Guardianes Difusos

By on junio 1, 2017

Compilacion_2

XIII

GUARDIANES DIFUSOS

AUTOR:

PROFR. ANACLETO CETINA AGUILAR

MUNICIPIO:

HUNUCMÁ, YUCATÁN

Muchas de nuestras lecturas sirven no solamente para nuestro aprendizaje, sino que las hay que se fijan en nuestro subconsciente, y en determinadas ocasiones afloran para auxiliarnos en situaciones especiales.

En cierta ocasión estuve leyendo un libro que trata de los llamados fenómenos “Psi” y que hablaba de la comunicación con las plantas. Debo aclarar que soy un amante apasionado de estos maravillosos seres verdes, y considero que ellas de alguna manera influyen en algunos de mis estados de ánimo, es decir, cuando a veces estoy triste, o si estoy alterado por alguna situación desagradable, al entrar al área que tengo destinado al cultivo de mis diversas plantas experimento un cambio radical: olvido mi tristeza si estoy afligido, o recobro la calma si estoy irritado, y me invade una gran paz espiritual. Por esa razón siempre trato de comunicarme con mis verdes amigos; a veces, si voy de viaje, me dirijo a ellas y les pido que me protejan de situaciones de peligro o de alguna enfermedad que me pueda sorprender. No sé si por esta inusual petición, o por alguna otra razón, siempre mis viajes han sido placenteros y libres de peligros serios.

Uno de los viajes en donde sentí de manera inconfundible la influencia protectora de mis amigas las plantas fue cuando, con mi amigo Víctor y algunos otros amigos, planeamos ir a conocer un cenote muy famoso en nuestra región y que se encuentra enclavado en el corazón de la selva, como a 8 horas de viaje.

Esa vez invitamos a tres compañeros más para hacer un grupo regular, y tuvimos el cuidado de invitar a amigos que tuvieran armas, debido a lo peligrosos de esos lugares donde dicen que hay felinos y chanchos o jabalíes que al andar en manadas representan un serio peligro.

Ya acordado el día y la hora del viaje, nos preparamos haciendo acopio de los víveres y lámparas adecuadas para estos casos. Yo, como no soy afecto a la cacería, solamente llevé como arma un machete el cual, en caso de tener que enfrentarnos a algún felino, pues no sería de gran utilidad.

Pues bien, el día del viaje, mi amigo pasó primero por mí y luego fuimos a ver a los demás, pero grande fue nuestra desilusión al recibir uno por uno la noticia de que ninguno de los tres restantes iría al viaje por diferentes razones.

Víctor y yo ya estábamos listos y por esa razón decidimos, más por orgullo, hacer el viaje sin nuestros compañeros.

–“Que no digan que, porque ellos no fueron, nosotros cancelamos el viaje”– me dijo mi amigo. “Vamos, total: que yo llevo mi rifle y tú, tu machete nuevo bien afilado.”

Aunque no muy convencido, y un poco picado también el amor propio, acepté, de manera que emprendimos nuestra aventura con casi una hora de retraso por el tiempo que inútilmente perdimos tratando de convencerlos de que nos acompañaran. Se nos hizo de noche y no llegábamos a nuestro destino. Yo ya empezaba a preocuparme seriamente cuando, como a las 9 de la noche, llegamos a un lugar escampado donde sabíamos que había un pozo. Después de pensarlo un poco, decidimos acampar para pasar la noche. Al amanecer continuaríamos hasta nuestro destino.

Por primera vez me sentí muy contento de haber llevado una lámpara que daba suficiente luz. Lo primero que hicimos fue juntar leña para encender una buena fogata.

Ya más tranquilos por la claridad y el calor de la fogata, decidimos cenar y después preparar nuestras tiendas donde descansaríamos. Yo tuve la precaución de llevar tabaco en polvo que rocié alrededor de mi tienda de campaña, porque sé que su olor penetrante es desagradable a los animales ponzoñosos y, en caso de que hubiera alguno, lo alejaría.

Antes de acostarme a descansar, recordé a mis amadas plantas, de quienes me despedí antes de salir y, como siempre, les había pedido que me brindaran su protección a distancia. Platicamos un rato y, antes de acostarme, eché un poco más de leña a la fogata para que permaneciera encendida hasta la madrugada.

Por más esfuerzos que hacía, no podía conciliar el sueño y, entre miedo y broma, le pregunté a Víctor: –“¿Por dónde estará acechando el gatito esperando a que estén dormidos los 2 ratoncitos para darse una opípara cena?”

–“No, hombre, no te preocupes. Con la fogata, ningún animal es capaz de acercarse.”

–“¿Tú crees?” le contesté.

