Entre Galicia y Cuba

By on noviembre 9, 2017

Cuento

Por José Antonio Roca Guerrero

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Era julio del 2007 y Alfredo, un gallego con ascendencia cubana, concluía sus estudios de ingeniería mecánica en la Universidad pública de Ingenieros y Arquitectos de Monforte de Lemos, pequeño pueblo del Sur de Galicia. Allí todos lo conocían por Roca, apellido de la familia de su padre Manuel, un cubano con sangre galaica de vuelta a la tierra de su ascendencia materna sin una explicación clara.

Su abuela Mercedes, con cierto valor y perspicacia, huía de la pobreza y de la crisis social y política en aquellos tiempos. Tenía 27 años y atrás dejaba una hija cuando viajó a Cuba en 1925, en el vapor Cristóbal Colón, así se leía en el cuño de permiso de visa, en la última hoja de un pasaporte conservado en un neceser el cual su padre había traído de La Habana. También había allí una trenza de su bisabuela paterna, una negra, amante de un soldado español de las guerras de independencia cubana, y de quien no se supo más; unas fotos de su abuelo en Venezuela, rodeado de cubanos, donde trabajó como jefe de obras en la construcción de hoteles y casas, hasta un fatídico día en que su contratista descubrió su inclinación política y fue destituido, debiendo regresar a Cuba y, por la edad y su salud, no tuvo después muchas oportunidades; fotos de época, postales de fin de año, y propiedades de artículos llenaban el viejo estuche.

Largas eran las charlas cuando su padre se ponía a hablar de Cuba. Dialogaba de Martí, del Partido Comunista de Cuba, de los políticos Carlos Baliño y Alfredo López, de la clandestinidad, de Batista, de todo el proceso revolucionario a finales de la década del 50, del letrado Fidel. Así como cronológicamente discutía, y su forma de expresarse tomaba tonos de regocijo en ciertos momentos, de decepción y rencor en otros, siempre había un sabor picante en sus palabras.

Permanecía allí, estático, frente a profesores, familiares, amigos y miembros del jurado, en espera del resultado de la defensa de su proyecto de tesis. Meses de preparación y entrega para su trabajo de tesis, necesarios para graduarse y dar continuidad, y probable fin ya una vez como profesional, a aquel proyecto más importante en su mente desde hacía mucho tiempo.

Todo inició cuando recibía la asignatura de “Introducción a la Ingeniería” en primer año. El profesor, con cierta ironía y en forma de reto, comentó que desde hacía buen tiempo no acontecía nada novedoso en el motor de combustión interna, solo se insertaban componentes electrónicos para convertir en más exactos los procesos, y mejorar la eficiencia y potencia de los mismos, pero nada trascendental fuera del Ciclo Otto para motores de combustión interna de la Mecánica Elemental y del libro de Arias Paz, literatura de los años cincuenta, útil desde inicios de la carrera, y de uso obligatorio para mecánicos automotrices en sus inicios. También mencionó la incursión del uso del alcohol como elemento carburante, el uso de motores eléctricos, y la aparición en el mercado mundial de coches híbridos capaces de combinar ambos sistemas. Desde ahí surgió la inquietud: sintió poder concebir algo novedoso, y se impuso un reto.

Cursaba el tercer año y, en la asignatura de “Electromagnetismo”, a su mente llegó una idea, y una probable respuesta a aquel desafío propuesto en su primer año de carrera: Cambiar el tradicional sistema de distribución de culata y árbol de leva y admisión, en un sistema electromagnético mucho más preciso. Con esto podía cambiar hasta la convencional configuración del mismo, al ser de menor dimensión, conveniente para los actuales diseños de carrocerías de formas aerodinámicas y ligeras, cada vez más exigentes. Sería todo de menor peso e inercia, incluso con mayor potencia, al sustituir la culata se podía aumentar la carrera del pistón con el aumento de la altura del block.

Sin embargo, aún debía entender aquella materia, tan complicada y llena de fórmulas; era una asignatura difícil y no podía descuidar los estudios, y mucho menos dejar de graduarse. Debería dedicar horas de búsqueda en internet sobre posibles escritos o investigaciones de cierta relación con este tema, averi­guar quiénes trabajaban en temas similares, quién se arriesgaría en financiar de inicio su propuesta, al menos en las fases de prueba, indagar cómo proceder para evitar el plagio si realmente era aplicable, pues existía un mundo monopolizado de grandes consorcios de la industria capaces de bloquear o engavetar muchos proyectos por no poner en peligro su dominio. Asumiría la mejora en el dibujo técnico, pues su proyecto requería diseñar el nuevo sistema en los formatos tradicionales y engranar con todo lo demás, aunque en ocasiones deseaba diseñar un nuevo tipo de motor, romper con todo lo tradicional, pero creía pertinente empezar por eso.

