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La Caída

By on junio 7, 2018

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Annia Bautista

Nos amamos. Siniestro es que el amor conjugado, en presente y pasado, se escriba exactamente igual; en el futuro la promesa del verbo alarga no sólo el tiempo sino la palabra.

Todo empezó. Nos entendimos. Nos conectamos por nuestra afición al Vacío; fuimos-somos fanáticos de La caída, primero en la filosofía, luego en la red, después en el hotel. Aburridos de gente que siempre quiere estar delante o arriba, formamos el canal de un chat con nombre “La caída”, y así nos conocimos.

Fue impulso. En realidad, no esperaba encontrar a nadie, simplemente me gustaba el título; pensé que si alguno se tomaba la molestia de preguntar a qué me refería podía revelarme a través de la respuesta, eso sería suficiente logro. Pero algo mejor ocurrió: me respondió desde su individuo creando “La caída 1″. Me invitó, lo acepté y conversamos.

Si queríamos dedicar nuestra vida a la caída, era hora de empezar a dedicarnos presencial y físicamente. Rolando, un amigo, me había dejado a cargo de su hotel en ruinas; digo ruinas porque los cuartos no tenían más que tapiz podrido, pero el elevador aún funcionaba y, si no, sería nuestro riesgo adivinarlo. “Estará bien hasta que deje de estarlo,” es lo que solía decir mi camarada.

Lo invité a mis ruinas, emocionada porque, al fin, “el compartir” tuviera algún significado.

Con “el elevador”, mil conclusiones y bromas hicimos debido a nuestra afición y el objeto-lugar que lo hacía posible. Hasta creer que sólo nos atraía la conexión entre lo divino que adjudicamos a elevación y a la caída. Algunas veces escalábamos por los cables que sostenían al mismo elevador; otras subíamos por la escalera los 19 pisos que formaban el hotel. Todo lo necesario para entendernos en la distancia que había entre lo que considerábamos sacro.

Atados por la cintura, nos arrojábamos gritando al mismo tiempo. Nunca lo ensayamos, y eso nos dio la idea de ser instrumento de la caída; es ella la que se representaba mediante nuestros cuerpos, pensábamos. Tomados de las manos, justo antes de soltarnos al vacío – “¡¡Hasta abajooooh!!” – se escuchaba el eco de los dos por todo el hotel mientras descendíamos. Entendimos la velocidad del sonido, creamos nuestro propio mundo, teníamos lo divino y una visión del plan de Dios que carecía de errores. Todo era construcción de lo mismo, un círculo sin principio ni fin; todo estaba conectado.

Nos atrevimos a llevar nuestro mundo a otros hoteles. Éramos ya expertos en burlar cerrojos, pantallas de vigilancia y puertas que abrían al contacto dactilar. La red nos lo había dado todo. Siempre juntos “¡¡Hasta abajoooh!!”, hasta donde no hay más.

Nuestra relación no tenía futuro. ¿Y cómo iba a tenerlo si descendíamos siempre a lo más profundo, hasta lo último? Nos desenvolvíamos en el mundo como en la red: ascenso-descenso; allá aquellos que, teniendo la llave maestra, seguían aún viviendo en el pasado, conectados a su ordenador desde casa, sin raspones físicos, si acaso mentales.

Nos encerraron. Fuimos a una cárcel mixta: a las “autoridades” no les gustaba el descenso; mucho menos eran aliados de la caída, aunque ellos mismos la infligieran a los demás. No pensábamos permanecer mucho tiempo ahí, sólo lo suficiente para conocer el mundo tras las rejas. Era muy impresionante pensarnos parte del mismo mundo, pensar que “el hoyo” –como le llamábamos– era también parte de aquella distancia que nos hacía entender lo sagrado. Otro agujero negro de nuestro universo.

A pesar de que las conferencias que se ofrecían en prisión no eran del todo insignificantes –incluso reconstruyeron la vida de muchos ahí dentro– nosotros sabíamos más, y saber que hay más siempre es aliado de la aventura.

