnó un algodón que de inmediato se frotó en las pupilas; varias veces repitió a conciencia la operación y luego se retiró hasta un rincón de la casa, en un lugar estratégico donde, a través de los kolojcheoob, podía mirar hacia el exterior.

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La espera se inició con la inquietud y la incertidumbre de atisbar en el arcano del más allá. A la respiración poco trabajosa acompañaban los ronquidos de variada intensidad y ritmo y sonido distintos, haciendo más tensa y nerviosa la espera.

Repentinamente, en la negra bóveda celeste aparecieron unos diminutos puntos luminosos, semejantes a cocuyos formados en columna; algunos segundos de avance permitieron distinguirlos como velas de una peregrinación que momentáneamente se detuvo para recibir la siguientes instrucciones: XENNEX TA NAJI LEEX, XENNEX A UILEEX A LAAK’OBEEX CHEN BALE BIK TUBUKTEEX UAYE ZAMALE…(Vayan a sus casas, vayan a ver a sus familiares; sin embargo, no olviden que deben regresar aquí mañana).

Un sudor helado, intensamente frío, bajaba de la frente a la garganta del intrépido Francisco, quien se sentía paralizado, totalmente petrificado como antiguo ídolo, mientras miraba avanzar en dirección suya, parsimoniosamente, un ser del más allá envuelto en albo ropaje, que sostenía en la mano un cirio encendido.

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La figura fantasmal se detuvo a la batea y exclamó: NINKA IN P’O IN NOK YETE LE JAA’ (voy a lavar mi ropa con esta agua). Asentó la vela y se despojó de su mortaja. Acto seguido, comenzó a escucharse el ruido característico del agua y de la ropa que se lava… Una ropa blanca, con fragancia de limpieza y de misterio, quedó tendida en la soga, moviéndose lentamente, impulsada por los vientos de media noche.

Tras un momento de expectación, nuevamente el escalofrío recorrió la columna vertebral de tatich Francisco: La vela se desplazaba ahora como si fuera dueña de su voluntad y poseedora de movimiento, en dirección a la choza…

Crujió la puerta, leve pero claramente, y pasos de pie descalzo llegaron hasta la mesa de la Santa Cruz.

Una voz femenina muy familiar dijo: NINKA IN WUK’E CHUCUA YAN TE LUCHYETU WAJILO’ (voy a beber el chocolate que está en la jícara con su pan).

Alguien sorbía el chocolate de una jícara y comía pan dulce.

La vela se había apagado y la obscuridad era total. Francisco se estremecía violentamente de pies a cabeza, su corazón golpeaba con vigor creciente el tórax como queriendo romper el pecho del anciano. Inesperadamente, escuchó muy de cerca la voz de su difunta esposa que le dijo: BALA KUXANEX YOK’O KAB, WICHAN TALEN IN WILECH TUMEN TECHE TA DZIBOLTA A WILIK LE YUM PIXANOOBO (Con que vives en el mundo, esposo; vine a verte porque deseaste mirar a las Santas Ánimas).

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Un círculo blanco tomó las facciones de una cabeza con la mitad descarnada, enseñando la cavidad ocular, una cavidad nasal y parcialmente las mandíbulas.

¡Fue demasiado fuerte el impacto!

Nuestro personaje sintió que el suelo se hundía bajo sus plantas, le fue imposible seguir respirando y, mientras todo giraba vertiginosamente en torno suyo, perdió el conocimiento y al mismo tiempo escuchó una voz remota que decía: YAN A BOTIC A K’EBAN, KIN PADKECH TE ICH K’AK’O, TUUX KU BOOTKU K’EBAN MAAK (Tienes que pagar tu pecado, te espero en el purgatorio donde paga el hombre sus pecados).

El canto de las aves mañaneras, el aroma del bosque, y la luz del sol que hacía huir presurosas a las tinieblas para refugiarse en las grutas y cavernas del inframundo, anunciaban un nuevo día.

En la humilde habitación, escenario del drama, todo era agitación y enigma. Todos querían hablar y lo hacían atropelladamente, aumentando el desconcierto. Miraban y señalaban, desde prudente distancia, el fémur que se encontraba sobre la mesa del Santo; otros lloraban alrededor del tatich Jparán, quien hervía en fiebre, con las mandíbulas herméticamente cerradas, sin poder emitir sonido alguno.

Muchos curiosos miraban atónitos la mano impresa, como molde al rojo vivo, en la puerta de aquella sencilla morada que de la noche a la mañana cobraba gran notoriedad.

Inútiles fueron los rezos del JMEN, las atenciones de la yerbatera DZAK YAH: Don Francisco no salió de su mutismo y, cuando se realizaban los preparativos para el BIX, falleció.

KUCH KIB les dicen a los que mueren en Finados.

Han pasado muchos años.

Hoy, 31 de octubre, escucho a los perros del poblado aullar nerviosamente en las cercanías de la casa donde se protagonizó la tragedia.

Tal vez estén mirando dos figuras de ultratumba con sus cirios encendidos encaminarse hacia el hogar de sus descendientes; han de ser Francisco y su esposa.

Yo no quisiera comprobarlo.

Prof. Eduardo Medina Loría

Continuará la próxima semana…

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