Horizontes gloriosos, contenciones mezquinas

By on noviembre 9, 2017

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Por José Juan Cervera

Uno de los grandes retos de la convivencia social radica en superar los juicios cómodos y los estereotipos que la costumbre impone a nuestra conciencia. Menospreciar el impulso constructivo que alienta en la condición humana equivale a suplantar la fluidez de la existencia con una imagen estática que niega la posibilidad de mirar en lontananza. Considerar que un poeta nada tiene que decir en abono de la vida comunitaria encierra un grave error de perspectiva, y una carencia notable de apreciación cívica.

Un espíritu sensible puede expresarse con soltura en terrenos que muchos considerarían vedados a su comprensión, e incluso puede hacerlo valiéndose de recursos que provee copiosamente su identidad de origen. Y lo hace sin perder de vista la tradición que lo nutre como fuente propicia para escalar alturas insospechadas.

El prolífico y el devorador es un texto ensayístico de Wystan Hugh Auden (1907-1973), quien desde el propio título rinde tributo a William Blake que, en Las bodas del Cielo y el Infierno, estremece con sus cantos a los abismos y las cumbres que la humanidad lleva dentro de sí, para remontar las fórmulas manidas que restan eficacia a sus vínculos con el universo.

En esta obra, Auden aboga por una reflexión global del desarrollo civilizatorio, señalando los hitos que marcan sus logros más intensos, a pesar de las interrupciones y las inercias que retrasan su devenir histórico. Escrita en medio de las aflicciones de la Segunda Guerra Mundial, su autor no pierde el optimismo en la capacidad del ser humano de reorientar su potencial creador aun al influjo del desaliento circundante.

Los tipos humanos que Blake esboza en su poema, y que Auden reformula en su alegato, apuntan al ser que crea y al que consume, al que ama la vastedad de su obra y el que la recoge deformándola en burdas manifestaciones; la acción de quien se prodiga al transitar en sendas tan riesgosas como promisorias, y la acechanza parasitaria de quien se sitúa a su vera para medrar con avidez.

Auden pasa revista a los aciertos conceptuales y prácticos de las doctrinas y los sistemas ideológicos que han pretendido guiar a la humanidad, como el catolicismo, el protestantismo, el romanticismo y el marxismo. Subraya también los desaciertos en que han incurrido, proponiéndose desentrañar los efectos que en su conjunto han significado en la vida objetiva de las naciones y de los individuos.

El Marxismo contribuyó enormemente a nuestra comprensión de la historia al destacar la figura del Hombre Creador, el productor de riqueza, oponiéndolo a la obsesión de los historiadores precedentes, la del Hombre Político, el consumidor. Nos ha hecho tomar conciencia de que la historia está compuesta por innumerables actos individuales que en su mayoría no son actos de guerra ni diplomáticos, sino actos de trabajo físico con materiales físicos.”

Sin restricciones dogmáticas, el autor integra las enseñanzas de Jesucristo con la filosofía de la historia que postula el pensamiento marxista, desafiando la rigidez que las ortodoxias prescriben en términos de una dualidad imbatible y de mutuas exclusiones. “Al destacar las motivaciones económicas de la acción humana, el marxismo no revela el egoísmo del hombre, sino la base real del amor humano. (…) Podemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos porque nuestra necesidad moral es igual. No hay amor sin reciprocidad.”

En este libro, que los editores de la traducción al castellano catalogaron en una colección de aforismos, W. H. Auden se muestra versátil en su estilo expositivo: así, presenta uno de sus capítulos en una serie de preguntas y respuestas en las que desmenuza sus argumentaciones ,para plantearse inquietudes como la responsabilidad ética del ciudadano, y la importancia que atribuye en ella al cultivo de las vocaciones individuales que hacen de la experiencia cotidiana un campo en expansión continua, un camino que moldea el paso sostenido.

El entusiasmo del hacedor alimenta la convicción de que la obra creada pueda diluirse en un orden unificado que se sobrepone a la contingencia efímera. Es admirable el propósito de Auden de transmitir, con su verso y con su prosa, la significación de una síntesis creadora en que predomine la idea de que toda iniciativa precursora del momento que hoy se vive es una parte sustancial del crecimiento propio.

W. H. Auden, El prolífico y el devorador. Prólogo y traducción de Horacio Vázquez-Rial. Barcelona, Edhasa, 1996, 172 pp.

 

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