Ensayos profanos (XXXI)

By on diciembre 13, 2018

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XXXI

EL MÉDICO EN LAS ARTES

Continuación…

Hay una especie superior que colinda con la genialidad y cuya inclinación se sublima paralelamente en una y otra rama del arte y del saber. Es de nuevo la literatura la que da los ejemplos más notorios; hombres que retrataron al mundo con su pluma, esclarecieron misterios de la clínica, o descubrieron células, tejidos, bacterias, hormonas, funciones orgánicas diversas y medicamentos casi milagrosos. Esto, sin olvidar el arte y descollando en alguna o varias de sus formas. ¿Quién se atreve a externar sus preferencias entre el Jenner que nos libró de la viruela y el que le cantó a la naturaleza y a los petirrojos? ¿Debemos preferir al Marañón académico de la lengua o al endocrinólogo maestro? ¿Al Ramón y Cajal que desgrana su ingenio literario y filosófico en sus “Charlas de Café”, sus “Cuentos de vacaciones”, su “El mundo visto a los ochenta años” y demás, o al científico que reveló la intimidad de las neuronas? ¿Cómo clasificar a Albert Schweitzer: como médico, como músico, como escritor, como filántropo, como hombre? Difícilmente podrá darse otro espécimen que alcance las cimas de excelsitud que alcanzó su espíritu multiforme, dueño de mil facetas, sin perderse en ninguna. Proporción guardada, la misma pregunta cabría respecto a nuestros conterráneos Federico Gómez, José Castro Villagrana, Gonzalo Castañeda, Conrado Zuckerman, Ignacio Chávez, Ruy Pérez Tamayo y una constelación de soles nacionales, científicos y artistas a la vez, cuyos nombres harían la lista interminable.

Sería injusto no dejar unos cuantos renglones para nuestras dos figuras máximas en el ámbito local, médicos que conjugaron virtudes clínicas y artísticas y destacaron en los dos sentidos con pujante vigor: los doctores José Peón Contreras y Eduardo Urzáiz Rodríguez.

Del primero, dice el maestro Esquivel Pren en el tomo tres de su monumental “Historia de la Literatura en Yucatán”: “Protéico fue sin duda. Y tan extraordinarias las múltiples manifestaciones de su infatigable actividad que, sin hipérbole, cabría decir que vivió siete vidas en una; que simultánea o sucesivamente desarrolló con brillantez labores diversas que ordinariamente la naturaleza reparte entre siete cerebros. Peón Contreras abarcó en sí solo todos estos ejercicios intelectuales: fue médico, dramaturgo, poeta, lírico, novelista, político y aun tuvo tiempo para vivir intensa vida social y ser, si no un trotamundos, sí viajero infatigable. Siete actividades, cualquiera de las cuales llenaría la vida de un hombre común, porque no picoteaba en ellas, sino que las ejercía intensa y fecundamente. No fue médico de sólo el título que una vez alcanzado se le arrincona para encauzarse por donde las circunstancias u otra vocación más fuerte la conduzcan. Fue sin tregua médico militante y –cosa rara en nuestro medio vista su fama de poeta– tuvo muy numerosa clientela”.

Otro tanto podría decirse del Dr. Eduardo Urzaiz Rodríguez en cuanto a la multiplicidad de sus ocupaciones, desempeñadas todas con el mismo celo y en un alto nivel de calidad. Desde luego que su labor literaria es más discreta y no trascendió al plano nacional. Sin embargo, su producción es profunda, amena, respetable y fuera de sus valores estéticos, y contiene aspectos filosóficos visionarios que el tiempo se ha encargado de confirmar. Fue en su juventud dibujante y caricaturista notable, autor en este sentido de una obra poco difundida, digna de mejor suerte. Pudo haber sido excelente pintor, pero un defecto adquirido en la visión restringió sus posibilidades. Ejerció la medicina hasta el último momento de su vida, aportando para su desarrollo trabajos en los que se marca lo adelantado de sus concepciones. En una época en la que apenas empezaban las especialidades, tuvo dos. Y en ambas dejó la huella de su paso. Finalmente, destacó con fuerza en el campo de la docencia, en la que relucieron con mayor esplendor sus virtudes.

Los ejemplos que he traído a colación, estos dos últimos llenos de luz, elogiados, reconocidos, otros casi ignorados, menguados por la timidez o las veleidades de la fortuna, son los que alimentan la idea de que la medicina es crisol de artistas. La cantera parece ser inagotable, porque día a día surgen nuevas figuras que se superponen a las que las sombras del pasado empiezan a desteñir. Pero ninguno como artista es hijo legítimo de la medicina, sino de todos puede decirse que ya llevaban consigo la simiente cuando entraron en el templo de Esculapio. El hombre que nace artista –lo sepa, lo ignore o lo disimule– y estudie la carrera de Medicina, por más que la ejerza con responsabilidad y con cariño, no podrá sustraerse a la atracción de las musas. Y ya sea que renuncie a la profesión, o la cultive con provecho y con honor, seguirá siempre artista en la corteza y en el gromo. Es posible que en él, sensibilizado de antemano por los genes o algún endriago juguetón, el dolor ajeno actúe como estímulo. Entonces no le sería dable observar de cerca y con indiferencia la miseria, el sufrimiento, la sangre, la agonía, la muerte y la estela de penalidades que estas desgracias dejan en los otros actores del drama diario de la enfermedad. Tales sensaciones deben transfigurarse. Transponerse a los campos de la estética. Y lo mismo el triunfo sobre lo desconocido, sobre los enemigos pertrechados más allá de las barreras visibles. Las emociones que se subliman impulsan a la creación. Entre otras cosas, porque el Hombre, aunque lo calle, sueña con ser dios o semidiós. Tanto más cuanto más selecto sea su espíritu. Y nunca estamos tan cerca de los dioses como cuando sanamos a un paciente o concluimos una obra de arte.

Febrero de 1977

Carlos Urzáiz Jiménez

Continuará la próxima semana…

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