Gilberto Guerrero Lizama

By on junio 15, 2017

Compilacion_2

XV

AUTOR:

LORENZO COHUO KÚ

MUNICIPIO:

DZIDZANTUN – CANSAHCAB

Gilberto Guerrero Lizama

Tuvo el privilegio de ver por primera vez la luz de los rayos solares el día 9 de enero de 1938. Por azares del destino, incongruencia de la vida, o por los inescrutables designios de Dios, la naturaleza le arrebata el sentido de la vista apenas cuando cumplía un año de edad. Corría el año de 1939 y los efectos del ciclón Janeth, ocasionaron inundaciones y epidemias. Esto le trae como consecuencia la enfermedad del sarampión, que le causa una elevada fiebre que acaba por reventarle la niña de los ojos.

Sus padres, Don Roger Vidal Guerrero Andueza y Doña Anatolia Lizama Zapata, se encargaron de enseñarle lo más elemental que necesitaba para poder sobrevivir con el defecto de la falta de vista. Tal vez la naturaleza misma lo ayudó para desarrollar de una manera increíble sus otros sentidos como el oído, gusto, tacto y olfato, de tal manera que, mientras pasaban los años, se habituaba en su nueva forma de vida, sobrellevándola de una manera casi normal, conociendo todas las cosas como sonidos, sabores, formas y olores a través de sus sentidos bien desarrollados.

Gilberto asombra a todos por aprender a tocar la guitarra con rapidez apenas a los 10 años de edad. Se dice que a los 15 ya se valía por sí solo para salir a dar un paseo por el parque por las principales calles de la población, para lo cual era muy común llamarlo “Gilitos”, como fue conocido en todas partes que llegaba.

A esa edad comenzó a frecuentar las cantinas, donde le pagaban por cantar, ya sea en efectivo o con una “media” de cerveza.

Llegó a dominar un gran repertorio de canciones, las cuales interpretaba acompañado de su inseparable guitarra, así como también se las ingeniaba para acompañar a los parroquianos que se sentían bohemios, alegres y encantadores al calor de las copas y, más que la verdad, con “Gilitos” cualquier gallo se lucía.

También aprendió a tocar la bandolina, la guitarra eléctrica, el bajo, las claves, instrumentos que lo llevaron a participar en conocidos grupos musicales como “Los angelitos del cielo” (en Dzidzantún en 1953), “La sin rival” (en Dzidzantún en 1956), los “Saorí” (en Progreso en 1974) y los “Shark” (de 1975 a 1981). Detalle curioso del grupo “Shark” era que, cuando interpretaban el mambo “Borracho”, en la parte donde se pronunciaba esta palabra decían al unísono: “Gilacho”. También fue integrante de varios tríos existentes en esta población, viajando a otros lugares como Cancún, Playa del Carmen y Cozumel, entre otros.

Se ganó el cariño y aprecio de muchos de sus amigos, no anteponiendo su defecto, sino por su forma de ser, por su carácter siempre alegre, vacilón. Asombraba cómo su vida era muy normal, pues llegó a conocer varios lugares como la palma de su mano, como lo era el parque, el palacio municipal, el café, la peluquería y todas las cantinas que frecuentaba casi a diario.

Impresionaba verlo andar en cualquier cantina; levantarse de su silla, ir al baño, regresar de nuevo y sentarse en el mismo lugar, agarrar de nuevo su guitarra para seguir tocando o platicar del tema que se compartía.

Otro detalle era que, cuando cruzaba la calle, siempre lo hacía con mucha cautela, pero lo más asombroso fue que nunca usó un bastón, ni siquiera de broma.

Llegó a desarrollar tanto el sentido del oído, que le daba la oportunidad de contestar por su nombre a la persona que le hablaba, porque identificaba su voz y, hasta según se cree, llegó a identificar a ciertas personas por la forma de caminar, por el sonido y frecuencia de sus pasos.

Otro detalle que me asombraba era que conocía bien el camino, pues no se tropezaba: aun cuando se hicieron las excavaciones del agua potable, su camino era el mismo, pasaba a un costado de las zanjas. O verlo pasar cuando no había luz eléctrica, de todas formas, él ni las necesitaba. Su señora madre le decía por qué no iba a la iglesia y él respondía que no conocía el camino y doña Anatolia le respondía: “¡Pero qué bien conoces el camino de las cantinas!”

Se dice que, en su juventud, en un ojo lograba distinguir pequeños destellos de luz cuando pasaba un carro de noche, o cuando se encendía un foco; eso le daba la esperanza, según los doctores, que un trasplante de córnea podía ser la solución de su problema, cosa que poco le interesó, quizás porque ya se había habituado a su forma de vida.

Siempre decía: “que me dejen, así soy feliz, me llevo con todos ustedes y los aprecio sin verlos, no vaya a ser que me lleve una terrible decepción al verlos, porque puedo ver a puro hijuep…” Y echaba a reír… Y con esto se le esfumaba la posibilidad de ver los maravillosos colores de la vida, del arco iris y del mundo entero, como cualquiera de nosotros.

