La Redada (Continuación…)

By on junio 15, 2017

Hacedor_1

VII

La Redada

(Continuación…)

Al poco rato, entraron tres guardias acompañados por un civil. El civil iba provisto de una carpeta llena de papeles; en la bolsa de la sucia camisa llevaba tres bolígrafos, y otros de lápices con puntas adelgazadas. Aunque el flaco civil no dejaba adivinar su edad, no así los guardias –que reflejaban frisar los cuarenta–, el que aparentaba mayor edad era, además, el más grande y fornido; tenía una prominente barriga que le obligaba a llevar resbalados los pantalones, muy por debajo del ombligo, mismo que dejaba a la vista, ya que los botones cuatro y cinco de su camisa estaban al aire. Su estómago parecía una gran pelota con vida propia, debido a los movimientos acompasados que tenía en su andar, esto es, no le restaba soltura, y mucho menos le restaba agilidad en los brazos, brazos sudorosos, fornidos, que imponían con sólo mirarlos.

Al pasar frente a la celda, para ir a ocupar el escritorio, que junto con tres silletas se encontraba al final del pasillo, dijo a quienes le acompañaban:

–“Debemos trabajar duro para no quedarnos encuevados toda la noche”

Desviando la mirada hacia los detenidos, mencionó, apenas reduciendo el paso: “Parece que hay bastante carne fresca. Eso nos va a ayudar a salir rápido”– mencionó, imprimiendo ligereza a su andar.

Juan estaba muy pendiente del “Gordo”, a quien seguía con la mirada, fuertemente asido a los barrotes con ambas manos. No vio en qué momento le descargaron los golpes en los nudillos, con tal precisión y fuerza que le hicieron retorcerse de dolor.

–“¡Las manos pa’ dentro! Esto no es función de cine”– le gritó el policía que con el tolete de goma le había proporcionado tan fuertes golpes.

A Juan se le salieron las lágrimas mientras agitaba fuertemente las manos a causa del dolor, en tanto que sus compañeros de celda estallaban en risas.

Como pudo, con bastante dificultad, se alejó de la reja y se fue hasta la pared al fondo de la celda. Los compañeros le dejaban pasar al verlo retorcerse de dolor. Pegó las espaldas a la pared y se fue resbalando hasta quedar en cuclillas; sentía que le pisaban y le apretujaban. Conforme se le fue pasando el dolor de los nudillos, se fue calmando, el sopor le agobiaba, ocasionando que dormitase, resbalándose cada vez más, hasta quedar realmente sentado y casi dormido.

¡Tanta pesadumbre! Él seguía recriminándose por estar en ese sitio en el que no debería estar. El calor sofocante, así como la preocupación por lo incierto de su futuro inmediato le hizo cerrar los ojos, abandonándose momentáneamente.

De pronto, lo mojado del suelo le hizo incorporarse de manera brusca. Observó que, junto a él, casi en el rincón, un individuo orinaba sin atinar al pequeño cáncamo donde se encontraba el desagüe. Qué importaba si le atinaba: estaba sucio y lleno de orines, y de por sí se rebosaba. Los olores eran insoportables; quiso pasar por entre la gente para acercarse nuevamente a la reja.

–“¡Ya! ¡Cálmate! ¡No chingues!”– le dijo un individuo mal encarado. “Esto está muy lleno para que te la estés paseando, tate sosiego: en un rato empezamos a salir.”

En eso se oyó la voz de uno de los guardias:

–“Los que van a hacer su llamada, prepárense. Les voy a acercar el teléfono. Les cuesta tres pesos y tienen derecho a una sola llamada.”

–“¿De qué se trata?”– preguntó Juan a la persona que le había detenido en su andar.

–“Nos van a permitir hacer una llamada por teléfono, así parece”– le contestó el mal encarado.

El guardia se puso en la puerta enclavada en la reja, y la entreabrió para permitir el paso regulado de quienes iban a hacer uso del teléfono.

–“Preparen su lana; los que no tengan cambio, después les doy su vuelto. Pueden pedir su torta a sus parientes, les voy a poner en la celda que tiene vista a la calle, por la ventanilla les pueden pasar sus ‘chescos’ y su torta”– les dijo el guardia, en voz lo suficientemente alta para que escuchen todos.

Fueron saliendo, en completo orden, quienes llamarían por teléfono.

