Destacada

Ensayos Profanos

By on mayo 10, 2018

Ensayos_1

El ensayo es forma literaria que no tiene definición precisa. Su nombre conlleva la idea de tentativa o cosa incompleta, y le cuadra a casi cualquier escrito que no encuentre acomodo en otras clasificaciones. Sus características más constantes son la redacción en prosa, la extensión moderada y la especificidad de su asunto, escogido dentro de una gran variedad. Hay ensayos formales y objetivos (científicos, fisiológicos, históricos) que adquieren rango de tratados o monografías, y los hay menos elaborados, de tono cultural o tipo magazine. Artículos de fondo en las páginas editoriales y suplementos de los diarios son con frecuencia ensayos informales.

Los que ahora ofrezco al lector han sido publicados antes en la Revista de la Universidad de Yucatán y leídos ante el público en diferentes cenáculos. Al agruparlos en un solo volumen intento –quizá sin éxito– darles unidad y prevenir su dispersión.

En cuanto al título de Ensayos profanos que remeda abiertamente el de Prosas Profanas usado por Rubén Darío para nominar uno de sus libros de poemas, debo admitir que no es casual; pero tampoco se trata de una imitación frívola encajada a la fuerza, sino de una necesidad impuesta por la naturaleza del temario que invade –y profana– campos ajenos a mi profesión de médico.

C.U.J.

I

EL GENIO Y LA LOCURA

Los casos de Lautrec, Gauguin y Van Gogh

“De la inteligencia a la demencia sólo hay un paso” reza una conseja popular que, cierta o no, debe ser considerada con cautela porque abre una gran duda al respecto. En realidad, al recorrer la historia y repasar la vida de los grandes hombres, llama la atención el elevado número de personas talentosas, y ni qué decir de genios, que tuvieron comportamiento sospechoso; o sea, que se apartaron en su conducta del modo habitual de la gente sensata. No es únicamente la educación, se entiende. Hay algo más. En algunos es solo cierta excentricidad, cierta introversión o conducta antisocial: misántropos, misóginos, eremitas, tipos raros. Otros son víctimas de la degeneración: alcohólicos, drogadictos, homosexuales. Y no falta quien muestre las claras manifestaciones del desquicio: epilépticos, mitomaníacos, esquizofrénicos, paranoides. Los mejores poetas han padecido insomnios y son dados a soñar despiertos. El profesor distraído y el sabio loco son imágenes tomadas de la realidad. Hasta cuando se comporta como un ciudadano cualquiera, el genio tiene rasgos que lo apartan del ente común, lo que permite concluir que, en mayor o menor grado, alguna relación queda entre el genio y la locura o, lo que es lo mismo, lo que decía al principio: que de la inteligencia a la demencia sólo hay un paso.

Caminemos, pues, con cuidado.

Sé que mi declaración, aunque no tiene nada de original, es atrevida. No faltan opositores a mi tesis y sobran argumentos en sentido contrario. Lo menos que puede aducirse es que un porcentaje igualmente importante de hombres de ciencia, artistas, y escritores llevan vida normal, burguesa incluso, y han dado siempre muestra de cordura. A esto apenas puedo oponer que toda regla tiene excepciones, y continuemos.

En muchos de los casos clínicos conocidos de asociación genio-locura es fácil encontrar en los antecedentes del sujeto las sombras y las luces, las taras y los dones genéticos que lo llevaron a conformar su personalidad, y acerca de ellos no queda nada por discutir. La cosa parece clara. Otros en cambio, descendían de padres normales, según el código social de nuestra época: honrados comerciantes, burócratas, cachazudos, pacíficos generales, o piadosos frailes; y de madres augustas, rectilíneas, hogareñas, aptas para el zurcido y la cocina. La más prolija investigación en las frondas del árbol genealógico no permite encontrar en ellos el origen de su carga emotiva.

¿De dónde sacarían su exagerada actividad cerebral?

Es cuando me asalta una idea que a mí mismo me parece descabellada, pero no logro desechar. Mi subconsciente insiste en sugerirme alguna liga entre la chispa de la creación intelectual y esos partos largos y difíciles, seguidos de la anoxia fetal de unos minutos y un volver a la vida entre nalgadas y remojones en agua alternativamente calientes y frías. O, ahora que la civilización nos ofrece sus ventajas, mediante la intubación endotraqueal y el hálito bienhechor del oxígeno. ¿Por qué achacar al trauma obstétrico solamente lo malo, las convulsiones, los ataques de epilepsia, la parálisis espástica o el retraso mental? Si es fácil comprender que una lesión profunda o extensa en determinadas áreas del encéfalo lleva de manera fatal a esas consecuencias, ¿por qué no pensar que esas lesiones menos profundas o menos extensas, o mejor situadas, podrían obrar como estímulos permanentes, como irritantes leves que mantuvieran en constante actividad creadora las células de la corteza? Bueno, no creo que nadie vaya a aceptar que eso es verdad. Pero, si tal fuera, resultaría que el genio, o por lo menos algunos de los genios que en el mundo han sido, fueron producto de la casualidad. Y ya que no es dable medir el daño de las lesiones cerebrales, a nadie se le ocurrirá producirlas deliberadamente con miras a fabricar un sabio. Así que no hay esperanza de que mi teoría sea demostrada. Aunque, por otra parte, tampoco hay modo de negarla con algo más que conjeturas.

El caso contrario, la eliminación del daño cerebral mínimo inclusive, será alcanzado pronto, cuando los cuidados perinatales se generalicen. Quizá se logre entonces la regularización del intelecto. Todos seremos iguales, sin taras, inteligentes a medias, disciplinados, obedientes, miembros de un solo partido político, sumisos para cualquier tipo de gobierno, fervorosos observantes de las normas como las abejas del colmenar. Hasta es probable que nos parezcamos físicamente los unos a los otros, como se parecen entre sí los perros de una misma raza o las piezas del ganado lanar.