–“Claro que sí, tranquilízate y descansa,” me dijo.

A esas alturas yo estaba totalmente arrepentido de haber aceptado realizar el viaje solamente entre los 2 y casi totalmente desarmados, pues el rifle no era tan potente como para hacer frente a un gran depredador en un caso dado, pero no comenté más y traté de dormir, sin lograrlo.

Como la luna estaba en su cuarto menguante, daba cierta claridad que, aunada al resplandor de la fogata, permitía ver con cierta claridad la inmensa vegetación que nos rodeaba. Yo trataba de escudriñar en las sombras para ver si algo se movía, no fuera a ser que nos tome por sorpresa.

Ya cerca de la medianoche mi amigo, que supongo que tampoco dormía, me dijo en voz baja:

–“¿Oyes ese ruido?”

–“¿Qué ruido? ¿Son pisadas de algún animal?”

–“No lo sé, pero escuché un ruido un poco extraño.”

Yo me esforcé por escuchar algo, al mismo tiempo que trataba de taladrar con la mirada las sombras. Quedé paralizado de terror al divisar en la oscuridad como dos luces de color verde. Enseguida alerté a mi compañero en voz baja:

–“¡Mira, Víctor! Ahí a la derecha hay como dos luminosos ojos verdes.”

Mi amigo volteó a ver en aquella dirección y me dijo: “¡Sí! Debe ser un jaguar, pues si fuera un venado sus ojos sería rojos, pero estos son verdes. Definitivamente es el gatito al que te referías.”

Yo sentí que me petrificaba en mi sitio. A tientas, y en silencio, busqué el machete que llevaba.

Pasaron unos angustiosos instantes y aquellos ojos parecían estar estudiando nuestra posición. Mi amigo Víctor seguramente ya tenía listo su rifle. Ambos estábamos a la espera de lo que Dios dispusiera. Un tenso y pesado silencio permitía oír hasta el acelerado palpitar del corazón.

En eso, aquel ruido que me había anunciado Víctor se fue haciendo más audible, y pronto nos percatamos que se trataba de un vehículo que se aproximaba.

No podíamos salir de nuestro asombro porque en aquellos lugares, y sobre todo a esas horas, en medio de la soledad de la selva era increíble que algún vehículo se aventurara a transitar por esos caminos verdaderamente intransitables. No pasó mucho tiempo y pudimos notar hasta la claridad de los faros del misterioso vehículo. ¡No era una alucinación producto de nuestra angustiosa situación! Y luego, como por mutuo acuerdo, volteamos para buscar aquellos amenazantes ojos verdes que nos habían infundido tanto miedo, pero ya no estaban. Seguramente el ruido y la proximidad del camión lo habían espantado y había decidido dejarnos en paz.

Un rato más vimos asomarse un camioncito con unos 10 ó 12 cazadores, los cuales al llegar nos saludaron y nos preguntaron si podían acampar en el mismo sitio.

Nosotros, llenos de alegría, les dijimos que podían hacerlo con toda confianza. Claro: eran unos inesperados guardianes que el destino nos enviaba para nuestra seguridad.

Después de agradecer nuestra hospitalidad, encendieron otra fogata y colgaron sus hamacas de los árboles.

Nosotros, como para agradecer su inesperada compañía y la seguridad que nos brindaban sus armas, les ofrecimos unas laterías de las que habíamos llevado y regresamos a nuestro campamento. Ya más tranquilos, y con una sensación de seguridad, al fin pudimos dormir plácidamente hasta casi el amanecer.

Desde luego que a nuestros visitantes no los enteramos de nuestra pasajera y peligrosa aventura con el felino, por temor a que se mofaran de nosotros.

Antes de que aclare completamente, desmontamos el campamento y, como vimos que ellos seguían durmiendo, no quisimos molestarlos, pensando que hasta que aclarara bien trazarían su estrategia para la batida que darían a los pobres venados, y a los no tan inocentes chanchos.

Sin más, continuamos nuestro camino hasta nuestro destino, a donde llegamos cuando ya había aclarado completamente. En el trayecto, lamentamos profundamente el silencioso incendio que consumía parte de la hermosa selva. Los árboles, al candente mordisco del fuego, caían abatidos como valerosos soldados con su uniforme verde. Multitud de diferentes especies, como inocentes víctimas de la torpeza del hombre, caían en un holocausto por el que el hombre mismo no tardará en pagar un elevado precio.

Al llegar cerca del cenote, dejamos nuestro equipaje, y mi amigo me pidió que fuera por agua a un pocito que estaba al dar la vuelta a una estrecha vereda, ya que antes del paseo nos vendría bien reconfortarnos con un exquisito café calientito y unas ricas galletas, mientras él encendía la lumbre.

