Humanismo en servilleta

By on mayo 10, 2018

Annia Bautista - Humanismo en  servilleta_1

Annia Bautista

¿Por qué si me dispongo a escribir debo siempre elegir entre los cuadernos del estante? ¿Hay algo que se esconda detrás de ese mecanismo? ¿Por qué no tomar simplemente una hoja y una pluma? ¿Se refiere esto a la necesidad de que lo expresado deba llevar una especie de apoyo? ¿Cómo sería escribir apoyándome sólo de mis manos?

Te vi. Blanca y cuadrada, con restos del chicharrón que comiera ayer. Pensé que, como servilleta, eras mi respuesta. Te tomé y, en vez de restregarte sobre mis manos o mi boca, como dicta la costumbre, delicadamente te puse sobre mi mano izquierda y te hice surcos de tinta azul con la derecha. Pero la pluma no parecía cooperar. Descubrí con tristeza que nada era diferente.

Todo este tiempo he debido escribirlo todo, desde, en y para mi mano. No puedo escapar.

El color de las ideas debo marcarlo con la sutileza de un pincel para no romper tus capas. Es poco lo que hacen solo dos manos, pero hacen todo para mí.

Iré más lejos, ahora que sé que nunca hubo un respaldo. Escribiré lo más alto que alcancen mis dedos y desde arriba, o desde abajo, mis pensamientos vagarán por el viento hasta que algo los aloje y vivan prendidos en la eternidad, hasta donde el aire o la calma me dejen llegar.

Hoy salí al patio y, acomodándome una pantufla, vi algo pequeño caer; era una especie de larva, desconozco la variedad de los de su especie. Mi primer instinto fue odiar, desacreditar esa grotesca vida; después, haciendo mis estiramientos mentales de la mañana, me pregunté si antes, cuando niño, les tuve asco. La verdad no lo recuerdo. Creo que no. Me dio rabia pensar que fuera otra de esas situaciones en las que descubro que algo me molestaba sólo por repetición.

Decidí acercarme.

Su movimiento era más bien acuoso. Bicolor, pero blancuzco en su mayoría, era oscura lo que hubiera creído era algo parecido a su cabeza, más bien donde se situaba su motor. Avanzaba y, siguiéndolo con la mirada, encontré a otros como él. Se movían más raros que el primero. Iban hacia el frente, y también rodaban a los lados. Unos parecían escapar de una alcantarilla pequeña, otros disfrutaban la alberca.

Vi a uno que tenía cara de Pepe. Así lo recuerdo. Seguí a Pepe con la mirada en su viaje; recorrió poca distancia. Su juego era salir de la piscina. Se empujaba hacia delante, moviéndose como si todo él fuera cadera, molusco al fin; subía una mini colina y luego se dejaba rodar y caer al agua. Después salió y ya no rodó, siguió derecho. Se encontró que en el camino había una basurita de su tamaño a la cual le hizo el amor violentamente: se restregó en ella como nunca lo había visto desde que lo conocí. Entonces pensé mejor llamarlo Iván.

Iván tenía tanta energía en su trasero, o al menos en lo que no parecía ser su inicio. Se movía frenéticamente. Creí que había encontrado su cita, por eso rodó tantas veces al agua: quería estar limpio y listo para su conquista. No sé qué planes tendría. Tal vez yo lo había seguido un día especial; tal vez llevaba tiempo viajando en esa alcantarilla y hoy logró salir.

Cuando Pepe aún no era Iván se veía mejor, más feliz. Rodando y chapoteando. Pero ahora que Iván siguió su camino y dejó atrás la basurita, se miraba triste, como ausente.

Lo volví a seguir en sus intentos por subir ciertas superficies. Lo vi caer. Pensé en ayudarlo a levantarse, ayudarlo a llegar. ¿Pero cómo iba a saber yo qué sería ayudarlo? Tal vez todo este tiempo sólo había querido suicidarse, por eso se arrojaba al mar.

Lo de basurita no duró; él debía estar muy afligido. Fue a tomarla por última vez, la besó con tanta pasión; ahí descubrí que su cabeza tenía también boca, o más bien como dos lengüitas que se notaba conocían muy bien a basurita.

Decidí sólo observar y no interferir con sus decisiones; luego pensé: ¿no será ese color oscuro su mierda?, ¿no será que este gusano lleva la mierda en la cabeza como el camarón? Después me di cuenta: ¡otra vez estaba desacreditándolo!

Pobre Iván, le deseo lo mejor, lo que sea que fuere, que encuentre lo que busca o lo que buscan los suyos.