El procedimiento consistía en pagar la llamada al guardia, y se dirigían al teléfono que estaba en la pared del fondo. Allá utilizarían el teléfono en el turno que fueron saliendo, y después pasaban ante el escritorio, donde el civil les hacía algunas preguntas; cuando terminaban con él, les devolvían a la primera celda, la que quedaba junto a la puerta de la entrada.

Desde donde estaba, Juan no los podía ver, pero sí escuchaba sus voces y movimientos. Fueron cerca de quince personas las que utilizarían el teléfono. Salieron pronto de la celda para hacer cola, tanto para su llamada, como para ser atendidos por los guardias del escritorio. Esto permitió que la movilidad dentro de la celda pudiese ser mayor, ya no estaban tan apretujados; Juan se acercó a la reja y le dijo al guardia que les cuidaba:

–“¡Oye! Yo también quiero hablar por teléfono.”

–“Y por qué no lo dices a tiempo”– le regañó el guardia.

–“Es que no tengo el número. ¿Me lo podrías conseguir?”

–“¿A quién le vas a hablar?”– preguntó el guardia con indiferencia.

–“Al Capitán Fernando”– le dijo Juan.

–“¿A quién dices?” – preguntó con cierta curiosidad el guardia, acercándose y afinando el oído para escuchar nuevamente.

–“A don Fernando, el Capitán Fernando”– dijo Juan, con aires de autosuficiencia al ver el interés que el guardia había dejado entrever.

Éste preguntó nuevamente:

–“¿Le conoces?”

–“¡Claro que le conozco!” – dijo Juan. “Le vi dirigir la operación de la redada, él me señaló personalmente para que me suban; realmente él no me conoce, pero cuando yo hable con él y le platique, y le explique que conmigo se equivocó, que yo no tengo por qué estar aquí, seguramente ordenará que se me libere y se me envíe a mi casa.”

–“¡Ajá!”– dijo el guardia después de haberle escuchado.

–“Mira”– le dijo Juan, a la vez que le mostraba una moneda de cinco pesos. “Tengo el dinero para la llamada, nomás consígueme el número.”

–“Claro” – contestó el guardia, a la vez que tomaba la moneda. “Nomás que nos avisen que ya llegó a su casa y te llevo al teléfono. Ahorita está en casa de su querida, y no le gusta que nadie lo moleste cuando está con ella. Comprendes, ¿verdad?”– completó con un guiño de complicidad que dejó satisfecho y tranquilo a Juan.

A poco rato, y a indicaciones de quienes estaban junto al escritorio, el guardia les indicó que empezarían a declarar ante los “jefes”. A Juan le tocó en suerte de ser el primero de esa segunda tanda, ya que estaba aferrado a la puerta.

Caminó por el pasillo hasta detenerse frente el escritorio, sin pasar de la raya blanca que estaba pintada adelante del mismo, y que le separaba de un metro más o menos de su interlocutor. El civil le fue preguntando imperativamente:

–“Tu nombre y apellidos; tu edad, dirección, ocupación, cuántas veces has caído”

Él iba contestando a cada requerimiento.

–“Juan Nuñez Batún;17 años; Calle 30 no. 365 Col. Flores, es casa de mi tío; trabajo de secre en un taller de acumuladores y estudio por las noches.”

Cuando se acabó el interrogatorio acerca de sus actividades, de sus amigos, sus costumbres, etc., se le ordenó poner sobre el escritorio sus pertenencias y todo lo que tuviese en las bolsas.

Juan fue cumpliendo a cada indicación: $22.00, un sacapuntas; su cinturón; los cordones de los zapatos, un peine, un lápiz. Se percató en ese momento que sus cuadernos y sus libros se habían quedado al interior del camión y se lo hizo saber al oficial.

–“Ahí lo vemos”– fue la respuesta. “No te preocupes de eso, preocúpate de salir de aquí sin ser fichado”

Todas sus pertenencias fueron metidas en un sobre que fue marcado con su nombre.

Una vez concluido este proceso, se le llevó a la segunda celda, al lado de los que habían hecho uso del teléfono. Se percató que no se encontraban todos los que vio salir originalmente: al parecer habían sido divididos y allí nomás había 10 de los 15 que supuestamente deberían estar.

Toda la noche duraron los interrogatorios y, conforme pasaban frente al escritorio, los asignaban a alguna celda de allá mismo, o los llevaban a otro lugar fuera de esas celdas.

Al concluir los interrogatorios, y las asignaciones a las diversas celdas, ya había siete personas más en la celda de Juan, todas ellas jóvenes de entre 15 y 17 años; platicaron muy poco, ya que el cansancio les obligó a dormitar.