La motivación era infinita. A principios del cuarto año de carrera conseguía reunir suficiente dinero y comprar una laptop; esta sería una herramienta fundamental para buscar en Internet, útil para archivar y proteger lo importante, para realizar los planos y dibujos técnicos necesarios. También serviría para localizar posibles financieros o empresarios capaces de arriesgarse.

Al casi terminar su quinto año ya tenía, como en el ajedrez, en inminente jaque de mate su proyecto, o al menos eso suponía: sustituía la culata y los árboles de levas por una especie de regleta con bobinas eléctricas capaces de hacer mover las válvulas de admisión y escape con mayor eficacia, en comparación al mecanismo de árboles. Estas estarían unidas a un mazo de cables resistentes al aceite y las altas temperaturas a un generador eléctrico insertado al dámper del cigüeñal y en el cual, mediante un captor de impulsos, podría conocer la posición del cigüeñal y la posición exacta de cada pistón, lográndose las aperturas y cierre de válvulas en el momento preciso, así como la inyección de combustible justa en caudal y presión en cada cilindro, conectando esto al complejo sistema electrónico de los autos para las más exigentes prestaciones actuales. Las válvulas serían, a su vez, mucho más ligeras y de menor inercia, esto era algo bien importante en las variaciones de las revoluciones del motor; se eliminaría también la cadena o correa de distribución de los convencionales motores; el peso del motor disminuiría, con nuevas líneas de lubricación y enfriamiento, la bomba de agua cambiaba al requerir menos flujo de líquido refrigerante. Serían menos las partes y piezas de recambio necesarias en los mantenimientos.

Aparentemente todo engranaba y resultaba fácil para él de forma hipotética; pero ¡cuánto faltaba aún! Debía además proponer el tipo de material a emplear de cada nueva pieza, el tipo de tratamiento térmico, los índices de acabado y calidad, las normas de control, los períodos de recambio de los nuevos elementos a introducir.

Todos esos recuerdos viajaban en su mente a esa gran velocidad del subconsciente, capaz de repasar años en pocos segundos, cuando los aplausos de los asistentes en aquel salón de tantas horas de clases y conferencias celebraban la calificación de su tesis y lo hacían regresar al presente. Entonces sintió una sensación de liberación en su cuerpo: ahora sí disponía de mayor tiempo para su propósito, al cual debía buscarle un nombre, porque aquello le daba un motivo a su vida. Aunque sonara un poco pretencioso, lo sentía así.

Junto a ese sentimiento de paz, el dolor de la ausencia de su padre entre quienes lo felicitaban, y en su mente otra vez la misma incógnita culpable de la pérdida de horas de trabajo y sin ser resuelta: ¿Por qué el viaje de su padre a tierra española desde Cuba?

Nunca había quedado clara la historia. Sin embargo, existía allí una persona por la cual preocuparse más: su madre. Una dama de unos cincuenta años, muy delgada y enferma de esquizofrenia, pero capaz de comportarse entre tanta gente. Podía percibir en su mirada los deseos de marcharse de allí, y con un gesto le pidió terminar de cumplir con la formalidad de fotos y felicitaciones. Deseaba ya salir y volver a casa, a su cuarto lleno de artículos y papeles, donde ya existían algunos planos y escritos sobre ¨El invento¨.

Recordó entonces el plan propuesto por su hermano para poder salir de aquel lugar: la mano en la frente como señal de salida. Su hermano percibió la actitud y salió hacia el carro.

En el viaje de vuelta, recordó tener pendiente abrir una carta desde Cuba remitida a su padre y la cual le resultaba extraña: el remitente no conocía del fallecimiento de su padre desde hacía ya tres meses. No había podido leerla por la falta de tiempo, y por discreción con su madre: la afectaba cada referencia o comentario sobre “Lolin”, como también le decían a su padre.

Cómodo, al fin en su cuarto, en su mundo, decidió leer la carta. Rompió el sello del sobre y dentro encontró una sola hoja con muy poco texto, imprimiéndole mayor misterio, suscrita por alguien con el mismo nombre de su padre, y donde decía: “Te reconoceremos por siempre como uno de los nuestros, a pesar de la distancia, a pesar del cambio, a pesar del retiro. Comunícate, Lolin.”

Aquel escrito tenía cierto ritmo, y era muy conciso; daba la idea de estar en clave. La curiosidad invadió su cuerpo. Ya no le importaba tanto el contenido como saber de dónde era, quién la había escrito, y si pertenecía a alguna organización o grupo.

 Aprovecharía las vacaciones merecidas a cinco años de estudio, y de casi dos de investigaciones, apuntes y planos de su trabajo: iría a Cuba, partiría tras esa dirección.

