La Redada (1ª parte)

By on junio 8, 2017

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VII

La Redada (1ª parte)

Eran las nueve de la noche.

Juan se había retirado de la escuela nocturna una hora antes de lo acostumbrado. Los jueves le tocaba, durante la última hora de clases, Matemáticas II; el profesor que impartía esa asignatura iba un jueves sí y un jueves no ya que se ocupaba, durante la misma hora, en otra escuela, también Oficial, alternando el cumplimiento de las mismas, esto con la complacencia del supervisor de las secundarias nocturnas, quien era su compadre.

Juan vivía al poniente de la ciudad, en una colonia nueva que se había asentado en unos terrenos ejidales. Allá, su tío había levantado unos techos con láminas de cartón que le habían sido obsequiadas gracias a las gestiones del líder de los “colonos”. Claro está que hubo que darle una “lana”, pero bien valió la pena. Así que, cuando Juan llegó del pueblo, el tío lo aceptó sin reparos en su casa. “Para eso son los parientes,” le había dicho. Allá se acomodaron el tío, su esposa, Alfredo y Romualdo, quienes son los pequeños, las primas María y Jazmín de 15 y 16 años, respectivamente y, desde luego, Juan. Un poco apretados, pero todos cabían en esas dos piezas de que consistía la casa.

En cuanto Juan salía de la escuela, se dirigía inmediatamente a tomar el camión para ir a la casa, pues debía cuidar a las “primitas”. Su tío era panadero, a esa hora estaba trabajando. La tía generalmente salía al parque para mercar sus tamales y polcanes, muy buenos, por cierto.

La escuela de Juan estaba situada a 150 metros al sur de la “Plaza Grande”, así se le conoce comúnmente al parque central de la Ciudad.

Tomaba su camión al otro lado de la plaza, 100 metros al poniente de ésta. Así que, al salir, se encaminaba hacia el centro atravesando diagonalmente el parque. Todo estaba iluminado con jardines bien cuidados y bancas distribuidas estratégicamente, para que fueran ocupadas por quienes desearan pasar un rato de solaz esparcimiento. Cuando Juan atravesaba el parque, procuraba disminuir la velocidad de su paso, iba lentamente: le gustaba disfrutar la tranquilidad al interior del parque, que contrastaba con el bullicio que la rodeaba: cafés, restaurantes, tiendas de artesanías, papelerías, librerías, panaderías.

Una vez que dejaba el parque, caminaba hacia el paradero de los camiones, pasando al frente de loncherías, peluquerías, una cantina, billares.

A esa hora, la calle se tornaba más obscura debido a que muchos de los comercios que allá se encontraban ya habían cerrado sus puertas, contrastando desde luego con la iluminación dejada metros atrás.

Esa noche pasaba algo fuera de lo común.

Frente a las puertas de los billares y la cantina, que estaban juntas, se encontraban estacionados dos camiones cerrados de la policía, de esos llamados “Julias”, algunas patrullas, y motocicletas también policiales.

Mucha gente curiosa los rodeaba. Los policías habían tendido un cordón humano que impedía el paso, cubierto a manera de semicírculo, las puertas de los billares y la cantina a la vez, controlando el paso del interior hacia el exterior de los locales, y viceversa. Algunas personas salían, guiadas a empellones generalmente por los policías, para subirlos a los camiones. Estos tenían dispuestas unas bancas a los laterales y una banca central.

Uno de los uniformados, de aproximadamente 1.75mts. de alto, bastante embarnecido y con calvicie incipiente, giraba las órdenes:

– ¡Sube a ese! ¡Muévelos! ¡Que no se escape nadie!

Juan, al igual que otras personas atraídas por la curiosidad, se aproximó al cerco para ver lo que allí acontecía. En eso, el jefe se acercó a ellos, acompañado de algunos elementos y fue señalando a algunos de los curiosos.

– A ese; también a este; a este otro; a esos dos. – Con sorpresiva rapidez, hicieron entrar al círculo a ocho o diez curiosos, y los empujaron para subirlos a los camiones.

Los gritos y reclamos no se hicieron esperar: –¿Por qué nos llevan? –¡No he hecho nada! –¡Sólo estaba mirando! –¿De qué se trata?

Juan estaba asombrado y se preguntaba a sí mismo: –¿Qué está pasando? ¿Qué he hecho mal? ¿Por qué me llevan?

– Don Fernando, mire mis credenciales: yo soy maestro – decía con tono suplicante una persona de edad avanzada, resistiéndose a terminar de entrar en el camión, aferrándose al canto de la puerta.

El capitán Fernando no le veía, caminaba frente a los billares de una puerta a otra, supervisando la redada, siempre pendiente, siempre ordenando: –¡A este suéltalo! ¡Este para arriba!

Cuando ya no sacaban a más gente preguntó sin abandonar el tono imperativo: ¿Ya son todos?; ¿Están seguros?; ¡Vamos a ver!

Palabra y acción: como una tromba se metió a los billares, seguido por varios uniformados; cuatro o cinco minutos después, salía al frente de los mismos, quienes llevaban a tres personas asidas de la parte posterior de los pantalones, casi al vilo. Estos fueron empujados bruscamente al interior del camión en el que Juan se encontraba.

– Vamos a ver– dijo el capitán, al mismo tiempo que inspeccionaba, sin introducirse, el interior de los camiones, apoyándose con una lámpara sorda con la que iba iluminando la suplicante cara de cada uno de los detenidos.

– Tú y tú, para abajo– dijo a dos jóvenes, bastante pequeños, por cierto, quienes al bajar le agradecieron con reverencias, uno de ellos con tanta vehemencia, que le arrebató para besarle el dorso de la mano.

