Ensayos Profanos (X)

By on julio 13, 2018

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X

EL PORVENIR DE LA LENGUA NACIONAL

Continuación…

Tendencia No. 9: Las malas palabras – ¿Existen malas palabras? Por lo menos contamos con términos para designarlas: insolencias, groserías, insultos, “leperadas”, procacidades. El uso es rusticidad y al abuso se le llama coprolalia. En tiempos idos, la coprolalia era exclusiva de carreteros, albañiles y otros desprestigiados gremios de nuestra escala social. Hoy día, las “leperadas” han penetrado con pie firme en la literatura universal. Cual debe ser, pues los escritos son para disfrutarse en la intimidad, y deben ser expresivos de acuerdo con su intención. Alguna vez he dicho en el prólogo de un anecdotario picaresco: “Sé que ciertos ojillos se quedarán atónitos, así de grandotes, al ver escritas con todas sus íes estas palabras llamadas piadosamente malas o soeces. Tal vez las mentes castas prefieran el disimulo del parónimo, o la hipocresía abierta de los puntos suspensivos que, aunque transmiten la idea en toda su crudeza, se toman por señal de buen gusto y discreción. Como el taparrabos de la Diana u otros tapujos.”

“Pasaremos sin pena sobre la incongruencia de este juicio insano. Sabemos que cada palabra tiene su función y debe estar de acuerdo con las intenciones del contexto. Si a veces es prudente apelar a suavizantes, otras en cambio se hace imperativo el uso de dicho llano para darle vigor o gracia a la expresión. ¡Hideputa!, dirá Sancho en tono admirativo y en el momento oportuno para externar su asombro; lo mismo ante las cabriolas desnudescas de su señor en Sierra Morena, que ante las excelencias del vino de Tomé Cecial. Y la frase contraída allá se queda revoloteando en torno a su efecto, sin ofender al prójimo lector, ni ruborizarlo, por pudibundo que sea. La literatura es arte y no digo más.”

En el palique, la cosa cambia. El mexicano, independientemente de su clase, es insolente por naturaleza, al grado de haber contribuido con más de un vocablo a la escatología internacional; su lenguaje es soez dependiendo del sitio y la reunión. Lo mismo se sueltan el pelo las señoras que los señores, si la ocasión se muestra propicia.

En contraste con el relajamiento íntimo y circunstancial, el mexicano culto evita las insolencias en presencia del sexo opuesto, con tan marcado celo a veces, que llega a la exageración buscando eufemismos para cualquier palabra que le suene mal. No se puede llamar por su nombre al palo de un barco, porque evoca al miembro viril; pero sí se puede aludir al miembro viril llamándolo pollo o pito y hasta “picha”. En cualquier parte. Los huevos de gallina pueden tomarse por testículos, así que será mejor llamarlos “blanquillos”. Se habla de “tallar la ropa” –como si la ropa fuera madera o metal– con tal de no decir que se le friega. Aunque el barbarismo “charola” tuvo en principio otra razón de ser, hoy ha tomado carácter eufemístico para eludir una palabra que por poco no es soez: bandeja.

Tendencia No. 10:  Hasta por desde – He aquí cómo el deslizamiento de un vocablo puede crear confusión. “Hasta que usé una Manchester me sentí a gusto”, exclama un ceniciento galán, queriendo decir que NO se sintió a gusto sino hasta que usó tal camisa. Aunque el público que escucha impávido acepta de buen grado el dislate e incluso lo interpreta, que significa término, fin o límite, sólo podría usarse en vez de su antónimo desde, agregando una negación al enunciado. La expresión correcta de la idea quedaría así en el anuncio: “No me sentí a gusto, hasta que usé una Manchester.” La situación creada se ha vuelto común –los periódicos diarios caen en este error en sus titulares de primera plana– ya que por deslizamiento el vicio del lenguaje se ha consagrado, y la preposición “hasta” ha adquirido doble significado en la voz del pueblo: el propio y el de su contrario “desde”; es decir, que se toma no sólo como final de una acción, sino también como principio de la misma. He aquí un ejemplo de obscuridad: “Se pagarán los sueldos hasta el 15 de los corrientes”. ¿Qué se quiere decir con esto? ¿Se pagarán los sueldos ahora y dejarán de pagarse el 15 o se pagarán a partir de esta fecha? Interprételo el lector aguzado.

