La influencia paterna en la construcción del miedo

By on junio 7, 2018

Colombre_1

Adán Echeverría

Stefano Roi, personaje que Dino Buzzati describe en el cuento “El colombre”, quiere volver al mar, porque, como dice Melville: siempre hay un momento en la vida del hombre en que le da por volver al mar. A Stefano ese momento le llega cuando ocurre la muerte de su padre, una vez que ya ha estado lejos tantos años de la costa, de aquel puerto donde naciera. Stefano es hijo de un capitán de barco; al cumplir los doce años su padre lo lleva, como su regalo de cumpleaños, a bordo de su barco en uno de sus viajes. “Cuando sea grande, quiero surcar los mares como tú”. Pero todo aquello que un día era mirar al padre como un héroe, se puede volver la prisión para el pequeño que admira. En la narración, el ingenio de Buzzati lo narra mezclando la leyenda marina con la fantasía del cuento de hadas, sin dejar de hacer un guiño al canon: leviatán, sirenas, dioses marinos, magia, las mil y una noches. En el cuento “El Colombre”, el pequeño Stefano descubre algo en el mar que va siguiendo el barco: “Cuando se asomó a la popa, el chico, picado por la curiosidad, se detuvo a observar algo que pare­cía avistarse intermitentemente sobre la superficie del mar, a una distancia de unos doscientos metros siguiendo la estela del barco.”

¿Qué podía hacer el chico de 12 años ante la maravilla que miraban sus ojos, y para lo que su experiencia no tenía respuesta que preguntar a su padre, el capitán, el hasta entonces héroe de su vida?

—Papá, tienes que ver esto.

El padre se acercó y miró también en la dirección que le indicaba el niño, pero no consiguió ver nada.

—Hay algo oscuro que asoma cada tanto al final de la estela, algo que nos persigue.

(…) viendo que el hijo insistía, fue a por el catalejo y oteó la superficie del mar, siguiendo la estela del barco. Stefano vio entonces a su padre ponerse blanco.

—¿Qué es? ¿Por qué pones esa cara?

—Ojalá no te hubiera escuchado –exclamó el capitán–. A partir de ahora no podré dejar de preocuparme por ti. Aquello que ves asomarse por las aguas y que nos sigue es algo que en adelante te importará. Es un colombre. Es el pez más temido por los marineros de todos los mares del mundo. Una especie de escualo espeluznante y misterioso, más astuto que el hombre. Por motivos que quizás nunca se consigan saber, elige a su víctima, y cuando la tiene elegida la persigue durante años y años, durante toda la vida, hasta que al fin consigue devorarla.”

Usted puede imaginar lo que ocurre en un pequeño de doce años ante tal sentencia hecha por su padre: “Tendrás que desembarcar y no te arrimarás nunca más a la costa, por ninguna razón.”  Verlo exigir a su tripulación que regresen a puerto. Luego pedirle a su esposa que envíen lejos del mar al pequeño Stefano, sin darle mayor explicación. El chico no podía hacer otra cosa que tener miedo, ¿al colombre o a la desobediencia paterna? Para el chico, su padre es quien sabe, hay que obedecer. ¿Acaso no es el miedo algo que nosotros mismos sembramos en nuestros hijos?

Tenía Alejandro 5 años de edad cuando mirábamos el mar desde un muelle en el puerto de Sisal. Le mostré cómo debía lanzarse al agua (calculaba dos metros de altura hasta la superficie marina). Me lancé, y al emerger no pisaba. Otros dos metros de profundidad. El agua era turbia para esa temporada. Mi hijo preguntó: “¿Me lanzo, papá?” No sentía miedo; vivía una aventura. “Lánzate.” Se tapó la nariz con los deditos y brincó. Han sido los segundos más horribles de mi vida: lo vi desaparecer al hundirse. Emergió y lo sostuve en brazos. Sangraba de la nariz. Sus dedos le rasgaron la mucosa. Nada grave. Su madre me quería matar. Mi hijo reía: “¿Me lanzo de nuevo?” El miedo: o es experiencial o se enseña.

