El K’umché o Bonete yucateco

By on junio 11, 2017

El K’umché o Bonete yucateco

“Bonete” en las comunidades mayas de Yucatán es una palabra que no le es familiar a las nuevas generaciones de pobladores. Las gentes de mayor edad  tal vez la hayan escuchado pronunciar o conozcan su significado, ya que para ellos este árbol se llama k’umché. Este es un ejemplo de que nos enfrentamos a la amenaza de que nuestra lengua materna – “La Maya” – sea desplazada hasta hacerla desaparecer, al usarse cada vez más palabras castellanas con las que las nuevas generaciones nombran las cosas que ya existían. De la misma manera, este árbol y su fruto se encuentran en peligro de extinción, dado que son muy pocos los ejemplares dispersos en los montes. La gente antigua conoce sus propiedades y bondades medicinales. En distintas regiones de nuestro territorio y en otros países se le conoce bajo otras acepciones.

El nombre científico del árbol de Bonete yucateco, como se le conoce, es planta Leucopreuna mexicana, perteneciendo a la familia de las Caricáceas, Jacaratia mexicana. A sus frutos se les da el nombre de cuaguayote, en lengua náhuatl, o bonete.

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Para referirse a este árbol, por ejemplo, en Colima se le llama cuaguayote, nombre que proviene del náhuatl “Cuahuitl”- árbol, “ayotl”- calabaza, que en su traducción literal significa “Árbol calabaza” o “de calabaza”. También es llamado por las nuevas generaciones “árbol de bonete”, en castellano.

En lengua maya en Yucatán es conocido como “k’umché”, que puede traducirse como “k´um”, que significa “calabaza”, y “ché”, que significa “Árbol”. Se le conoce con otros nombres: en Guerrero se le llama cualsuayote; en Oaxaca y Chiapas se les dice papaya orejona o de montaña, y como papayón. También se sabe de su existencia y consumo en otros países como en El Salvador, Nicaragua y Costa Rica.

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Posee un fruto carnoso, de forma ovalada y tamaño de 13 a 18cm de largo y 4-6cm de ancho. Tiene semillas ovoides que miden entre 6 y 7mm de largo por 4.5mm de ancho, aproximadamente. La Jacaratia mexicana, o PileusMexicanus, es un árbol que puede llegar a medir hasta 12 metros de altura; su tallo es grueso y de corteza parda, con cicatrices foliares semicirculares en posición transversal y médula porosa. Las hojas tienen soportes muy largos y están divididas en tres y hasta siete hojuelas, unidas en un mismo punto; la hoja central generalmente es más grande, con un borde entero u ondulado. Las flores son de color amarillo pálido. El árbol crece de manera silvestre en los montes y su fruto es de temporada, es decir, solamente da sus frutos en un período – entre febrero y junio –, los cuales son muy demandados por los habitantes de los municipios en que se le conoce y se da.

El fruto tiene un color verde-amarillo por fuera cuando madura, y es ligeramente naranja por dentro. Su pulpa adquiere un color naranja un poco más definido, hasta alcanzar su maduración plena e iniciarse el proceso de pudrición. Este fruto presenta una forma y aspecto muy rara, y no es muy conocido en la actualidad debido a la falta de interés en su preservación, cultivo  y consumo, pasando desapercibido para la gente del campo, sobre todo en las nuevas generaciones. Tampoco se han difundido las bondades y beneficios que ofrece como alimento directo, su uso culinario, y sus usos en remedios curativos dentro de la medicina tradicional.

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Del árbol de K’umché (árbol calabaza) o  Bonete  yucateco, como se le conoce en las comunidades mayas, se puede aprovechar prácticamente todo:

  • En los frutos tiernos, la parte comestible se puede preparar para consumirse en forma de sopa como si fuera una calabaza o, cuando el fruto alcanza su madurez, en dulce
  • La pulpa de color anaranjado puede comerse sola o usarse para preparar una refrescante bebida, endulzándola y agregando jugo de limón al gusto
  • De las semillas se puede extraer aceite para comerciar, y también pueden consumirse como botana aunque en este caso deben ser previamente tostadas en un comal
  • Su fruto tan generoso ofrece látex o resina

La pulpa madura es rica en enzimas, y contiene las mismas propiedades digestivas aunque más enérgicas que la papaína, facilitando la digestión, y calmando el dolor e inflamación del estómago. La papaína es una enzima similar a la pepsina humana que desdobla las proteínas y favorece el proceso digestivo, por eso las personas sienten que les ayuda a digerir las carnes y las comidas pesadas.

