Hamaca y Literatura (Continuación…)

By on diciembre 1, 2017

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Un poeta humorístico y costumbrista, José García Montero escribió un poema titulado “Mi catarro”, en 1965, del cual tomamos esta cuarteta.

“Me ha venido un constipado

pero de… de coger hamaca

(que en Yucatán, ¡Oh lector!

rara vez se coge “cama”)

De su estancia de adolescente en la ciudad y puerto de Campeche, nuestro ilustre don José Vasconcelos dejó constancia en su novela autobiográfica “Ulises Criollo”: “Por camas teníamos catres de lona con mosquitero, según el uso de toda la costa, pero pronto los chicos aprendimos a disfrutar de la hamaca, suspendida dentro de la alcoba. Tan bien me acomodé a ella, que muchos años después he podido recobrar sin esfuerzo la habilidad necesaria para sentarse, recostarse y dormir sin desasosiego. El uso de la hamaca sugiere un aspecto general de rusticidad y aglomeración de bohíos: sin embargo, Campeche posee abundancia de casas señoriales, sólidas y enjabelgadas de ocre o de rosa, o de azul, con balcones y rejas.

En líneas más adelante encontramos una sugestión poética: “Las bogas de piel tostada y recia musculatura trasudan la camiseta de punto, suspenden sus faenas y, tras el almuerzo, duermen. El comer abundante derrama el sudor sobre la piel bien bañada, pero luego la hamaca, al mecernos, finge una brisa.”

José Díaz Bolio, polifacético escritor, en su artículo “De Angélico reposo”, publicado en “Novedades de Yucatán”, externa juicios acerca de la hamaca que complementan nuestras apreciaciones. Lo reproducimos en parte:

“Si la comparamos con la hamaca, la cama resulta un lecho sin imaginación.

“¿Cómo puede un hombre común y corriente mantenerse en el aire al modo del primer ser humano que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina, recibiendo el hálito vital al contacto con un dedo de Dios?

“¿Cómo puede un hombre tomar la actitud de un ángel en vuelo, los brazos extendidos como si nadase y las piernas en indolente suspensión?

“¿Cómo puede un hombre cobrar, aunque sea momentáneamente, y hacerse la ilusión de que el espacio y no la tierra es su elemento natural? ¿Cómo puede mecerse en el aire, al mismo tiempo que se abandona al reposo? Y, ¿cómo puede reposar y al mismo tiempo gozar del movimiento? ¿Ofrece la cama tales ventajas? No.

“Comparándola con la hamaca, la cama es un lecho casi bárbaro. Obliga al hombre a estar rígido. Carece de ductilidad, de plasticidad y modelado. Carece de ese carácter complaciente de la hamaca, dispuesta siempre a tomar la forma del cuerpo. La cama obliga a tomar su forma plana, monótona y aburrida. Le falta variedad. Es casi un castigo.”

“Nosotros hemos contado no menos de cien modos o formas de reposar en la hamaca. O, mejor dicho, hemos llegado a la conclusión de que esos modos son infinitos, puesto que pueden ser variados o modificados sin restricción. ¡Cualquier Inspirado, puede en un momento de intuición, enriquecer el arte de reposar en hamaca!”

“No exageramos. Además, una hamaca significa, en relación con la casa, un adelanto en el ahorro. La hamaca se descuelga y amarra, para guardarse en minúsculo espacio. Es, por tanto, como una pequeña flor mágica que al abrirse se extiende para recibirle a uno.”

“Pero volvamos a esos infinitos modos de reposar en ella. Sobre los tres principios de longitud, oblicuidad y transversalidad, realmente puede hacerse milagros en ella. Sólo una cámara fotográfica o un hábil dibujante podría captar ese caleidoscopio que es el reposo en la hamaca, donde la caja del cuerpo, la cabeza, los muslos y las piernas cobran las más caprichosas formas sin que la hamaca se oponga. Si en la hamaca se realizan las tres dimensiones, y posiblemente, hasta la cuarta, puesto que un hombre en reposo puede tener un pie en tierra, meciéndose y variando continuamente de ángulo o punto de referencia.”