¿Será que todos habrán salido a probar suerte, o a buscar comida? Sucede que estaban hartos de la alcantarilla y lo pactaron: saldrían y regresarían a contar sus experiencias.

¿Alguno me habrá visto o sentido? De alguna forma deben percibir esas cosas. Tal vez alguno me haya reconocido, digo, siendo vecinos. Bueno, tampoco sé si apenas se hayan mudado o cuánto puede durar su existencia. ¿Qué tal si me recuerdan como el maldito asesino de algún familiar suyo? ¿Qué tal si los descubrí hoy y no fue una casualidad? ¡Me llamaron telepáticamente! Yo qué tendría que haber estado haciendo en el patio este día.

¡Claro! Me pinté del trabajo; ahora tengo más tiempo. O tengo el tiempo para pensar en pequeñeces. ¡Otra vez juzgando! Sólo porque yo sea un gigante, y ellos insectos, no significa que son peor que yo; tal vez, al contrario, se la pasan con más diversión que yo, subiendo toboganes y rodando a la alberca, llamando a sus víctimas telepáticamente. No sé, tantas cosas: haciendo el amor al aire libre, frotándose sin el menor miedo o pudor contra todas las superficies. ¡Qué libertad! Seguro ese fue el plan de su venganza, hacerme quedar como imbécil.

Míralo, tan grande y ¿qué ha hecho? Levantarse tarde, faltar al trabajo. ¿Son esas sus libertades? ¡Pfff! Murmuran entre ellos: nosotros somos feos, indeseables, con mierda en la cabeza y disfrutamos de la vida más que tú. Escucho las risas que sus lengüitas les permiten. ¡Crueles! Es lo menos que me merezco por arrebatar una vida. Que se burlen de mí y de lo que consideraba como ventaja: mi tamaño.

¿Cómo recompensarlos si ni siquiera supe ayudar a Iván? Tal vez si lo convierto otra vez en Pepe pudiera sentirse mejor. Porque, dijeras tú, regálale una casa, un carro, pero eso no lo deseo ni para mí. Además, podría jurar que lo que Pepe busca es libertad y le basta con ser su propio vehículo.

Todavía lleva el mentón bajo. Son los residuos de Iván, pero se ve mejor. Lo del amor le pegó fuerte. No es fácil transformarse en otro en tan poco tiempo; pero tal vez sólo hablo por mí y para Pepe sí sea más sencillo. Tal vez es sólo un aferrado, y basurita era una histérica, y él en el fondo lo sabía: no iban a estar juntos para siempre, no estaban destinados.

Cuando había pensado recompensar a Pepe, se me ocurrió mandarlo con basurita de vacaciones, quizá a la alcantarilla del patio de enfrente para que no extrañara chapotear. Pero dije: ¡No! ¿Qué tal si, con mucha dificultad, han decidido darse un tiempo? Ya había dicho que no iba a interferir en su vida. Lo dejo que haga lo que quiera.

Tal vez hablé por mí (hasta donde mis manos tocan) al decir que no es fácil transformarse en otro en poco tiempo; hablé de más. Lo que sé hoy es que tuve que humanizar a otra especie para sustituir el asco por la empatía.

El mismo error de siempre: humanizar. ¿Por qué no pude querer a Pepe antes de ser Iván, o incluso antes de ser Pepe? ¿Por qué no pude sino quererlo como es, al menos ser indiferente a su diferencia? ¿Por qué tuve que arrastrarlo a la desgracia, vulnerarlo y sentir pena por él? ¿Es tan bajo el concepto que tengo en la jerarquía de seres con los que puedo convivir? ¿Es únicamente en los momentos más desolados que uno puede considerarse humano? ¿Es eso humanizar? ¿Situarse en una alcantarilla, sentir asco, desprecio, y transformarlo en una nostalgia empática?

Me transformo en humano cuando a pesar de mi repulsión me concentro en no olvidar que soy tan mortal como todos. Si es esto volverse más humano, como el discurso actual lo exige, entonces reniego de lo humano; quiero ser cada vez menos humano.

Tengo tanto que aprenderle a Pepe: él pudo transformarse, dejó su nostalgia, la guardó con Iván. Yo también quiero quitarme esta nostalgia que se alberga y se requiere entre los míos.

Me quedo con el asco y la aversión que conlleva mi especie. Pero no los compadeceré. No quiero arrojarme un día y suicidarme en una alcantarilla.

Si estoy aquí, o donde me encuentre, ¡voy a rodar y chapotear!

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