La papaína tiene también propiedades analgésicas, o sea, calmantes del dolor. En algunas comunidades en las que esta planta y fruto se da se utiliza como una alternativa de medicina natural tradicional: su cáscara puede ser hervida y untada en el piquete de un alacrán, ya que actúa de manera eficaz contra el veneno del artrópodo.

El árbol de K’umché o Bonete Yucateco es un árbol digno de figurar en la horticultura tropical de todo el mundo. Acerca del origen de este árbol, se sabe es que el Bonete yucateco fue introducido al estado en el año de 1917 por el Dr. Mario Calvino, quien en esos tiempos fuera Director a la sazón de una Estación Experimental Agronómica.

Este árbol es de gran tamaño en altura, tallo grueso, esponjoso y cónico, dotado para su adaptación, y resistente a climas tropicales. Se sabe que el tallo de este árbol es comestible: los habitantes de algunas comunidades mayas recuerdan que, en épocas difíciles de carestía y hambruna, se añadía tallo de bonete rayado a la masa de maíz para hacer tortillas, siendo un uso similar al que se le dio a la semilla del árbol de ramón. En Cuba se prepara para su consumo en forma de dulce.

Referencias históricas del nombre

El término “Bonete” tiene varias acepciones.

Geográficamente, es el nombre de un municipio de la provincia de Albacate que pertenece a la comunidad de Castilla-La Manca en España. Este municipio desde finales del siglo XX se dedica a la industria y cultivo del champiñón. “Cerro Bonete” es un volcán en el noroeste de la provincia de La Rioja, Argentina, y “El rincón del Bonete” es el nombre de una central eléctrica de Uruguay.

El término bonete también es utilizado para designar a una especie de toca o gorra de seda, raso o terciopelo negro que forma parte de la indumentaria que se ponen en la cabeza los eclesiásticos y, antiguamente, los colegiales y graduados.

Existen diferentes tipos de bonetes que difieren en sus formas, por su confección, y en el uso que se les da. Por ejemplo, el de los eclesiásticos es de unos cuatro dedos de altura circular y uniforme, sobre el cual figuran cuatro picos iguales más o menos salientes de otros tantos espacios, a modo de corona, y normalmente una borla de flecos en su centro, la versión española de la birreta eclesiástica.

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El bonete eclesiástico español suele ser negro, ya que es usado por el clero que no ha alcanzado ni el episcopado, ni el cardenalato. No obstante, pueden darse múltiples diferencias en detalles, como la borla y el uso de cordoncillo como ribete. En términos generales, llevan borla negra los presbíteros. Los seminaristas solían usar un bonete sin borla, aunque en ocasiones era adornado con una borla azul.

Los párrocos suelen usar una borla de color morado, encarnada en algunas diócesis, según usos locales. Los canónigos españoles suelen llevar la borla de color verde, aunque algunos cabildos la usan roja.

Los prelados inferiores, monseñores, deanes, vicarios, etcétera, solían usar el bonete con ribeteado de cordoncillo del mismo color que la borla. Los obispos y cardenales usan, sin embargo, el modelo tradicional romano de birreta, con tres crestas planas en lugar de picos.

El de los colegiales suele ser cuadrado y esquinado, y el de los graduados, llamado birrete, tiene seis (o cuatro) lados y picos no salientes, con bellota negra o del color distintivo de su facultad, como los que usan hoy en día los graduados de las facultades locales.

“Bonete” en Germánico es el nombre que se le da a una insignia Germana.

Remembranza

Al referirme a este árbol y fruto, me es inevitable traer a la memoria recuerdos de la infancia.

Cuando niño, en la casa de mis padres y abuelos maternos – donde viví la primera década de mi infancia, en el municipio de Tekantó, “allí donde se da el pedernal amarillo” –, al final del terreno se encontraba un árbol de bonete con imponente altura y grueso tamaño en su tronco. Recuerdo que en los atardeceres, al caer el sol, miraba el árbol y sus frutos colgados, e imaginaba que eran murciélagos guindados de las ramas, esperando la llegada de la noche y la oscuridad para emprender el vuelo en busca de alimento.

Esa etapa de mi vida infantil ha sido significativa: me identifica con mis raíces en el medio rural en el que nací y me hace sentir parte de ese medio, todo por admirar el árbol del bonete. Desde esos años de mi infancia no había visto nuevamente un ejemplar de este árbol. Fue hasta hace aproximadamente unos dos años, en el terreno de uno de los fraccionamientos de desarrollo inmobiliario de la ciudad de Caucel, que descubrí la presencia de uno de ellos. Fue entonces que recreé mi mente, y mi sentido de la vista, para apreciar nuevamente lo imponente del árbol y la singular forma de sus frutos: era un K’umché.