Decidimos escapar.

Formulamos el plan maestro.

Otro inquilino del hoyo quiso escapar con nosotros, dijo que ya había pensado en huir, pero que la apatía de los otros lo desanimaba siempre. Ver su rostro en las pantallas de vigilancia lo deprimía tanto que sus fuerzas se anulaban. Entonces terminaba convenciéndose de que quería quedarse, sin exigirse ánimo para no pelear contra él mismo.

Todo estaba listo y, para nuestra sorpresa, después de haber formulado el plan, resultó que las autoridades, confiadas en la mente maestra que controlaba las operaciones en el hoyo, olvidaron asegurar el elevador que sólo tenía cámaras; por ahí escapamos.

Todo fue muy rápido. Nuestro compañero parecía muy instruido en el tema: bajó tan veloz como nosotros. No sabemos si lo ayudó el impulso que estuvo conteniendo durante todo el tiempo que pensó en huir, o si se había convertido también en otro instrumento de La caída.

Tuvimos tiempo para descender por varios hoteles durante un par de años más. Sabíamos que las autoridades aún nos estaban buscando; nos dejaban amenazas en la red y nosotros, en respuesta, les dejábamos siempre el mismo obsequio: intervenciones de mierda en sus cámaras de vigilancia, eso los volvía locos. No soportaban que no respondiésemos con artilugios de la red, y odiaban lo orgánico.

Nos localizaron.

Él y yo huimos por un lado; nuestro compañero corrió en distinta dirección. Fue la última vez que lo vimos, y fue de perfil: corriendo se esfumó.

Subimos y descendimos no sé por cuántos lugares de la ciudad; luego decidimos separarnos para despistar.

Acordamos vernos en uno de los tantos hoteles que habíamos descendido.

Tuve miedo y pensé en lo final. Ninguno de los dos quería volver a prisión. Era preferible dejar por sentado la libertad en el descenso, el acercamiento a la cabeza de Dios, la última caída que rompiera la distancia.

Me obligó el sentimiento. Dejé una pregunta para él en la red –incluso en otro idioma, algo que habíamos acordado carecía de “estética del sentido” en la traducción a nuestra lengua–, programada para activarse en el momento en que mi respiración se detuviera, obligada por la autoridad, o por decisión propia. Pensé que entendería su respuesta de alguna forma. La red nos había acostumbrado a burlar la física, la química y la muerte. “Imposible” no existe en la memoria.

Logramos evadir la vigilancia. Nos encontramos donde habíamos quedado. Permanecimos ocultos durante algunos días en el hotel. Nos cambiamos de lugar otras siete veces: no queríamos que lograran rastrear nuestra ubicación.

Nos encontraron.

Teníamos el plan de correr en sentidos opuestos para que los gdrodos se desorientaran; yo corrí hacia mis ruinas, a él lo perdí de vista. Temía que lo hubieran capturado.

Dejé de correr y me escondí cuando noté que el jefe me perseguía. Yo conocía todos los recovecos del lugar y, cuando el jefe se acercaba, me escondía en el ángulo opuesto. Estuvimos así un tiempo, hasta que me vio.

Subí tan rápido como pude los 19 pisos. Estaba decidida a no regresar.

Subí al final del edificio con la mirada fija en el marco del techo que, sobre mi cabeza, simulaba la puerta al cielo.

La adrenalina me asfixiaba.

Al asomarme desde el techo, abajo lo vi a él: estaba a salvo, oculto tras unas pantallas de vigilancia. Sentí la presencia del jefe: estaba listo para atraparme, pero me puse los brazos cruzados en el pecho.

“¡¡Hasta abajooohh!!”

Sin despegar nunca mi mirada de él mientras me arrojaba al vacío, espontáneo, él gritó conmigo.

Caí a la par de nuestros ecos.

Todas las luces de la ciudad se ahogaron.

Salió de su escondite.

Solo las pantallas se encendieron: BEYOND THE BEYOND, WHERE?

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