Esa idea lo motivó doblemente en la búsqueda de posibles financistas o proveedores. En ese momento recordó leer en sus correos electrónicos la respuesta de un tal Pedro, un profesor e intelectual del departamento de investigaciones de la facultad de mecánica de la CUJAE, universidad ubicada en La Habana. En la respuesta recibió como propuesta el financiamiento del proyecto hasta el fin del primer prototipo puesto en funcionamiento en bancos de prueba de alguna marca reconocida de vehículos capaces de capitalizar dicha propuesta, con una garantía de tres años de explotación, y la cual asumiría los gastos de pruebas, estudios de mejora y asistencia técnica correspondiente.

Sin embargo, era arriesgado el paso a dar, necesita saber cómo actuar en el tema de proteger su producto; estaría fuera de su país, lejos de sus leyes, y entre desconocidos, sin conocer la verdadera transparencia y seguridad de la propuesta. Resultaba gracioso dar por hecho algo tan hipotético y sin pruebas y, aunque los cálculos daban aceptables y permisibles, de lo teórico a lo práctico existe un largo camino.  A su vez, pensar con gran confianza el logro de su proyecto, y en lo siguiente después de ser aplicada la innovación, lo motivaba aún más.  Debía tener pensamiento a largo plazo y planificar de la mejor forma el futuro.

De La Habana solo conocía por su padre pero, ya boleto en mano, quería llegar allí como turista. El avión despegaba y la emoción también: a Cuba, a su origen, al centro del misterio de la carta. También por primera vez debatiría su proyecto como profesional, como ingeniero. Aprovechó el viaje para repasar una y otra vez la conferencia a impartir el día siguiente a su arribo; en ocasiones, los nervios lo sobrecogían: dos grandes tareas después de poner de nuevo los pies en la tierra.

El impacto de las gomas en la pista de aterrizaje lo hizo salir de todas esas ideas, y la comunicación desde la cabina del fin del descenso aceleró las pulsaciones de su corazón.

Debía ir al centro de la ciudad, al casco histórico de La Habana, al hotel Ambos Mundos, célebre por ser frecuentado por un grande de la literatura universal: Ernest Hemingway, por eso lo escogió. Todo esto lo leyó cuando buscaba opciones de aerolíneas y hospedaje en un sitio cubano; allí también se enteró del club nocturno Tropicana, de la playa Varadero, del hermoso oriente cubano, de la tradición cañera y de su ron, del mejor tabaco del mundo, de la tradición beisbolera.

Era ya de noche cuando salió del bullicioso ajetreo del aeropuerto y, como si no fuera por primera vez, caminó hacia la larga fila de taxis, volteó la mirada y pudo corroborar el nombre del aeropuerto: José Martí.

Muchas preguntas para hacer. La historia de Cuba de cierta forma también era parte de su pasado, pero no era muy conversador: prefería los libros y revistas como fuente de conocimiento. Por eso la voz del taxista era solo un sonido lejano ante el asombro por la vista durante el viaje.

Aunque algo sí le preocupaba: cómo localizar la dirección de la carta. Un mapa no le parecía suficiente; solo tenía como información el nombre de la calle: Santa Catalina 562. No tenía ni idea de cómo llegar, cuándo podría ir. Solo le quedaba como alternativa pedir ayuda a Pedro cuando sonó su móvil.

– Roca, es Pedro. ¿Qué tal el viaje?

– Ah, todo bien.

– Recuerde: mañana a las ocho lo esperamos en el lobby.

– Ahí estaré.

– Bueno, entonces descanse.

– Ok, gracias por llamar.

Esa llamada de cierta forma lo relajaba: sentía seriedad y buen trato, pero también le causaba cierto temor saber que quedaban pocas horas para su gran momento. Por primera vez lo escucharían hablar de su proyecto. Una y otra vez lo ensayó, pero no quedaba conforme: siempre cambiaba alguna palabra o usaba una coletilla molesta a sus oídos. Decidió parar. Tampoco quería lucir deslucido ante quienes lo escucharían.

Eran las 8 y cuarto, y aún no llegaba nadie. La impaciencia empezó a aparecer.

Decidió salir a la calle y observar el gentío pasar. Era temprano, pero el ajetreo era interesante.

De nuevo sonó su móvil. Ya conocía ese número, y contrariado contestó.

– Sí.

– Roca, soy Pedro. Disculpe la demora, estamos llegando.

– Estaré en el lobby. Lo espero.

– Ok, gracias por la comprensión.

Prefirió quedarse afuera y mirar, ver la gente presurosa… cuando lo sorprendió el chillido de los neumáticos de unos carros con sirenas de los que salieron hombres vestidos con uniforme verde.

Terminó en el piso, con el rostro contra la acera y sus manos detrás, esposadas. Solo podía ver cómo abrían su maletín y echaban todos los papeles en una bolsa.

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