Me pareció que se trataba de un árbol joven, cundido de enormes frutos que estaban en proceso de maduración para ser consumidos. En esa ocasión tuve la oportunidad de que el segundo de mis hijos me acompañara, lo que aproveché para que él conociera de ese árbol. Le narré mis recuerdos  y mis vivencias de la infancia sobre el árbol de bonete. Infortunadamente, en esa ocasión no tuve la oportunidad de que él,  como parte de una nueva generación, conociera más sobre este árbol, y pudiera probar y disfrutar del indescriptible y único sabor de sus frutos. Acordamos regresar pasado algún tiempo, calculando que los frutos ya hubieran llegado a su término de maduración. Grande fue nuestra sorpresa y frustración al regresar, pues al llegar solamente encontramos un terreno devastado por máquinas excavadoras, encargadas de preparar y allanar espacios para la edificación de casas habitación que allí habrían de construirse.

El pasado mes de junio se presentó nuevamente una oportunidad de retornar al municipio de Tekantó, del cual soy originario. Al llegar, acudimos a la casa en la que había vivido mis primeros años de infancia.  Caminé al sitio en el que una vez estuviese – años atrás – el árbol de bonete al que con anterioridad me he referido. Los recuerdos me hicieron hablar, y nuevamente platiqué con mi hijo sobre tiempos pasados y recuerdos de mis días de infancia vividos cerca de la naturaleza, en terrenos grandes, en los que cultivaba nuestro abuelo materno toda clase de árboles frutales. Bastaba con estirar la mano para proveerse en ese sitio de frutos, de verduras y hortalizas con nuestro abuelo y tío paterno, además de aves de traspatio.

Recordé los tiempos en que caminé con mi padre para acompañarlo a su jornada de trabajo en la hacienda San Diego, una de las tres principales Haciendas Henequeneras del municipio de Tekantó.

En mi memoria afloraron tiempos en que la hacienda funcionaba  a plenitud: todos sus equipos, aspectos y rincones, su máquina de raspa de hojas de henequén, los carros de bagaceras que se encargaban de transportar los desechos de la raspa, los tendederos del soskil, los corrales de caballos y mulas de trabajo para el arrastre de plataformas y trucks de trasporte que utilizaban para trasladarse hasta los henequenales.

Movido por esos recuerdos, decidimos acudir nuevamente a la hacienda San Diego. Al llegar, un panorama sombrío nos recibió. Un sentimiento de tristeza me invadió al mirar los desolados y destruidos edificios, devorados por las raíces de los arboles de copó (álamos) que, con el paso del tiempo, penetraron sus cimientos para erguirse sobre lo que otrora fueron fuertes edificaciones de mampostería bien cimentada. Otras más se observan derrumbadas por los efectos del tiempo, la humedad y el abandono.

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Edificios en ruina y camino de acceso a la hacienda San Diego.

Edificios en ruina y camino de acceso a la hacienda San Diego.

Al ingresar por uno de los accesos al casco de la hacienda, nuevamente tuve la oportunidad de estar frente a un árbol de K’umché cargado con frutos listos para ser consumidos. Sin pérdida de tiempo me apropié de unos cuantos y los puse en las manos de mi hijo, para quien resultó un fruto extraño que no conocía. Me preguntó con asombro: “¿Papá, qué fruto es este? Le respondí: “¡Así como lo ves, este fruto es un verdadero regalo de los dioses y de la naturaleza!” Le sorprendió mi respuesta. Me miró y sonrió mientras los bonetes seguían entre sus manos. Era ya el atardecer de ese día sábado, y el sol anunciaba su despedida para ceder el paso a la noche.

Allá arriba, los frutos del árbol de K’umché suspendidos de las ramas volvieron a cobrar vida en mi imaginación, como en los tiempos de mi niñez, cuando los veía como murciélagos guindados, listos para emprender su vuelo al llamado de la cercana oscuridad.

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Texto y fotos de Pedro Bacab C.

Fuentes:

  • Standley, P. C, Trees and Shrubs of México, p. 850.

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Atlas de las Plantas de la Medicina Tradicional Mexicana. Enrique Ramírez García. Ejemplar de S. H. Bullock. Instituto de Biología (UNAM).

Herbarios. CODAGEM.

Literatura.Botánica. García I. 1983; García I. 1984; Moreno N. 1980. Ecología. García I. 1983.

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