Ni tardo ni perezoso, me dirigí al pocito, que en realidad no quedaba muy lejos y que estaba casi a flor de tierra, de manera que me incliné y lo despejé de algunas hojas que flotaban en su superficie, y me apresuré a llenar mi lata con el agua fresca.

Al disponerme a regresar, escuché un ruido entre la maleza y, al fijarme bien, vi que se trataba de una enorme serpiente conocida como “Wol Poch”. Al mirarla, sentí que la sangre se me helaba en las venas, pues comprendí que una mordedura de aquella sería forzosamente mortal ya que tiene un veneno muy activo y el tiempo que nos tomaría salir en busca de auxilio sería suficiente para que sus toxinas terminen de llevar a cabo su acción destructiva del sistema nervioso y de los vasos sanguíneos.

Recordé que la comunicación que tenía con plantas tal vez podría tenerla también con esta alimaña y, sin pensarlo mucho, traté de comunicarme mentalmente con ella en estos términos:

–“¡Hola, amiga! ¡Qué hermoso es tu hábitat! Yo sé que este es tu reino, son tus dominios y que yo soy un intruso, pero te aseguro que vengo en son de paz. No vengo a agredirte, y espero que tú tampoco me agredas; sólo vengo a admirar tu territorio que es muy bello y, si tú lo decides, cada quien puede seguir su camino en paz.”

Mientras tanto, el animal había levantado la cabeza donde lucía como una especie de horrible antifaz capaz de infundir terror y recordé lo que se dice de él: que si no logra morderte con sus fauces, se avienta sobre su víctima y le clava su ponzoña que lleva en la cola, lo cual es absolutamente cierto. Pero el animal no parecía estar dispuesto a atacar, sino más bien parecía estar escuchando mi mensaje ya que, al terminar de “comunicarme” con ella, bajó la cabeza y lentamente se alejó.

Apenas la vi desaparecer, emprendí mi huída y corrí hasta llegar a donde estaba mi compañero, que había hecho una pequeña fogata para calentar el agua. Al notarme muy nervioso, me preguntó si había visto a algún “gatito” y yo le contesté que era algo peor.

Al escucharme, me tranquilizó y me aseguró que los animales salvajes no acometen si no se sienten amenazados o si ven en peligro a sus crías.

Después de tomar nuestro desayuno, nos encaminamos a conocer el cenote que es realmente enorme, de unos cien metros de diámetro, y a sus orillas crecen gigantescas matas de zapote y otros árboles.

A pesar de lo subyugante de la naturaleza, yo estaba con la preocupación de volver a toparme con la terrible serpiente, lo que afortunadamente no sucedió.

Después del paseo, descansamos un rato, comimos algo y nos dispusimos a iniciar el retorno. En el camino pudimos rescatar algunas orquídeas que inevitablemente iban a ser víctimas de incendio, pero fueron muchas más las que seguramente perecieron en la deflagración.

Se dice que siempre el regreso es más rápido, y no tardamos mucho en llegar al sitio donde acampamos la noche anterior. Comprobamos que nuestra fogata estaba totalmente apagada y fuimos a ver si los amigos, nuestros inesperados guardianes, habían apagado también la suya pero, por más que hicimos, no encontramos ninguna huella de fogata, ni señales de que alguien haya pernoctado la noche anterior, ni huellas de otro vehículo más que el nuestro.

Intrigados, nos preguntamos qué había sido de nuestros “guardianes” de la noche anterior, que llegaron de manera tan inesperada como oportuna, y recordamos que les habíamos dado unas laterías para que cenaran y deberían estar las latas vacías. Buscamos, y solamente encontramos unas que parecían haber sido abiertas hace mucho tiempo, pues estaban muy oxidadas. Ante este misterio, mi compañero me comentó:

–“No te inquietes, era tanta nuestra soledad y tan grande nuestro deseo de una compañía, que nuestro mutuo deseo se materializó y nos pareció ver a aquellos cazadores.”

Parecía una explicación un tanto lógica pero, ¿y las latas? Nosotros se las obsequiamos y vimos que las abrieran para su cena, pero las únicas que encontramos, y que eran al parecer de la misma marca que las que nosotros les dimos, no parecían haberse consumido recientemente.

Yo preferí atribuir el fenómeno a mis plantas, a las cuales les había solicitado protección a distancia y, al parecer, nos la habían proporcionado pero vía subconsciente. Sin embargo, eso tampoco explicaba totalmente el fenómeno de las laterías.

Esta es una de las aventuras más misteriosas que haya tenido y a la cual no he podido dar una explicación satisfactoria. ¿Fenómenos del subconsciente?

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Continuará la próxima semana…

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