–¡Ya, ya! No es para tanto. Anda, ve derechito a tu casa.

Terminando de decir esto, indicó con señas a dos policías que cierren las puertas del camión.

– Por favor, don Fernando, por el amor de Dios, le suplico. Vea mis credenciales, le ruego– tono suplicante, lloroso, ese tono de voz que te arranca del corazón las maledicencias, sobre todo cuando provienen de una persona adulta acosada por la impotencia.

El capitán lo miró furtivamente y, con indiferencia, le preguntó al “Bolas”, quien era el encargado de las mesas del billar, si le conocía.

– Sí, cómo no, jefecito: es el maestro García. Da clases en el Tecnológico y por las noches viene a pasar el rato mientras dan las 9 y treinta de la noche, y va por su hija que da clases de inglés en la academia que está aquí a la vuelta de la esquina– dijo el “Bolas”

– Por cierto, está muy buena– completó.

– Está bien, suéltenlo– ordenó el capitán. No había restablecido aún la orden de cerrar las puertas de la “Julia” cuando escuchó.

– ¡Oye, Fernando! – le dijo el “Charras”, aquel joven mayor que al dirigirse al capitán lo hacía con mucha confianza: a esos tres los conozco: son cuates, por favor, suéltalos.

– Estás pendejo, “Charras” – le contestó Fernando–. Si te empiezo a hacer caso, suelto a todos.

– Suelta aunque sea a este. Es hijo de don Carlos, el de la farmacia– insistió el “Charras”, señalando a un chico de aproximadamente 17 años.

– ¿Está muy buena su hermana? – le reviró el capitán, socarronamente y con mirada de complicidad.

– ¿Tú no quieres nada, Charritas?

– ¿Y eso qué te importa? – replicó el “Charras” aporreando la voz.

– ¡Suéltalo y a la chingada!

El capitán se puso serio ante el insulto y la irreverente insistencia del “Charras”, quien le sostenía la mirada, con firmeza, sin llegar a lo retador.

Después de cierta tensión, el “Charras” suavizó la mirada y con voz melosa insistió:

– Anda, no seas cabrón. Suéltalo. ¿No somos cuates?

– Favor con favor se paga, “Charritas”. No lo olvides – dijo el capitán con palabras entrecortadas, al mismo tiempo que hacía señas para que bajasen al joven señalado.

Las puertas del camión se cerraron y el convoy se dirigió a la estación de policía.

Juan no salía de su asombro ¿Qué hacía en ese camión? No tenía, como muchos de los que ahí estaban, idea del porqué les habían detenido. Los comentarios al interior del vehículo giraban en torno a que era una redada, al parecer, para aprehender a vendedores de mariguana; otros decían que porque en la mañana tres sujetos habían robado en una zapatería y querían, con esta redada, detectar a algunos de los integrantes de las bandas de ladrones de casas habitación que se habían multiplicado, asolando en las colonias de reciente creación. En fin, todos especulaban y analizaban; muchas ideas iban y venían, pero lo realmente cierto era el poder del Capitán Fernando: detuvo y soltó a quien quiso.

Juan ya lo había decidido: al bajar hablaría con el tal capitán, le enfrentaría como vio que le enfrentó el “Charras” y le diría: –Suélteme, yo no tengo por qué estar aquí– le sostendría la mirada y escucharía la orden: ¡Suelten a este joven! No tiene por qué estar aquí, pídanle disculpas.

En esos pensamientos divagaba cuando llegaron a la Estación de Policía.

Después de algunas maniobras del camión, bastantes bruscas, por cierto, se escucharon algunos gritos y órdenes, carreras y portazos provenientes de fuera, después, calma; sólo calma.

Allá, dentro del camión, todo era oscuro y sofocante. En la parte superior había unas rejillas por las que se filtraba un intento de luz; el camión no era lo suficientemente amplio para los casi cuarenta individuos que allí estaban; sudorosos; mezcla de perfumes baratos con malos olores; algunas flatulencias y mentadas de madre hacía que ese pequeño recinto se aproximase a lo que podría ser un infierno. El infierno, pensaba Juan, debe ser parecido a esto: Caliente, apestoso y oscuro.

Cerca de una hora estuvieron allí.

De pronto, sin aviso alguno, se abrieron las puertas para dejar salir ese horrendo bochorno y dar paso a una oleada de aire fresco que reavivó a casi todos y nuevamente los gritos: –Para abajo raza; mucho cuidado con desviarse.

Una valla de policías con toletes, cascos protectores y caretas señalaba el camino al edificio que se encontraba a no más de tres o cuatro metros de distancia. Un gendarme desarreglado les conducía, poniéndose al frente.

Pasaron por un área de recepción de la guardia, unos pasillos y las celdas, estas eran varias, pero a todos los pusieron en una sola y fue cerrada la reja.

El guardia que les condujo al frente terminó de echar los cerrojos y despidió a los pertrechados. Les indicó que se estuvieran sosiegos, iría por agua para calmarles la sed, pero cualquier griterío le haría cancelar la tarea.

Pasados unos momentos, regresó con un cubo de acero galvanizado lleno de agua y dos vados de plástico, mismos que les dejó junto a la reja.

– Se lo dividen con calma. Si la tiran, no traigo más– les dijo.

Como pudieron, empezaron a tomar agua uno por uno, formando cola para poder acceder a los vasos. La voz de ese gordo desarreglado parecía la del mejor instructor que hubiese conocido; fue lo suficientemente convincente para que estuvieran calmados, no obstante que se encontraban bastante incómodos. ¿Por qué les habrían metido en una sola celda, cuando frente a ellos había más vacías, y las otras tres que conformaban el conjunto tenían pocas personas?

Naser Badí Xacur Baeza

Continuará la próxima semana…

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