Haciendo gala de sus sentidos bien desarrollados, fabrica un arnés para colocar su filarmónica sobre su guitarra y poder tocar los dos instrumentos a la vez. Lo confeccionó con placas de aluminio y madera, que armaba con lujo de detalle ante la mirada de todos, apretando cada tornillo, dándole la altura indicada, colocar y asegurar la filarmónica. Asombraba aún más: cuando tocaba estos instrumentos, aparecía un tercero: las maracas en la mano derecha, con la que además rasgaba la guitarra. Era un verdadero show que llamaba mucho la atención en esa época y, si la memoria no me falla, hizo famoso en esta única modalidad el danzón “Nereidas” y el mambo No. 8, con arreglos musicales a su estilo propio.

También ejecutaba ritmos con un envase de cerveza con determinada cantidad de líquido que dejaba, luego de darle un sorbo, y con soplidos hacía salir sonidos para convertirse en música de viento. Otra habilidad que demostraba era la de ejecutar ritmos con la hoja de un árbol o un pedazo de Nylon.

Esto era lo ingenioso de “Gilitos”: mostrar sus dones, habilidades y destrezas para ganarse los aplausos de los presentes, quienes le correspondían con la invitación de una “tanda”, como vulgarmente decimos los parroquianos en cualquier antro. Todo esto lo hacía ser un cieguito diferente, carismático, dicharachero y oportunista, del buen humor que siempre demostraba. Por ejemplo, cuando terminaba de tocar y le aplaudían y uno que otro admirador gritaba “¡Bravo!”, él inmediatamente contestaba: “¡Cómo que bravo, si no es perro ni toro…!”

Con el sentido del tacto llegó a diferenciar los billetes y las monedas de todas las denominaciones existentes de nuestro devaluado e irrisorio sistema monetario, cada día más por los suelos, como fueron los famosos billetes de 1, 5, 10, 20, 50, 100, 200, 500 y 1000 pesos, y un sinfín de monedas que variaban desde 5, 10, 20, 50 centavos, hasta llegar al miserable peso que por desgracia hoy nos rige.

“Gilitos” tenía en su cartera su identificación personal y sus billetes seleccionados, porque a veces había necesidad de dar cambio al cliente. Si le preguntaban la hora a veces, en son de burla, muchos se llevaban la sorpresa del día, pues tenía un reloj de pulso al cual levantaba la carátula, y con los dedos índice y medio tocaba las manecillas y contestaba la hora exacta.

Según él, se basaba en el viento que le advertía que el carro u otro objeto estaba en su camino y lo esquivaba según su posición.

Debido a su carácter alegre y llevadero, quizá por la forma de comportarse o de buscar momentos alegres para reconfortar su espíritu, fue partícipe de varias anécdotas, ocurrencias, trucos de cantina, cuentos de todos los colores, así como otros detalles que se ingeniaba y le daban una personalidad que lo hacía sentir como una persona normal, una más en la mesa que compartía con sus amigos o con quienes lo ocupaban para deleitarlos con su música contagiosa.

Gilberto Guerrero Lizama fue muy apreciado y respetado por las personas que vivieron, convivieron y compartieron sus momentos de alegría y dolor, de triunfos y fracasos, de juventud y de madurez.

Todo lo anterior lo hizo merecedor de los calificativos con que hoy la sociedad lo nombra al referirse a su persona. Es parte de la historia de Dzidzantún por su manera muy peculiar de comportarse y conducirse en la etapa de su vida, y por dejar huella a su paso en el espacio y tiempo que le tocó vivir. Siempre vivió solo, sin la compañía de alguien que le diera ayuda física, consejos, compañía, o quizás cariño y tan siquiera calor humano. Su ingenio le dio todo para sentirse como una persona normal, nunca se sintió una carga para la sociedad por querer depender de ellas, sino que su espíritu de superación y forma de sentir la vida lo llevó a ser una persona independiente y actuar de una manera casi normal.

Su pregón fue escuchado con frecuencia, casi a diario en las cantinas, donde desarrolló gran parte de su vida, quizá por distracción, necesidad o desgracia, porque ese ritmo de vida de ingerir alcohol a diario le ocasionó una marcada cirrosis hepática.

Fue atropellado en la esquina de la calle 17 x 16 por un camión que venía en reversa, manejado por Roger González. Esto lo hizo caer enfermo, teniendo complicaciones con su mal, que paulatinamente le arrebata la vida en el año de 1996.

Seguramente en el paraíso prometido seguirá pregonando sus canciones para toda ocasión como: bautizos, 1ª Comunión, XV años, Bodas, Divorcios, Velaciones, Entierros, Cabo de años, Sacada de huesos, etc… como se hacía propaganda él mismo cuando decía: “¡Tenemos música para todo tipo de eventos…!”

Continuará la próxima semana…

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