Ensayos Profanos (XVIII)

By on septiembre 14, 2018

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XVIII

EL BACILO DE KOCH EN LA LITERATURA

Continuación…

La intención primera del genio alemán giraba en torno a los estragos de la enfermedad y la muerte; pero, en los 11 años que duró la estructuración del libro, la pauta inicial se amplió en varios sentidos y los problemas que la gran guerra hizo patentes se condensaron en sus páginas. La trama desenvuelta en el interior del asilo descubre las pasiones y sufrimientos de los enfermos, algunos de ellos desahuciados ya. Las costumbres dentro del sanatorio son falsamente ajenas a la muerte que ronda. Las fiestas tradicionales de Navidad, Año Nuevo, Carnaval, y Corpus, se celebra con fingida despreocupación. El personaje principal es Hans Castorp, un jovenzuelo ante quien se abre el mundo como una promesa plena de goces. Él asciende la montaña, conturbado por los misterios que encierra la cima, con el fin de visitar a un primo internado allí de meses atrás. La visita tenía que ser breve, ya que la vida con sus atractivos lo espera abajo en la ciudad; no sospecha Hans que él mismo es un tuberculoso latente. Sometido casi a fuerza a un examen de rutina –apenas si tenía algo de tos–, se descubren en sus pulmones las manchas húmedas características, señal de que lleva consigo al terrible huésped. Esto lo obliga a modificar sus planes vacacionales y a permanecer en el sitio más de lo debido. Por unas semanas, le había dicho el médico examinador, al parecer seguro de sí y de su pronóstico.

Pero las semanas ofrecidas con tanto desenfado se vuelven meses interminables; el joven seguirá en su confortable cárcel por tiempo que se hace sin fin; allá permanecerá rumiando su soledad y su tristeza cuando el primo, acosado por el prurito de tomar la carrera militar, abandone el recinto.

Véase en esta situación irónica una alusión al hecho infinitas veces sugerido de que basta reconocer la enfermedad para empezar a ser enfermo. Es una tesis de los antimédicos, claro. Nuestro héroe vive su tragedia con la resignación de los clásicos; sufre, piensa, goza a ratos y alcanza un amor fantástico que materializa con alegría de fauno. Conquista que se ciñe a los cánones de la más acendrada disciplina. A la alemana. En cuanto a sus sueños, quedarán enterrados en la montaña helada donde también hubiese quedado su cuerpo de no llamarlo a filas el ejército. Eran los días aciagos de la primera guerra mundial y las fuerzas teutonas agotadas, deshechas, apelaban a todas sus reservas para salvar el honor: ancianos, niños y enfermos. En la última escena del relato, que es de un dramatismo hiriente, Hans Castorp atraviesa la campiña de frente al fuego enemigo, “arde traspasado por la lluvia como los otros; corre con los pies pesados por las botas, el fusil en el puño; pisa la mano de un camarada caído, su bota chaveteada hunde esa mano en el suelo porque llega un perro infernal, un gran obús, un atroz pan de azúcar de las tinieblas. Él se halla tendido con la cara en el barro fresco y las piernas abiertas. El producto de una ciencia que se ha convertido en bárbara, cargada con lo peor que pueda haber, penetra a treinta pasos del él oblicuamente en el suelo, como el diablo en persona, y explota con espantoso exceso de fuerza levantando a la altura de una casa un chorro de tierra, de fuego, de hierro, de plomo, de humanidad despedazada.”

Al leer estas líneas brutales y llenas de reproche que Thomas Mann nos arroja como una exclamación airada, es bueno retrotraerse a la quietud del nosocomio en donde el suceso cotidiano de la muerte ocurre con naturalidad, sin ruido, consideradamente. El bacilo de Koch, según se muestra, es benigno comparado con el hombre mismo.

A medida que el siglo avanza, las relaciones de la literatura con la tuberculosis se van haciendo raras. Sin embargo, llegan hasta la quinta década y siguen conmoviendo en las siguientes.

