La Puerta (XI)

By on enero 11, 2018

LA_PUERTA-11

XI

Escape

Carlos Robertos deambulaba sin rumbo aparente en su vehículo. Sentía la piel reseca y la luz del sol afectaba sus pupilas. Recién había dejado a un pasajero al que prácticamente le gruñó cuando bajó del coche.

Decidió acercarse a la Plaza Grande de Mérida, para ver de cerca la misteriosa puerta, que seguía rodeada de fanáticos apocalípticos y de vigilancia. Estacionó su coche a unas calles, en franja amarilla, y se dirigió hacia el zócalo. La espalda le causaba escozor y la tentación de rascarse era imperiosa. Decidió abrirse la camisa para aliviar la presión.

Mientras caminaba, sin darse cuenta, el pelo se le comenzó a caer. La gente que lo veía pasar no disimulaba una mueca de desagrado al verlo. Su andar se iba transformando en un arrastrarse, y los zapatos le molestaban por lo que decidió quitárselos. Al retirarlos de sus pies, notó que las uñas le habían crecido sobremanera, pero el contacto de sus plantas con el asfalto le produjo placer y pronto dejó de fijarse en ese pequeño detalle. No detectó que sus uñas siguieron creciendo.

Conforme se acercaba a la Plaza, el número de gente aumentaba, pero él no tenía problemas en avanzar: por alguna extraña razón todos lo evitaban y él se podía trasladar con mayor facilidad hacia su objetivo.

Como autómata, pronto llegó a la primera línea de vigilancia y observó con pupilas amarillentas que, detrás de otras dos líneas similares, se hallaba lo que estaba buscando, la causante de la mayor impresión que había recibido en su vida, la razón por la cual –sin saberlo– se estaba transformando: la puerta.

Robertos pensaba que estaba tocando el hombro del primer vigilante. Los que observaron la escena dijeron que un lagarto que caminaba en dos patas había lanzado un zarpazo a uno de los guardias. Lo que siguió fue el pandemonio: ante el aluvión de sangre que se desprendió del muñón de la ahora ausente extremidad del guardia, los gritos fueron escalando.

El reptil penetró la primera línea con facilidad, y con suma rapidez atacó la segunda valla, ante la sorpresa de los guardias, que no atinaron a dispararle debido a la cercanía de sus compañeros. Tres guardias más cayeron ante el feroz ataque, y ya la sangre mojaba la planicie de la Plaza Grande, deslizándose a los jardines, salpicando algunos de los famosos confidentes.

Robertos se dirigía con certeza a la puerta, con la intención de atacarla.

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Muraki buscó cuidadosamente en la bolsa de su bata y sacó un objeto hexagonal, sin perder de vista los movimientos de Collins. Presionó el centro del objeto y un dardo de 2 milímetros de diámetro fue expulsado, clavándose en la espalda del general.

Al sentir el impacto, Collins giró sobre sus talones, listo para abalanzarse sobre quien le hubiera disparado. Al finalizar el giro, se desplomó, ante la sorpresa de los demás.

“¡Rápido! ¡Ayúdenme a llamar a los guardias para que lo vengan a atender!” gritó Muraki al grupo, sacándolos de su sorpresa.

Yuri fue el primero que llegó a la puerta del búnker, golpeándola y pidiendo ayuda a los guardias.

Chuck miró primero al desvanecido general, y luego a la doctora Muraki.

“Vera, Fontanot, Schenker: hagan todo el ruido que puedan para que acudan pronto. Me temo que la condición del general no durará mucho.”

Los guardias irrumpieron en el cuarto y, al ver a su líder caído, se inclinaron sobre él para revisarlo. Dos dardos más se incrustaron en ellos, cayendo desmadejados junto a Collins.

“¡Carguen con Collins y salgamos de aquí!” ordenó Muraki. Fontanot y Yuri cargaron al general.

Chuck, acercándose a la doctora Muraki, le dijo: “Es la primera vez que veo a un Anunnaki en persona, doctora. Ojalá y tengamos tiempo de platicar. Hay tanto que deseo preguntarle.”