A Stefano lo enviaron a estudiar lejos; en vacaciones se acercaba al mar y comprobaba que ahí seguía su colombre, vigilándolo. Decidió enfrentar esa obsesión. A los 22 años “regresó a su ciudad natal para comunicarle a su madre la irrevocable decisión de seguir el oficio paterno.” El padre había muerto, y por más que Stefano había intentado mantenerse alejado del mar –estudios, amigos, relaciones de pareja–, su verdadero amor aún mantenía ese salado sabor marino en su conciencia. Decidido a todo vuelve, ante la alegría de su madre, pues su lejanía del mar le había parecido una traición a las costumbres familiares. Stefano comenzó a navegar dando muestra de sus cualidades como marinero, y el colombre iba tras él. La leyenda de los hombres de mar continuaba, leyenda que, como le había pasado a él, pasaba de viejos a jóvenes marineros: “Si un colombre estuviera siguiendo esta nave, quiere decir que alguien de nosotros está perdido.” Ante esa persecución, Stefano ponía todo el empeño en salir adelante sin mostrarse temeroso. Tardaba más en tocar tierra que en volver a hacerse a la mar.

El éxito y la fortuna vinieron a él, que con tanto empeño se mostraba; pero ni así lograba apartar de su mente a aquel monstruo marino que no dejaba de perseguirle. Entrado ya en la vejez, sin haberse casado nunca ni haber tenido descendencia, cuando se sintió próximo a morir decidió lanzarse en una pequeña barca a enfrentar a su enemigo marino. Solo en el abierto océano, el colombre se levantó del agua y quedaron uno frente al otro: “¡Huías, huías… y no has comprendido nunca nada!” El monstruo tenía un encargo del Rey del Mar para darle a Stefano un obsequio, pero ahora todo era demasiado tarde.

¿Qué pensamientos habrán inundado a Stefano en los últimos momentos, al tener en sus manos aquel objeto, y ver alejarse al colombre luego de haber cumplido su encargo? ¿Acaso su padre lo había engañado con dolo? No. Su padre creía igual en aquella leyenda y buscaba proteger a su hijo. Protegerlo de lo desconocido. Infundirle un temor sobre algo que no sabía por experiencia. Habitar en ese paradigma mental en el que la leyenda había sumido a los marinos. Leyenda que, con la habilidad del escritor italiano, nos queda claro seguiría existiendo ya que sólo a Stefano se le había revelado y nadie podía saber el final de esta historia ni lo que aquel monstruo le entregara. Mucho deberemos cuidarnos de no ser como el padre de Stefano para generar miedo en nuestros hijos.

Ahora repasemos a otro tipo de padre. Aquel que usa a sus hijos como moneda de cambio. Julio Ramón Ribeyro, en su cuento Interior L, nos muestra no solo la pobreza, la indignación y la falta de oportunidad de cierto sector de la población de muchos países de Latinoamérica, sino de cualquier parte del mundo; nos muestra el comercio que, desde la familia, se hace de los hijos. Se trata de un cuento genial en la construcción de la línea de tiempo: nos habla desde un falso presente, nos hace viajar hacia el pasado, luego volver a ese falso tiempo presente, para anunciarnos el presente real del tiempo narrativo, y Ribeyro evidencia la triste realidad por la que ha tenido que pasar Paulina, la hija de un reparador de colchones.

Una familia que ha sufrido esas pérdidas que en la pobreza ocurren por enfermedad, como arrebató a la esposa, o por accidente, como el que les quitó al hijo varón. Solo quedan el colchonero y su hija Paulina, de apenas quince años; meses atrás fue violada, quedó embarazada, por vergüenza decidió dejar la escuela, y ha ocultado lo sucedido a su padre, pero a punta de golpes le sacan la verdad.

La ignorancia del colchonero hace que vaya por el barrio contándoselo a todos, mientras bebe en la cantina, buscando la opinión de sus vecinos para saber cómo proceder contra aquel violador, que no puede negar le asusta por su físico: “un zambo fornido y bembón, hábil para decir un piropo, para patear una pelota y para darle un mal corte a quien se cruzara en su camino.” Azuzado por su compadre, decide enfrentarlo, pero bastó tenerlo de frente para recular y decidir que su hija Paulina había sido la única culpable –“Tuvo delante suyo a un gigante con las manos manchadas de cal, el rostro salpicado de yeso, y la enorme zamba emergiendo bajo un gorro de papel” –, el victimario impulsado en la hombría le gritó: “¡Ella me buscaba!”