Escrita por Camilo José Cela alrededor de 1940, “Pabellón de reposo” se publica poco antes de la aparición de la estreptomicina en el mercado. Ya el interés literario por la bacilosis empezaba a entrar en receso. No obstante, tiene buen éxito por lo menos en España. Sale a la luz en capítulos semanales en un periódico, armando cierto injustificado revuelo. La serie estuvo a punto de interrumpirse por las razones de un tisiólogo alarmista; pero, luego de meditarlo bien, el autor decidió continuar las entregas y, por último, los capítulos formaron un libro que se imprimió en 1944. En el decir del propio Camilo José, se trata de una inquietud de orden estético y nada más. En efecto, la obra parece un ejercicio literario, una especie de poema en prosa que ha tomado a la enfermedad y a la muerte como eje de acción. Desarrollado como “La montaña mágica”, en el interior de un sanatorio de neumología, el argumento es insubstancial, etéreo; los protagonistas no tienen nombre y se les cita por el número de su cuarto o de su cama; las personalidades están desdibujadas y sus amoríos, sus despechos, sus frustraciones, sus recuerdos infantiles, integran el fondo de la narración. Para reafirmar la creencia en la estimulación intelectual de la que Camilo José parece estar convencido, muchos de ellos invierten sus horas perdidas escribiendo cartas amorosas, apuntando diarios o componiendo versos. Las hemoptisis están a la orden del día con mayor o menor fluidez, y lo salpican todo con su tinte escarlata. La participación de la muerte es contundente. Una carretilla de mano que atraviesa el jardín con las ruedas sin engrasar, y cargada con macabro ataúd, es suceso común que pone en remojo las barbas de los asilados. Esta preocupación por la muerte es obsesiva. En un aparte estadístico se reporta que en el sanatorio hay 120 camas constantemente ocupadas. Según el informe del último ejercicio, ocurrieron durante el mismo 76 altas cuyas causas son las siguientes:

            Por defunción.         .           .           52

Por curación total    .           .           15

Por curación parcial            .             9

No sé si estas cifras son reales o imaginarias; pero es obvio que unos años más tarde, al parecer, con los modernos preparados contra el padecimiento habría que invertirlas favorablemente. En Europa, claro, en donde las condiciones del ambiente dejaron de ser nefastas, no en los países subdesarrollados, en donde persisten los hábitos viciosos, la ignorancia y la desnutrición.

Camilo José, que es un prosista eminente, no deja pasar la ocasión de dar rienda suelta a su estro en la descripción del paisaje, surgiendo ante el lector las cumbres y los pinos, las nieves y los celajes, con una nitidez que encanta. Termina el libro con tiernos destellos líricos:

“La nieve todo lo cubre –nos dice– y entre la nieve quizás un solitario va desgranando como un rosario, aquellos versos:

“Yo pienso en campos de nieve

y en pinos de otras montañas.

Y tú Señor, por quien todos

vemos y que ves las almas,

dinos si todos un día,

hemos de verte la cara.”

“El mundo, impasible a la congoja, sigue dando vueltas en el espacio obediente a las complicadas leyes de la mecánica celeste”.

“Pabellón de reposo” es una obra extemporánea, fuera de moda, cuyo asunto no conmueve a nadie en la actualidad. ¿Terminaron pues con ella las relaciones de la tuberculosis con la literatura? Es posible. La enfermedad se ha desprovisto del aura mística que la rodeaba y el bacilo es ahora casi doméstico. Como un gato microscópico y caprichoso afecto al bofe. El problema de su educación quedó en manos de la ciencia positiva, prosaica y laica, que no cree en poemas ni en piezas literarias, y a veces se antepone a la idea de Dios.

Los métodos actuales de prevención y curación de la tuberculosis son efectivos y reales. La virulencia del bacilo declina, y su paso por numerosas generaciones de seres humanos concede al huésped inmunidades no sospechadas antes. Al miserable microorganismo le va pasando lo que al diablo de “Las siete columnas”: pierde prestigio. Es por eso que a últimas fechas ha dejado de ser un componente redituable en la literatura de creación. Incluso ha descendido al atormentado foro de las telenovelas, de donde, dada la reiteración de los recursos, es difícil salir. Cosa que yo deploro, pues lo respeto mucho y sigo creyendo en él y en su historia pasada, en el misterio de sus primeras victorias, en los pintorescos personajes a que dio lugar, y en su ferocidad que arrasaba como un soplo a una familia entera. Hay todavía substancia para muchas montañas mágicas, no digamos en estas extraviadas tierras en donde la gracia de Dios no se ha esparcido nunca como Dios manda. Es cuestión de que el tema caiga en manos de un escritor con agallas, de corazón alerta y mollera fresca.

1982, centenario del descubrimiento del bacilo de la tuberculosis por Roberto Koch.

Carlos Urzáiz Jiménez

Continuará la próxima semana…

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