Las flaquezas de Walter K.

By on marzo 8, 2018

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XIV

Walter K., incorregible solterón de incorregibles debilidades, había decidido invitar a unos jóvenes a su estudio. Sabía que contaba con algunas botellas de Presidente y un litro de Bacardí blanco. De comer no se preocuparía, pues todo lo que tenía que hacer era enviar a Luis Rosel, el amaricado fámulo de la casa, a comprar carnes frías y medio kilo de queso.

“Vengan conmigo,” les dijo a los muchachos, “los voy a llevar a mi casa, pero nada de travesuras. Pórtense bien y les disparo los tragos y algo de comer. ¿Qué dicen?”. Los chicos aceptaron encantados (eran muchachos promiscuos, hijos de la pereza y del libertinaje) y a eso de las cuatro de la tarde abordaron el tsuru rojo de Walter K.

Se detuvieron en el súper de Pepe Blanco donde compraron dos latas de sardinas y un poco de vino. (“Para el camino,” le había expresado Walter K. a Blanco guiñándole un ojo).

El estudio de Walter K., reconocido anticuario y coleccionista de arte, era ciertamente elegante, con esa elegancia propia del hombre sencillo que ha accedido a la mediana burguesía. De las paredes colgaban óleos originales con signaturas famosas. La vitrina, un tanto barroca, estaba agobiada de porcelanas seguramente valiosas.

Los muchachos, ya un poco ebrios, se lanzaban codazos ante tanto esplendor.

Las copas eran de cristal irlandés (que hubieran sido muy del gusto de Wilde), y las lámparas relucientes antigüedades. En los rincones se veían pesados bronces de los que colgaban impasibles telas de araña. Un inmenso busto de Beethoven presidía sobre el arrogante Steinway, totalmente enmudecido.

Walter K. sonreía satisfecho ante los rostros azorados de los muchachos. Ninguno de ellos, sin embargo, pareció interesarse por la rica biblioteca del anfitrión, colmada de espesos libros de lomos dorados que contenían toda la sabiduría universal.

Mientras los chicos se acomodaban en las poltronas, Walter K. se introdujo en la cocina, asentó las botellas de vino, las botanas y las latas de sardinas, y procedió a sacar de una vitrina los vasos, y del refrigerador los cubitos de hielo. Luego regresó y asentó sobre la mesa el litro de Bacardí, los vasos, la hielera y los refrescos.

“Aquí está todo muchachos, sírvanse a sus anchas,” les informó Walter K., mientras él mismo daba el ejemplo, escanciándose un largo trago de Bacardí con un poco de mineral.

Los jóvenes lo emularon y mezclaron sus bebidas con avidez. Luego brindaron, chocando sus vasos, con Walter K.

“A la salud de esta tarde que ha tenido el buen gusto de reunirnos,” exclamó el anticuario, con una sonrisa socarrona.

“¡Salud!” respondieron los chicos y apuraron sus tragos.

Walter K. depositó delicadamente los platos de botanas sobre la mesa y, cuando éstas se hubieron terminado, envió a Luis Rosel por unos panuchos a Santiago.

Mientras tanto, Walter K. abrió el piano y tocó con inesperada soltura unos valses de Brahms y un par de estudios de Chopin.

Los muchachos no parecieron entusiasmarse y Walter K. cerró el piano y se les reunió de nuevo para conversar.

A eso de las diez estaban todos borrachos.

De pronto, Walter K. se quedó dormido en su sillón; su copa de cristal irlandés se le resbaló de la mano y cayó en la alfombra, derramándose el contenido. Los chicos cambiaron miradas inteligentes y saltaron de sus asientos.

Descolgaron y quitaron sus marcos a los valiosos lienzos; sobre una alta silla se empinaron para destornillar las prístinas lámparas europeas; guardaron en bolsas de plástico las porcelanas.

Para que los vecinos no se percataran de sus movimientos, apagaron las luces y, en perfecto silencio, fueron abandonando el estudio del anticuario.

Era ya medio día cuando Walter K. abrió, uno por uno, ambos ojos. Le dolía horriblemente la cabeza. Un sabor amargo le molestaba la boca. Cuando, después de incontables esfuerzos, pudo al fin levantarse, observó que había sido despojado de sus óleos, de sus lámparas y de sus porcelanas. Los macizos bronces y el gran busto de Beethoven se habían librado de correr la misma suerte de los otros objetos a casusa de su salvadora pesantez. El anticuario llamó enseguida a la policía.

Post Scriptum – Walter K. falleció en Houston, hará unos cuatro o cinco años, víctima de SIDA.

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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