La Vaquita Marina y los Pescadores

By on junio 22, 2018

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Alma Preciado

Con las primeras luces de un día de agosto, una vaquita marina y su cría nadaban sin prisa en busca de comida en las cálidas aguas cercanas a la costa de San Felipe, en el alto Golfo de California. Cuando parecía que nada podía perturbar la tranquilidad de aquella actividad tan cotidiana, aparecieron en la superficie del mar las siluetas de algunos barcos pesqueros, y no hay cosa a la que ellas teman más:

 ─ ¡Debemos irnos, saldremos a respirar en otro lugar; nada lo más rápido que puedas sin preguntar!

Nadaron hasta perder de vista los barcos. Salieron a respirar, dejando ver por unos segundos su lomo gris oscuro al sol, para sumergirse de nuevo.

─ ¿Qué fue eso, mamá, por qué tuvimos que dejar ese lugar tan lleno de comida? ¿Fue por esas cosas que estaban allá arriba?

─Sí, esas cosas feas están llenas de humanos peligrosos que se comen todo lo que se mueve debajo del mar.

─ ¿Todo?

─Sí, todo. Debes prometerme que siempre, siempre, te mantendrás lejos de ellos, sin importar qué. ¿Está claro?

─Está bien, mamá.

Vieron pasar unos gorditos peces y se fueron tras ellos. El susto les había abierto el apetito. Por ahora, estos pequeños y tímidos cetáceos estaban a salvo.

Mientras tanto en los barcos pesqueros, que están ahí desde antes del alba, se escucha el sonido metálico de los viradores hidráulicos, calando las redes de fibra sintética con una relinga de corchos en su parte superior, y una relinga de plomos en su parte inferior que, al desplegarse y con el apoyo de un ancla, les permite mantenerse en el fondo del mar como una larga valla invisible, con el único propósito de atrapar peces, muchos peces, para consumo y satisfacción de los humanos.

Una vez caladas las redes, los pescadores se dieron tiempo para descansar, tomar su desayuno y charlar. Hombres con la piel curtida por el sol, las manos maltratadas por el arduo trabajo, adaptados a soportar las altas temperaturas del verano en esta región de Baja California, entre el mar y el desierto. No son biólogos, ni ecólogos. No saben del equilibrio de la naturaleza y del daño al Medio Ambiente. Desconocen las palabras hábitat o ecosistema. Para ellos, el mar con su abundancia es como un cajero automático que les permite mantener a su familia por un mes con tan sólo un día de pesca.

Regresan al puerto con sus barcos cargados de peces, camarones, calamares, pulpos, entre otros, para que nosotros, los peligrosos humanos, podamos disfrutar de los deliciosos tacos de pescado estilo Ensenada, las tostadas de cebiche, el pescado frito o al mojo de ajo en los restaurantes a lo largo del malecón, o en nuestro comedor.

Para ellos la vaquita no existe. Juran y perjuran que nunca la han visto en el mar, y mucho menos atrapadas en sus redes.

Después de terminar su desayuno, dos pescadores de uno de los barcos, vestidos con su habitual traje –pantalón de peto color naranja y botas de hule negras–, se sentaron a fumarse un cigarro junto a las canastas donde guardan las redes.

─Como dicen en mi tierra: después de un buen taco, un buen tabaco.

─Así es.

─Oye, carnal. ¿Sabías que el gobierno nos quiere poner en veda permanente porque disque atrapamos vaquitas marinas con las redes?

─¿Vaquitas marinas? Dirás cochitos marinos.

─Pos no sé. Yo las conozco por vaquitas marinas. El caso es que dicen que nos las estamos acabando, y por esa razón ya no nos van a dejar salir a pescar. ¿Tú has visto alguna vez una vaquita o cochito marino?

 ─Pos la neta no. Yo nunca he visto ninguna, ni en el mar ni atrapada en las redes. Pa’ mí que es un mito.

─Dicen que son parecidas a los delfines, pero más pequeñas, y no tienen el hocico puntiagudo, sino que tiene los labios gruesos y redondos; dan leche y también necesitan salir a respirar a la superficie pero, pos en realidad, yo tampoco las he visto nunca. Pa’ mí que es puro pretexto para no dejarnos pescar.

Días después, la vaquita marina y su cría recorrían de nuevo la llanura submarina en busca del habitual alimento. Nadaban con confianza, pues esta vez no había barcos a la vista. La cría de vez en cuando bebía la leche materna que complementa su dieta diaria.

Cuando mamá vaquita nadó al fondo en busca de camarones, quedó atrapada, junto con muchos peces más, en una de esas barreras de redes invisibles, pero tuvo tiempo de a alertar a su cría, la cual se alejó con un nado rápido, para evitar ser también atrapada.

Casi al instante apareció la silueta de una embarcación que sacó la red a la superficie para recuperar la pesca. Ya en el barco los pescadores retiraron los peces conforme jalaron la red y los depositaron en cajas llenas de hielo para conservarlos frescos.

De pronto, un pescador dijo:

─Mira, qué pescado tan grande.

─No, no es un pescado. Parece una vaquita ─dijo otro─. Mira, es tal y como la describiste el otro día. Y está viva aún. Regresémosla al mar antes de que sea demasiado tarde. Dijiste que nos van a prohibir pescar porque se están acabando por culpa de nosotros.

─Está bien, está bien. Toma mi navaja y suéltala.

Con algo de trabajo, y en medio de las voces “Apúrale carnal”, “Muévete”, “Te miras lento”, cortó las fibras de la red, la liberó y la arrojó de vuelta al mar.

La vaquita no hizo ningún movimiento. Se fue casi hasta el fondo. Su cría, al ver a su mamá, nadó para alcanzarla pero, al notar que no se movía, empezó a darle golpes en vientre mientras gritaba: “¡Despierta, mamá, despierta!”

Luego de un rato, la vaquita empezó a mover su aleta caudal y nadó con cautela en círculos, rodeando a su cría. Ésta, al ver que había despertado, se acercó a ella para nadar juntas. Subieron rápido a la superficie a respirar. Dejaron ver por unos segundos sus aletas dorsales en forma de triángulo, para  sumergirse de nuevo y fijar rumbo a lo que una vez fuera el estuario del Río Colorado, con la esperanza que este hubiera regresado a traerles el agua dulce y el lodo que en algún momento, hace muchos, muchos años, les dieron vida.

Entretanto en el barco, que estaba a punto de regresar al puerto, los pescadores que la devolvieron a la vida, con sus brazos recargados en la barandilla, observaban el mar con atención, con la esperanza de ver a la vaquita aparecer en la superficie, sana y salva.

No muy lejos pudieron ver dos aletas dorsales salir a la superficie, una más pequeña que la otra.

─¡Vaya, vaya! Allí va, y con una cría; ahora sí podemos decir que la vaquita o cochito marino no es un mito.

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