Eran las ocho de la mañana cuando fueron llamados por su nombre; uno por uno. A él le tocó en el quinto lugar. Le condujeron por el mismo pasillo por el que había entrado originalmente, hasta llegar frente a una ventanilla. El uniformado que estaba adentro le preguntó su nombre.

–“Firma acá y pon tu huella aquí, al lado de tu firma”– le dijo, señalando un renglón de una voluminosa y ajada libreta.

Juan hizo lo indicado y recibió el sobre marcado con su nombre, lo abrió, y no se había alejado más de cinco pasos cuando regresó ante la ventanilla.

–“Oiga, señor, faltan veinte pesos, yo entregué veintidós pesos anoche y aquí solo hay dos”– a lo que el guardia le contestó:

–“Yo recibo sobre cerrado y sobre cerrado entrego. Cualquier aclaración o queja tiene que ser con quienes te recibieron las cosas.”

–“Voy a verlos”– dijo Juan, tratando de regresar al lugar de las celdas. El custodio de la puerta le explicó que quienes le tomaron su declaración se habían retirado desde muy temprano, y solamente los podría encontrar preguntando en la “Guardía”

–“Allá se organizan las rondas”– le dijeron.

Juan fue hasta donde le habían indicado. Consultó con un guardia de bastante edad, el único que ahí estaba.

–“Los que recibieron la redada anoche”– le explicó– “no siempre trabajan juntos; no son equipos formados ya que estas son situaciones ‘especiales’. El comandante, por ejemplo, es decir el “Gelatina”, salió hoy de descanso después de entregar el informe. Él regresa en 24 horas. El cabo aprovechó la falta de un compañero y fue a ‘doblar. Está en la caseta que está a la salida de la carretera que va para el sur. Los otros no sé quiénes eran. Las listas las entrega el turno que termina a las seis; cuando entré ya se habían ido. El escribiente, no, no sé quién sea. Esos los controla directamente el Capitán Fernando; ellos son personal de oficinas. ¿Tus veinte pesos? Tendrías que denunciar ante el Capitán Fernando; pero para que prospere tienes que decirle el nombre de los que integraban el grupo. Sí, claro; Fernando viene todos los días, pero primero pasa a sus talleres a ver cómo anda la cosa, y después viene al cuartel; no tiene hora fija.”

Juan entendió lo difícil de la situación.

Eran ya cerca de las diez de la mañana y no había sacado nada en claro. El estómago le dolía de hambre. Además, debería ir al taller a trabajar. Su jefe le invitó a una torta y un refresco.

Le explicó que debería tener más cuidado y que no fuese a meterse en problemas por sus veinte pesos.

–“¿Te tomaron huellas de tus diez dedos? ¿No? Entonces no estás fichado y eso ya es bueno”– le dijo. “Olvídalo y ponte a trabajar.”

A la hora acostumbrada, fue a su casa. El tío estaba enojado.

–“¡Oye, Juan! Esta es una casa decente”– le dijo- “No voy a permitir parrandas; que esta sea la primera y la última.”

Juan tardó en convencer a su tío de que estuvo involucrado en un suceso difícil de explicar. No entendía cómo se podían dar estas cosas, y no se dio cuenta como fue involucrado.

–“Te creo, porque sé que mi hermana es una santa y les ha educado con decencia.”

Por la tarde, la rutina se estableció. El tío tomaba una siesta antes de salir para el trabajo. La tía preparaba su “venta”. Juan discutía el baño con las primas, a las que prácticamente tenía que correr del mismo, para que él se arreglase y pudiese estar en el paradero del camión antes de las cinco de la tarde, para asistir con regularidad a la escuela.

Era viernes. Los viernes salían a las 10:30 de la noche, porque era el día de exámenes.

Como de costumbre, atravesó diagonalmente el centro, pausadamente, y cuando ya se encaminaba para tomar el camión para retornar a la casa se dijo:

–“No he de permitir que me vuelva a suceder lo de anoche. Eso fue un abuso, un atraco al que nunca debí estar expuesto. Tal cosa no se ha de repetir. Tomaré las medidas necesarias. De hoy en adelante voy a caminar por la acera de enfrente. He dicho.”

Y se encaminó hacia el paradero con una gran sonrisa en los labios.

HacedorVII_2_1

Naser Badí Xacur Baeza

Continuará la próxima semana…

Déjenos un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>