En vista de que siento que todo lo que digo no tiene ni pizca de razón, quisiera encontrar el origen de la deformidad de mi criterio. ¿Será un deseo inconsciente de justificarme, de ver recompensados mis desvelos por aquellos duros lances obstétricos en que después de muchas horas de vigilia y no poco esfuerzo logré traer al mundo por las vías naturales –regocijo fugaz de sus progenitores– a un producto que sobrevivió a la hipoxia? Dios sabrá, aunque es verdad que nunca se ha mirado con ojos caritativos a esta clase de entuertos. Hasta ahora solo se han acordado de la infeliz coyuntura del nacimiento cuando el niño, al crecer, da francas señales de retraso, o acaba de locutor en Televicentro; jamás cuando resulta un erudito, un sabio inventor, o un gran artista.

¿Qué sabemos del nacimiento de Leonardo? En estos casos, lejos de atribuir el bien logrado a los azares de un parto complejo, el padre saca a colación el supremo talento de algún tatarabuelo graduado en La Sorbona que a lo mejor solo había sido zapatero remendón.

Pero no quiero insistir demasiado en mis suposiciones. Independientemente del origen de la misma, la asociación genio-locura está de pie, al menos en algunos casos que son bien conocidos.

Si esto es verdad para las ciencias, en donde la acumulación de conocimientos da a la ortodoxia bastante rigidez, ¿que no será en cuanto a las artes que según Bertrand Russell no se acumulan cognoscitivamente, sino se recrean a cada instante? Aquí la libertad conformativa no tiene límites y la cercanía del genio a la sinrazón es más visible.

La inquietud no es únicamente mía. ¡Que consuelo! Hay en la literatura numerosos tratados comprometidos y se realizan esfuerzos encomiables en la búsqueda de nuevos horizontes relacionados con la interpretación científica de la afinidad entrevista. Algunos de estos estudios son insuficientes y superficiales; pretenden establecer de una manera simplista la relación entre la genialidad, la locura y los aspectos psicopatológicos que todo arte lleva consigo, esto sobre bases genéticas. Otros analizan el valor de la obra artística a través de las peculiaridades somáticas de su creador, y hay quienes interpretan los síntomas en relación con las manifestaciones estéticas de pacientes neuróticos capacitados para el arte.

Se ha revisado de manera científica la producción artística de los enfermos mentales. El estudio de sus obras plásticas ocupa a un círculo de investigadores que buscan en la muestra gráfica el porqué de la psicodinámica del individuo, que es algo así como una expresión del “yo” oculto, del subconsciente, que no logra expresarse con palabras.

Pero si vamos un poco más allá, observamos que el material artístico de los enfermos mentales permite establecer una relación directa entre los estados del alma y las tendencias actuales. Antes el arte era lógico y predecible, según el parecer del vulgo. Estaba limitado por la naturaleza, y las formas se circunscribían a la reproducción aproximada de los objetos, el paisaje o los seres vivos. Esa situación quedó completamente transformada desde fines del siglo pasado o antes, tal vez. En el arte de nuestros días, las distintas escuelas pretenden reflejar visiones esotéricas como el surrealismo y la pintura abstracta, donde los contornos y los colores imaginados por el pintor reemplazan a las formas reales por una realidad nueva puramente subjetiva. Con ello se facilita la concepción del llamado estilo y la temática desarrollada por los artistas modernos en el campo del pensamiento. Allí convergen el arte y la psicología en un terreno práctico, ya que no se puede negar la proximidad del motivo del enfermo mental con el que inspira algunas obras actuales de creadores considerados cuerdos y hasta geniales. Ya sabemos que algunos de estos crean cosas bastante raras y difíciles de interpretar.

Al poner a nuestra disposición el significado del símbolo, el psicoanálisis nos ofrece un instrumento de gran alcance para la comprensión de las obras artísticas según el principio de la interpretación de los sueños. Freud y los psicoanalistas postfreudianos llegaron mucho más lejos al intentar obtener conocimientos sobre el pensar y el vivir mágico-arcaico de los hombres primitivos, para explicar así los fenómenos anímicos anormales y el papel que juegan los estados psíquicos profundos en la función creadora. Jung no recurre a los sueños ni al dialecto de los órganos minusválidos, sino a los mitos y las leyendas. Comparando estos con el pensamiento infantil y el onírico, llegó a la conclusión de que la mente posee “estratos históricos” con material arcaico que se hereda a través de las generaciones.

Por su parte, Freud afirma además los vínculos entre el arte y la puerilidad. Y la puerilidad no la cita como reproche, sino como el reino ideal del placer que el arte intenta recuperar. “Lo que el arte se esfuerza en obtener –dice– es una especie de euforia, una vuelta al pasado, estado en que solíamos satisfacer nuestras necesidades físicas con escaso esfuerzo.” Es el principio operativo o económico de la psique. Así, el artista es en cierto modo un niño y, ya lo sabemos, la niñez es una santa locura

De otro lado, Brown se expresa en los siguientes términos: “Una y otra vez alguien despierta en la multitud y emerge, de acuerdo a leyes mucho más amplias. Lleva consigo extrañas costumbres y exige un lugar para audaces gestos. El futuro habla implacablemente a través de él. Pero, como portadores de la esencia del futuro, los artistas hablan de lo que se encuentra reprimido en el presente. Su alado corazón golpea por todas partes contra los muros de su tiempo; su obra es lo que no estaba resuelto en las vidas que vivieron.”

CARLOS URZAIZ JIMENEZ

Continuará la próxima semana…

Déjenos un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.