“Pero entre todas las hamacas, la yucateca, tejida con una red de hilos blancos o de diversos colores. Gracias a ese tejido de red, la hamaca yucateca tiene una suavidad que obedece los caprichos del cuerpo. De todos los lechos posibles, es el menos material. Aún recordamos las hamacas de blanco hilo de lino hindú con sus encajes en las orillas y las gozosas motas blancas, rojas o azules. ¡Algo digno del refinamiento oriental!”

Y el extraordinario escritor colombiano Germán Arciniegas, gloria de América, en su artículo “La Isla de la Hamaca y el dragón”, publicado en el Diario de Yucatán, dice al inicio: “A las Bahamas hay que llegar por el aire. El pobre Colón, marineando, apenas pudo fondear en Guanahaní, y torcer rumbo para no internarse en un archipiélago de bajo fondo, cayos, arrecifes. De lo que vio, dos imágenes impresionaron a los europeos por varios siglos. La primera: un dragón de cinco pies de largo –la iguana– verde monstruo parecido a una invención mitológica que los indios tenían por animal doméstico. Lo segundo, la cama de red para dormir en el aire –la hamaca– tan buena para poder soñar como el humo azul del tabaco. Estas dos únicas maravillas –y el tabaco– bastaban para darse cuenta de que se entraba en un universo lleno de humo y sorpresas.”

De las generaciones actuales el Lic. Rodolfo Ruz Menéndez descuella por su serenidad de juicio y sus métodos de investigación. De su reciente, último libro “Por los viejos caminos del Mayab”: Mérida. 1973. Capítulo La Patria Lejana. Página 37: “… Otra característica típica de Yucatán es la de que sus habitantes no duermen en cama, como es de uso común y corriente en el mundo, sino elaborada hamaca de hilo inglés, las gentes de posibles, o de mecate de cáñamo, los humildes. El yucateco ama su hamaca, que le da un dulce y refrescante sueño y no puede explicarse cómo, en zonas tan calientes como la de Veracruz, por ejemplo, sea necesario tenderse sobre un colchón para echarse a sudar por todos los poros del cuerpo”.

GARCÍA MARQUEZ Y LA HAMACA

En su extraordinaria novela “Cien años de soledad”, merecedora por ella sola de un Premio Nobel de Literatura, el colombiano inventor de la existencia de ese pueblo llamado Macondo menciona una estrujante escena transcurrida en la americana hamaca. De esa realista y fantasiosa obra, cumbre de la literatura hispanoamericana contemporánea, transcribimos los siguientes párrafos: “Una tarde cuando todos dormían la siesta, no resistió más y se fue a su dormitorio. Lo encontró en calzoncillos, despierto, tendido en la hamaca que había colgado de los horcones con cables de amarrar barcos. La impresionó tanto su enorme desnudez tarabiscoteada que sintió el impulso de retroceder. “Perdone”, se excusó. “No sabía que estaba aquí”, pero apagó la voz para no despertar a nadie. “Ven acá”, dijo él. Rebeca obedeció. Se detuvo junto a la hamaca, sudando hielo, sintiendo que se le formaban nudos en las tripas, mientras José Arcadio le acariciaba los tobillos con la yema de los dedos, y luego las pantorrillas y luego los muslos, murmurando: “Ay, hermanita: ay hermanita”. Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no morirse cuando una potencia ciclónica asombrosamente regulada la levantó por la cintura y la despojó de su intimidad con tres zarpazos, y la descuartizó como un pajarito. Alcanzó a dar gracias a Dios por haber nacido, antes de perder la conciencia en el placer inconcebible de aquel dolor insoportable, chapaleando en el pantano humeante de la hamaca que absorbió como un papel secante la explosión de su sangre.”

Renán Irigoyen

FIN.

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