La Ejecución de Claudio Alcocer (II)

By on enero 11, 2018

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II

Obstinados golpes en la puerta arrancaron de su hamaca al general Vega cuando todavía no se manifestaba el primer sol. Se levantó tambaleante y manoteó buscando el quinqué, entre las tinieblas de su cuarto. Hizo luz y a esa mortecina claridad pudo ver el Ansonia que marcaba las cuatro de la mañana. Abrió entonces la puerta. Un adormilado recadero le escupió esta orden conminatoria: “Mi general Cituk exige su inmediata presencia en el cuartel”.

Se vistió con la prisa del miedo y acompañó al recadero hasta el cuartel: ahí presenció contristado, el rudo interrogatorio que cuatro indios enfurecidos disparaban contra Alcocer. Cituk estaba furioso. Sin dejar de dar bofetadas al prisionero, lo cuestionaba sin descanso. Ya sabía de la fuga.

Claudio Alcocer trató –en vano– de explicar la situación. Cituk ignoró, con vasta intolerancia, esas ineficaces explicaciones y de pronto, mirando hacia un punto perdido en la techumbre del cuartel, comenzó a decir algo: habló de la necesidad de ejecutar a los prisioneros, habló del respeto que se debía a la Cruz Parlante, habló del odio que su raza sentía contra los blancos que eran malvados y traidores, habló de la grandeza de los viejos mayas, habló de Dios y de la Virgen y de la Gloria. Todo esto dijo, sin siquiera mirar al prisionero.

A las 4:30 de la mañana, una oscura escolta de indios armados con primitivos máusers condujo a Alcocer a la ejecución.

A las 4:33 pasaron por la iglesia.

Alcocer pensó en ganar tiempo y pidió con voz estremecedora que se le permitiera como último deseo entrar en el templo para encomendar su alma a Dios. En realidad, abrigaba esperanzas de que Cituk cambiara de idea y mudara su decidida ejecución en otra manera de castigo.

El cambio no se dio en Cituk y la procesión retomó el paso y prosiguió hasta el lugar del fusilamiento.

III

(4:38 de la mañana.

Las tinieblas han empezado a disiparse.

No recuerdas (no recordarás nunca) el instante en que, saltando como una bestia herida, arrebataste el rifle a uno de los indios de la escolta y encañonaste a tus sorprendidos custodios.

Pero, pasando el raudo asombro de esa imprevista audacia, aquellos hombres se abalanzaron sobre ti con los fogosos machetes en alto.

Tú apretaste el gatillo, pero nada ocurrió. El arma, senil, no hizo fuego.

Entonces blandiste el máuser como garrote, golpeaste a algunos, tumbaste a otros, hasta que sentiste el intolerable calor en tu brazo derecho y viste la sangre, tu propia sangre chorreando de los machetazos que te estaban propinando los otros indios en ambos brazos, y en las piernas, y en la espalda, y al fin te desplomaste, agobiado de tajos de machetes leales.

Y besaste con beso de fuego el álgido suelo de la madrugada y aún respirabas cuando los indios te ataron una larga cuerda de henequén al cuello y te arrastraron un gran tramo y pudiste ver, en un vertiginoso parpadeo, que una mujer de rodillas se abrazaba a las piernas del general Cituk e imploraba que te dejaran en paz y Cituk le gritó algo que no comprendiste y la mujer –que era la tuya– se marchó sin dejar de llorar.

Luego te siguieron arrastrando y ya no viste que te metieran hondo en un pozo sin brocal y que cientos de piedras arrojadas desde lo alto por manos iracundas fueran dando sepultura a tu devastado cadáver).

Roldán Peniche Barrrera

Continuará la próxima semana…

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