“¿Anunnaki?” preguntó Vera.

“No hay tiempo para explicaciones, lamentablemente. Salgamos de aquí y los pondré al tanto cuando estemos a salvo.”

Muraki asumió la dirección del grupo y, con particular eficiencia, fue despachando a cada uno de los guardias que aparecieron en el trayecto hacia la salida del búnker, inoculándolos con sus dardos.

Agotados, con el desvanecido Collins a cuestas, emergieron de las entrañas de la tierra a la luz del sol. Se encontraban junto a una de las pistas del aeropuerto de Mérida.

Muraki retiró uno de sus pendientes – en forma de lágrima – y lo introdujo en el centro del dispositivo hexagonal. Un zumbido surcó el aire.

“Listo. He enviado una señal de alarma que se transmitirá a la nave más cercana. Pronto vendrán por nosotros.”

Asombrados, todos vieron cómo el panorama parecía temblar y desvanecerse temporalmente. Ante sus ojos, de repente, en una de las pistas, se materializó un disco que envió un destello en su dirección.

“¡Pronto! ¡Abordemos!”

Aún sin creer lo que estaba sucediendo, Schenker, Fontanot, Yuri, Vera y Chuck abordaron la nave a través de la plataforma retráctil que estaba ante ellos. Junto a ellos, vieron flotar el inerme cuerpo de Collins, que se perdió en el interior de la nave.

“He dado instrucciones de que lo aseguren y de que lo restrinjan. Lo necesitamos para poder revertir los planes, para que se logre la alineación de las puertas y la Humanidad finalmente alcance el potencial para el que la hemos preparado.”

Chuck fue el primero en darse cuenta: “¡Doctora! Acabamos de escucharla perfectamente, y no movió usted los labios en ningún momento.”

Sonriendo, Muraki le contestó: “Los Anunnaki no necesitamos utilizar las cuerdas vocales, Chuck. Nos comunicamos telepáticamente.”

“¡Wow! Esto ni en mis mejores videojuegos me lo pude haber imaginado,” exclamó entusiasmado Yuri.

“De hecho, a través de los videojuegos hemos intentado comunicarnos con ustedes, para que recuperen esos ánimos de alcanzar las estrellas y, en ese afán, olviden sus peleas, concentrándose en misiones de mucho más valor para la raza humana.”

“Les hemos observado a distancia durante mucho tiempo. Les dimos instrucciones a sus ancestros, instruimos a algunos de ustedes, dejamos señales en muchas de las construcciones que han soportado el paso del tiempo. Les confiamos las maneras de lograr alcanzarnos en las estrellas, pero de una u otra manera nuestras expectativas se venían a tierra cuando un líder acaparaba la información para encontrar cómo usarla en su beneficio, o la escondía para que nadie más poseyera el conocimiento.”

Schenker y Fontanot finalmente lograron formular pensamientos ante las palabras e imágenes que Muraki había plantado en sus mentes. Vera había tomado la mano de Yuri, y éste no la soltaba.

Chuck finalmente entendía lo que estaba sucediendo y, maravillado, asentía cada vez que las palabras que reverberaban en su cerebro se convertían en imágenes, y se unían con los conocimientos adquiridos tras años de investigaciones.

De manera audiovisual, Muraki mostró a sus pasajeros las evidencias de sus palabras.

“Cuando apareció el primero de los portales, entendimos que era necesario que nos infiltráramos en las fuerzas del general Collins, para saber sus planes y, como ha sucedido, intervenir si fuera necesario. Adquirí esta apariencia para formar parte de su equipo, y henos aquí, al borde de la más grande experiencia que la raza humana puede experimentar.”

“Mi raza pasó por un proceso similar hace millones de sus terrestres años. Ignoramos quién creó los portales, pero sabemos que, bien utilizados, pueden catapultar a una civilización. Nosotros somos ejemplo de ello.”

“Es tiempo de actuar… y ustedes nos ayudarán a que esto se logre.”

Continuará…

Alpaso

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sergio.alvarado.diaz@hotmail.com

 

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