Asustado, y decaído, consulta un abogado: “¿Su hija tiene sólo catorce años? Entonces hay presunción de violencia. Eso tiene pena de cárcel. Yo me encargaré del asunto.” El colchonero, envalentonado, decidió encarar de nuevo al violador, al grado de que éste y su jefe, el ingeniero de la obra, se presentaron en su domicilio para ofrecerle un trato que dejara a los jueces y abogados afuera. Acuerdo que los tres hombres, y hasta la pequeña Paulina, celebraron bebiendo cerveza: “Ella también bebió un dedito y los cuatro brindaron por el acuerdo.”

Un “alto de billetes”, señala el escritor era lo que el ingeniero y el violador de la menor dejaron en la mesa al retirarse. “Se dieron el lujo de admitir un perrito,” señala el escritor con esa ironía con que decidimos adquirir lo innecesario. El colchonero dejó de trabajar durante “más de quince días”, viviendo en la felicidad y la juerga con sus amigos de vecindad. Mientras que Paulina a los ocho meses de embarazo tuvo un aborto en la soledad, sin aquel su padre que tanto quiso defender su honra, pero que a la hora del dolor se hallaba de juerga en el hipódromo.

El “alto de billetes” termina de gastarse en medicinas para salvar a Paulina. El padre vuelve al trabajo, maldiciendo su pobreza, añorando aquellos días que pudo gozar en algo la economía de la vida: “Y si ese tiempo pudiera repetirse… ¿era imposible acaso?” Y entonces el colchonero recapacita en el cuerpo del que ahora goza su Paulina: “Su espalda amorosamente curvada, sus caderas anchas. La maternidad le había asentado,” se dice el colchonero sin dejar de pensar en que, después de todo, no sería mala idea que su hija volviera a salir con aquel hombre que la había violado; le pregunta a su hija por qué no lo buscas, y recibe como respuesta: “Mañana no estaré por la tarde.”

¿Qué nos deja el cuento Interior L? ¿Acaso las hijas son monedas de cambio para mejorar nuestra economía? El machismo de este personaje queda bien retratado por el escritor peruano, y nos tiene que llamar a la reflexión, a la diversión colgada en la ironía, que nos damos cuenta de que este espantapájaros jamás se preocupó por su hija, como tampoco se preocupó por su hijo que muriera en la pobreza, o por su mujer. Esto queda bien retratado al mirar al colchonero dejar de trabajar cuando le cae ese “alto de billetes” que el autor bien alcanza a dibujar en la historia.

No debemos dejar de pensar en los hijos, tanto como en los demás infantes, respecto del Bien superior de la Infancia. Los niños no son adultos pequeños, los hijos no son para llenarles de nuestros miedos, para vivir con ellos nuestras frustraciones, haciéndolos desde pequeños “gigantes de algún deporte”, andar de club en club mostrando los videos de nuestros hijos con la esperanza de que los contrate algún club importante. Pero tampoco tenemos que pensar que hacemos bien queriendo que nuestros hijos sean los grandes lectores de Tolstói o de Sartre a la corta edad de 8 años.

Necesitamos hacer que los niños vivan felices, se diviertan y aprendan, que dejen de tener miedo, que sepan que cuentan con sus padres, que aprendan a dudar, que nos dejen de ver como los grandes héroes que todo lo pueden resolver, y vean a los padres como los seres humanos que son, capaces de equivocarse. Siempre estaré en contra de aquel mandamiento que dice: “Honrarás a tu padre y a tu madre”, porque todo aquello que tiene que ser ordenado, no puede ser algo natural. Lo natural en el hijo es la desobediencia, y mal han hecho las religiones al plantear como un “pecado mortal”, cuyo castigo es irte al infierno, la desobediencia de los niños. Ese ideario ha construido padres y madres explotadores de sus hijos e hijas. Ese ideario, como queda claro en los dos ejemplos de cuento que hemos revisado, nos evidencia que los hijos son el resultado de las equivocaciones de sus padres.

Estamos a tiempo para darnos cuenta.

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