Hasta aquí las tendencias que registro. No sé lo que los lectores pensarán. Quizás la deformación del idioma no tenga la importancia que yo le doy. Al fin y al cabo, no pocas personas de nivel universitario sienten desprecio por el lenguaje y sus reglas. Entre ellos, algunos escritores y muchos médicos. Profesores conozco que afirman que acento de más o de menos no cambia el significado de la dicción… pero, si a eso vamos, hay otras muchas cosas que salen sobrando: a la hache por supuesto, fuera de su coyunta con la ce para formar la che, es un engorro; ¿a qué viene la ye si tenemos la elle y la i latina? Que haya zeta en España, o donde la pronuncien; pero entre nosotros basta y sobra la ese, la que de paso podría disminuir las complicaciones de la ortografía si sustituyera a la ce en cada ocasión delante de las vocales suaves. Si fuéramos prácticos como los ingleses, suprimiríamos la ere o la erre y haríamos de ellas una sola letra. Y nos llevaríamos de camino a la eñe, que se puede reemplazar con diptongos. En cuanto a la sintaxis, tan flexible en el español, se puede pasar por alto. ¡Tenía razón Sancho, coño! Lo señalaba cuando, atosigado por las correcciones y objeciones que a su modo de hablar disparatado le hacía su amo, pidió al hidalgo que lo dejara hablar como quisiera, y que únicamente lo corrigiera caso de no entenderle. Pero manifestó su protesta con tal cantidad de circunloquios y tantos solecismos que, apenas al terminar, le respondió el manchego: “No te entiendo, Sancho.”

No escapaban a la sabiduría de Cervantes las dos condiciones que debe reunir el lenguaje: claridad y belleza. Porque una sin la otra no puede bastar. Tan deplorable es el habla vulgar, llena de anfibología y carente de sintaxis, como la que se obscurece por exceso de florituras. Existe un punto medio adecuado al alcance de cualquier mortal medianamente instruido.

El español que se maneja en México, quiero decir en la República Mexicana, se parece bastante al originario de Castilla, ya que nos entendemos sin dificultad con los que presumen de hablar en este idioma. Lo que se debe a la base que a pesar de todo conservamos sujeta a reglas establecidas y aceptadas, que se oponen al desquiciamiento. Sin embargo, el acoso de los bárbaros es tenaz y la fortaleza sitiada está por rendirse.

A mí, en lo particular, no me preocupan los giros y términos que nacen del pueblo y suben penosamente por el vocabulario hasta alcanzar los escaños de la Academia. Hay palabras incorrectas, sin alcurnia, de mala familia como quien dice, que inyectan vitalidad y gracia a la expresión humana, la hacen maleable, la suavizan, y al mismo tiempo le dan vigor. El habla popular es una fuente, un surtidor del cual se han servido plumas de la mejor ralea, desde Cervantes hasta Pío Baroja y Juan Rulfo. Los extranjerismos tampoco deben repugnar si son impulsados por necesidades del progreso o de la técnica, o si nacen en los laboratorios de la ciencia. Lo que sí debe hacerse es ajustar su dicción y su grafía a las reglas del español. También los deportes imponen vocablos intraducibles que deben someterse al mismo proceso de adaptación. Y ni qué decir de las voces como closet, cake, y otras que ya son de uso corriente y que no hay que repudiar sino adaptar. Por último, existen neologismos selectos construidos en el cenáculo de los intelectuales, legítimos por su ascendencia griega o latina, contra los que no hay nada que decir.

Sería absurdo oponerse a la evolución del lenguaje, que no es su vida. No seré yo quien cometa semejante herejía. No tengo nada contra los barbarismos lógicos y eufónicos, algunos de los cuales –consciente o inconscientemente– he incluido en este ensayo. No soy, pues, puntilloso. Pero me ocurre como al Caballero de la Triste Figura: Me indignan los extranjerismos innecesarios, los neologismos sin sentido y sin razón, las palabras rimbombantes, las que se ponen de moda, los lugares comunes, los verbos espurios, el esdrujulismo, el cantinflismo y la hipocresía morbosa de los puntos suspensivos. Cuando oigo lo de El Heraldo, o lo de la Manchester, o lo de “coso mis alimentos con aceite”, o bien me hablan de “sopas secas”, “huevos tibios” y “cerveza de barril embotellada”, me dan ganas de exclamar a voz en cuello y a los cuatro vientos: ¡No te entiendo, Sancho!

Mérida, octubre de 1975.

Carlos Urzáiz Jiménez

Continuará la próxima semana…

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